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RIQUEZAS DE LA TIERRA

  La motivación de la búsqueda: este valiosísimo pendiente de Ecuador es un ejemplo de las riquezas que los conquistadores españoles arrebataron a los indios de América del Sur. La esperanza de encontrar tesoros perdidos animó a muchos aventureros hasta bien entrado el siglo XX. El coronel Percy Harrison Fawcett, explorador británico, fotografiado en Pelechuco en 1911. Fue uno de los muchos aventureros atraídos por las leyendas sobre tesoros ocultos en las profundidades de las selvas de América del Sur. Fawcett aseguraba que había visto las minas perdidas de Muribeca, pero no pudo demostrarlo, pues desapareció en el transcurso de una expedición que realizó al Brasil en 1925. Los conquistadores españoles saquearon implacablemente un país tras otro. Esta pirámide de Teotihuacan, en México, es un recuerdo dramático de un mundo perdido que fue sacrificado a la sed de oro. ilustracion alemana del siglo XVII  expresa el sueño de los españoles de encontrar el dorado calendario de piedra azteca
           
           
  S i algún tema ha despertado el interés de los buscadores de tesoros de todas las épocas es el de los legendarios «tesoros perdidos»: ciudades olvidadas que albergaban las riquezas de tribus ancestrales, minas abandonadas rebosantes de oro, plata o piedras preciosas y botines ocultos que nadie ha reclamado. Por lo general, todas estas historias se rigen por el mismo patrón. Siempre aparece un explorador perdido o un solo superviviente que está convencido del valor de un hallazgo y que, por alguna extraña razón, no puede volver sobre sus pasos para recuperarlo. Muchas veces estas historias van unidas a lugares fascinantes, y la realidad, de difícil comprobación, se mezcla con la leyenda y las verdades a medias para conferirles credibilidad. Paradójicamente, el hecho mismo de que nunca se hayan encontrado esos tesoros perdidos, en lugar de desalentar a los buscadores de tesoros, representa un acicate más para ellos.
La atracción de El Dorado
Históricamente, la búsqueda más exhaustiva y menos afortunada fue la que realizaron los españoles atraídos por la promesa de El Dorado. Cuando los conquistadores llegaron al nuevo mundo en el siglo XVI, llevaban una cruz en una mano y una espada en la otra. Se toparon con culturas nativas extraordinarias, totalmente ajenas a la experiencia europea, pero esto no les interesó lo más mínimo.
En el transcurso de apenas medio siglo destruyeron tres culturas antiguas: la de los aztecas, la de los mayas y la de los incas. Los nativos que lograron escapar a la espada perecieron a consecuencia de las enfermedades europeas. Los españoles persiguieron y erradicaron antiguas religiones y destruyeron costumbres culturales. Lo único que querían era riquezas, y se las llevaron en cantid ingentes, tantas que les costó traba que la fuente se había secado tras lc primeros saqueos, aunque el oro que tuvieron que entregarles los incas para el rescate de Atahualpa no debió dej mucho en las arcas de este pueblo. L españoles estaban convencidos de q quedaba mucho más por encontrar , los indios se lo ocultaban. Cuando l hallaron y se apropiaron de nuevos empezaron a prestar oídos a los mr que corrían sobre un pueblo de riq fabulosas que vivía muy lejos de e114 empezó la búsqueda de El Dorado, espejismo producto de unas mentes por el oro. Enviaron una expediciór otra y muchos hombres perdieron 1 en el intento, pues El Dorado no el que una leyenda.
Pero con el paso del tiempo, la it del oro inca, o del azteca, se mezcl la del oro español perdido, hasta q el continente americano al sur de A y Texas se convirtió en posible fue tesoros perdidos pertenecientes a u otros. Resulta interesante que en ir relatos sobre tesoros perdidos del s de los Estados Unidos aparezcan muertos mucho tiempo atrás. Han s fascinando durante el siglo xix e ir en nuestros días. De vez en cuandc hallazgo de restos arqueológicos o espectaculares les confiere credibili Las fantásticas historias sobre ciudades sepultadas en las selvas de América Central llevaron a Stephens y Catherwood hasta los templos de los mayas hacia 1840 y a Thompson al pozo ceremonial de Chichén Itzá y sus riquezas incalculables.
Las expediciones del coronel Fawcett Si se volvió a descubrir la civilización maya al cabo de trescientos años, ¿no sería posible que hubieran existido otras, perdidas en las impenetrables selvas del Brasil, por ejemplo? Un explorador británico, el coronel Percy Fawcett, así lo creía. Había oído hablar de las <(minas perdidas de Muribeca», una historia sobre riquezas fabulosas en las montañas situadas a cientos de kilómetros de la costa del Brasil, que fueron explotadas por un mestizo portugués en el siglo XVII. En 1753, una nutrida expedición portuguesa partió en busca de las minas. El viaje duró diez años, y al regresar relataron detalladamente sus aventuras. Según dijeron, habían descubierto las minas cerca de una cascada, en unas montañas blancas como el cristal, no lejos de una ciudad antigua, misteriosa y abandonada. Desde entonces son muchos los que han intentado dar con las minas y algunos aseguran haberlo logrado. En 1921, Fawcett partió en su busca él solo, y tras deambular por la selva durante tres meses, al parecer encontró la ciudad perdida. Realizó otra expedición en 1925, pero no se le volvió a ver. Hoy en día sigue sin haber apenas mapas de algunas zonas de la región que recorrió en sus expediciones, y cabe la posibilidad de que algún día se encuentre algo. Si así ocurriera, no serían las legendarias riquezas del Muribeca lo que causaría sensación, sino las pruebas de la existencia de una civilización desconocida en una región en que, según aseguran los arqueólogos desde hace tiempo, no la hubo.
La motivación de la búsqueda: este valiosísimo pendiente de Ecuador es un ejemplo de las riquezas que los conquistadores españoles arrebataron a los indios de América del Sur. La esperanza de encontrar tesoros perdidos animó a muchos aventureros hasta bien entrado el siglo XX.
El coronel Percy Harrison Fawcett, explorador británico, fotografiado en Pelechuco en 1911. Fue uno de los muchos aventureros atraídos por las leyendas sobre tesoros ocultos en las profundidades de las selvas de América del Sur. Fawcett aseguraba que había visto las minas perdidas de Muribeca, pero no pudo demostrarlo, pues desapareció en el transcurso de una expedición que realizó al Brasil en 1925.

Tesoros ocultos de África y América
Quizá fuera inevitable que durante el siglo xix, la gran época de los descubrimientos, a muchas personas les moviera el deseo de encontrar tribus, ciudades y tesoros legendarios. En el transcurso de la gran carrera en que los europeos compitieron por la exploración y colonización de Africa, muchas personas creyeron en historias que resultaron ser simples leyendas. Al sur del Sahara, el continente africano decepcionó a quienes se empeñaron en encontrar tesoros perdidos. Cuando Cecil Rhodes conquistó Rhodesia, hacia el año 1800, su intención era repetir el gran éxito que había representado el descubrimiento de diamantes y oro en Kimberley y Johannesburgo. Estaba convencido de que los círculos de piedra de las ruinas de Zimbabue y las minas de oro contiguas eran la Of ir bíblica, pero lo único que le ofreció Rhodesia fueron costosas guerras con los nativos, los matabele (ndebele) y los mashona, y muchas decepciones. Las ruinas del Gran Zimbabue le dieron pocas riquezas, y mientras intentaba hallar el inexistente pueblo de la antigüedad que había construido los círculos de piedra, los exploradores destruían la mayor parte de las huellas que habían dejado los africanos, sus verdaderos autores.Sin embargo, las minas legendarias siguen ejerciendo su fascinación. La historia más famosa es la del Holandés Perdido, que sigue atrayendo a los buscadores de tesoros optimistas a la zona denominada Weaver’s Needie, en las montañas de la Superstición, en las cercanías de Phoenix, Arizona. Se trata de una más de las múltiples leyendas sobre yacimientos abandonados o tesoros ocultos. Con sus impresionantes relatos, que parecen extraídos de una película del oeste, y una geografía tan inhóspita que resulta fácil creer que pueda haber algo oculto en el fondo de un cañón o bajo una roca, a cualquiera que tenga el gusanillo de la búsqueda de tesoros le costará trabajo resistirse a su llamada.
Una cosa es cierta: siguen circulando más que suficientes rumores sobre tesoros ocultos para mantener entretenidos durante muchos años a los buscadores potenciales. Es probable que muchos de estos rumores sean simples leyendas y que se sigan buscando esas riquezas imposibles sencillamente porque no hay nada que encontrar, pero algunos de ellos encierran suficiente verdad para pensar que, con la ayuda de la tecnología moderna, algún aventurero tenaz y afortunado pueda toparse con unos hallazgos extraordinarios el día menos pensado.

Los conquistadores españoles saquearon implacablemente un país tras otro. Esta pirámide de Teotihuacan, en México, es un recuerdo dramático de un mundo perdido que fue sacrificado a la sed de oro.