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POSEIDON

 

 

POSIDÓN. UN MARINO A CABALLO


A pesar de ser el dios indiscutido y soberano único de los océanos, o por lo menos del mar Mediterráneo, único conocido por los primeros griegos, Posidón es un rey inseparable de sus caballos y, con ellos, se sitúa a la cabeza de la generosidad divina para con los humanos por ser él quien regaló a los hombres el primer caballo que pisó la tierra firme y, con él, nos proporcionó la velocidad, el prestigio y la potencia de su montura; por eso no resulta extraño que a Posidón siempre se le recuerde, en su imaginería triunfal, como auriga de un maravilloso carro de oro, surcando las aguas no con la quilla de una nave, sino con las ruedas de su impropio carruaje, ruedas que van cortando las olas, mientras su tiro de briosos corceles va al galope más feroz, transformando si es necesario la superficie del mar, y serenando la furia marina y -en lugar de rodadas- dejando tras de sí un mar en calma, como la estela que demuestra plenamente su autoridad sobre las inmensidades de sus dominios de agua, en la superficie y en las desconocidas profundidades que le tocaran en suerte para todo el resto de la eternidad. Poseidón o Posidón, este rey siempre coronado de la gran superficie del mar y de sus negros abismos, no exhibe ningún cetro ornado de piedras preciosas, ni lleva ropajes suntuosos, porque su aspecto ya es suficiente heraldo de su poder. Por contra, en su potente brazo esgrime el amenazador tridente marino que simboliza, mejor que cualquier otro objeto, su verdadero poder especifico. Tridente que es también la herramienta decisiva para realizar sus deseos, o para hacer que se obedezcan inmediatamente sus órdenes. Y el poder de Poseidón está en consonancia con la muy acertada idea de los clásicos griegos, de que en el mar está la fuente de toda vida, marina, aérea o terrestre, aunque para ellos el concepto abstracto del origen marino se tiña con la fantasía del mito y hagan salir de las aguas hasta a los mismos dioses, hasta a la sabiduría misma.


ESPECTACULAR SOBRE TODO

Pero Posidón es, antes que nada, hasta antes que un dios de la primera e insuperable categoría divina, un muy peligroso e inestable elemento, un carácter inconfundible en la galería de los muy caprichosos entes producidos por la grandiosidad del entorno olímpico. Se trata de un espectacular y airado jefe, uno de esos tipos magníficos e inaguantables del Olimpo; uno de esos veleidosos e intemperantes jefes de la grey celestial, que tan pronto marcan las leyes, como deciden inventarse las mejores y más sonoras transgresiones. Posidón se encuentra en esa privilegiada parte de la eternidad en la que los grandes se pueden permitir el constante lujo de mostrar su diferencia, su desmesura, en las acciones pequeñas y en los grandes asuntos. Posidón, terrible ser de los mares, desea, continuamente, pasar a poseer la tierra de la que partió y entra repetidamente en pugna con sus compañeros. No le basta ser el soberano del Océano, de abajo arriba, de lo conocido y desconocido de los mares. No le basta ser el precursor en algo tan importante como es la doma y la utilización del caballo, ni ser querido y respetado por haberse convertido en su generoso donante a la humanidad; no le deben ser suficientes sus riquezas, su poder sobre los elementos ni siquiera su fastuoso palacio del Egeo. Posidón quiere volver a tierra y en ella pasa la mayor parte de su reinado, entre pleitos inútiles, cosechando más y más fracasos en su pugna sostenida a ultranza por un innecesario dominio de la parte emergida del planeta. Cuando una y otra vez le falla la maniobra, cuando queda sin satisfacer el capricho, el dios del mar utiliza las tormentas y la fuerza de sus olas para barrer las costas, para tratar de vengarse, o de atemorizar -al menos- a los inocentes ciudadanos de tierra adentro, pero eso no es más que una rabieta y nada consigue, que no sea el repudio de sus iguales. De nuevo el enrabiscado y frustrado soberano marino debe regresar a su terreno, para tratar de aprender a contentarse con lo mucho que le tocó en suerte en el reparto entre los tres hermanos; con sus mares, en compañía de su corte de divinidades menores, de las legiones de sirenas, tritones, nereidas, oceánidas, hespérides, etc.


UN AMANTE POCO AFORTUNADO

La desventura amorosa de Posidón no es preocupante en absoluto, pero al principio sufre un par de fuertes rechazos que deben de ser las causas remotas de su carrera pasional posterior. Esos rechazos no son comparables con una tragedia, no es el mismo caso de Hefesto, pero tampoco se puede decir que Posidón tenga suerte en el amor. Entre las variadas causas de sus muchos raptos de ira están los desafortunados episodios amorosos del impaciente dios, episodios también llenos de frustraciones de diversa índole. Su primer amor se dirige a Tetis, una nereida muy bella y deseable, hija de Urano y Gea, y ya madre de las tres mil oceánidas habidas en su matrimonio con su hermano Océano. Pero hay que desestimar este romance, ya que pronto se revela como un acto sumamente peligroso, la posible causa de desventuras sin fin para tan altivo personaje. A Posidón se le informa de la imposibilidad de que tenga una feliz y tranquila descendencia con la nereida, ya que está escrito en las páginas del destino que su unión con Tetis dé como fruto a unos hijos que van a resultar más rivales que discípulos de su padre. Quien así le dice es Temis, la hermana mayor de su padre Cronos, esposa que fue de Zeus, y la divinidad a cargo de la adivinación de los acontecimientos del porvenir. No puede existir duda, Temis nunca se equivoca y Posidón reconoce la ventaja del anuncio a tiempo y prescinde de sus sentimientos, en favor de su necesaria seguridad. El sabe por propia experiencia que los hijos pueden rebelarse contra sus padres, especialmente si son más fuertes y poderosos, y prefiere prescindir del amor de Tetis para buscar esposa en otra mujer menos comprometedora. A Tetis, liberada del deseo divino, se le concede libertad para encontrar un hombre de su agrado y ella decide unir su vida a la de Peleo, anteriormente esposo de Antígona, legendario personaje, pero un simple ser humano. Sea como fuere, de esta unión va a nacer nada menos que Aquiles, pero esa ya es otra historia, aunque el hijo sí demuestra que era cierto el Presagio de mayor fama para el varón nacido del matrimonio con Tetis que para el padre de la criatura.


OTRA NEREIDA

Las nereidas son divinidades de su elemento, el agua. Entre ellas decide el confundido Posidón buscar a la nueva candidata al matrimonio. Encuentra pronto en Anfitrite a la mujer deseada, y le pide que sea su esposa; cualquier divinidad menor debería sentirse complacida con la elección, pero a esta tierna doncella le parece horrible la propuesta; Anfitrite es una hija de la anterior amada Tetis y de Océano, y no puede decirse que vea con gusto el acercamiento de Posidón y le rehuye abiertamente, escapándose lejos, hasta llegar al monte Atlas, o hasta atravesar el mar que rige su enamorado dios, creyendo encontrar el deseado refugio mucho más allá de las lejanas Columnas de Hércules al borde de Occidente, tratando de esconderse allí del acoso amoroso de su pretendiente.


LA MEDIACION DE DELFIN

Escarmentado con las nereidas, ante lo anteriormente sucedido con Tetis, y lo que ha acabado de pasarle con Anfitrite, Posidón abandona el ataque frontal y decide ayudarse de los buenos oficios de un intermediario hábil y capaz. El hombre elegido para la delicada tarea diplomática es el fiel Delfín, un marino que sabe expresarse con gracia y donosura y que estima en mucho a su soberano Posidón. Parte en busca de Anfitrite el buen Delfín y la halla oculta y atemorizada todavía; comienza Delfín a hablarle con su arte de las muchas virtudes y las espléndidas cualidades de su enamorado, y hace que sea pronto un hecho el total convencimiento y enamoramiento de la gentil Anfitrite. 

La misión encomendada termina por ser un éxito rotundo, de tal manera que la asustada y desconfiada doncella regresa a los pies de Posidón, rotundamente enamorada de un señor tan magnífico como se le acaba de narrar. Posidón, ya totalmente feliz y contento, recibe a su prometida y, en recompensa a la buena labor desarrollada, hace a Delfín un regalo propio de dioses: le sitúa en el firmamento con una constelación de su mismo nombre; desde ese momento, Delfín se queda luciendo para siempre en el cielo septentrional dando perpetua fe del agradecimiento de su señor Posidón.


UN MATRIMONIO NADA LLEVADERO

Delfín había contado a Anfitrite las excelencias de Posidón, pero se había olvidado de algo, se había dejado sin relatar la parte más negativa del personaje: su veleidad. Pronto la fiel y enamorada esposa tiene que elegir entre luchar por su evanescente marido o contentarse a pasar a convertirse en resignada y solitaria madre, ya que su divino marido, tras el encanto y el atractivo de la novedad sentida en el proceso de la conquista primera, no cesa de interesarse por todas las mujeres, de las alturas celestiales o de las más modestas proporciones de la superficie de la tierra. La desengañada, pero recta y constante Anfitrite, madre de tres hijos varones y de multitud de ninfas marinas, va a tener que abandonar el hogar real, emulando repetidamente a la justificadamente celosa cuñada Hera; haciendo con Posidón lo que aquélla tuvo tantas veces que hacer con su inconstante Zeus, es decir, recorrer todos los senderos del Universo, vigilando incesantemente al caprichoso marido, tratando de eliminar la inacabable competencia de las sucesivas rivales que bien presiente la esposa, o que tiene que comprobar con evidencias, ante los casos repetidos con que se le presenta el descarado Posidón, como si aquello fuera para estar orgulloso, como si fuera defendible su política de hechos consumados.


EL CATALOGO DE NEPTUNO

Aunque no es un amante ni tan afamado ni tan divertido como su hermano Zeus, Poseidón también va a moverse en su línea de amoríos apasionados y pasajeros, en los que parece que todo tipo de entidades femeninas son buenas para su lecho. Como simple muestra de lo afirmado, se puede hablar de Halia, con la que tuvo tiempo de tener nada menos que siete hijos; de Amimone, una de las Danaídas; de la ninfa Toosa, con quien tuvo al cíclope Polifemo: de Gea, con quien tuvo al desgraciado hijo Anteo y a la terrible hija Caribdis; de la horrible y vengativa maldición que cayó sobre Escila por haberse dejado mirar por Posidón; de la incestuosa unión con Deméter, hermana de Poseidón y también incestuosamente enamorada en su momento de Zeus, el otro hermano de parecida carrera amatoria; de la relación íntima habida con la terrible Medusa, hermanastra de Escila e hija de Forcis y Ceto, o hija de Perseo, de quien se cuenta -en esta última versión- que murió precisamente a manos de su padre. No paran aquí las aventuras, ni tampoco terminan los muchos y poco afortuna dos hijos, entre los que hay que contar hasta caballos, que obtuvo el dios de sus heterogéneas relaciones ilícitas; pero ya va siendo hora de pasar a otros capítulos de la irregular y escandalosa crónica de este dios, especialmente a ese sorprendente episodio de su romance equino con su hermana Deméter.


DE COMO NACIERON LOS CABALLOS

Deméter, la diosa de la agricultura y hermana de Posidón, estaba triste y pesarosa a causa de la desaparición de Perséfone, la hija que había nacido de las relaciones con su hermano Zeus. Perséfone había sido raptada por otro de los hermanos, por Hades, a quien correspondiera el reino subterráneo de los infiernos en el reparto de poder habido tras la derrota y posterior ejecución del padre Cronos. Este se había prendado de la joven y decidió hacerla suya sin esperar a que la muerte, por una u otra causa, la trajera a su lado. Deméter, tras la infructuosa búsqueda, se fue a la tranquila y armoniosa Arcadia y allí decidió descansar de sus angustias, transformándose en yegua, sin que se explique bien el porque de tan caprichosa mutación. Posidón, que estaba entonces apasionadamente interesado por su hermana, aprovechó la nueva identidad para hacerse con Deméter, no sin haberse antes transmutado en pujante garañón para estar en armonía con su hermana. Como es lógico suponer, de este apareamiento no podía venir más que el parto de un caballo, Arión, pero, para dar mas color al acto, también Deméter parió a una ninfa, o a una yegua, que ambas versiones coexisten en la mitología clásica, a la que se le dio el nombre de Despoina. Arión fue más tarde caballo de batalla de Adrasto, aunque existe otra teoría acerca de este caballo, situándolo como hijo de Posidón y una Arpía. Sea como fuere, el caballo nació del dios del Océano y de todas las aguas de la tierra, presentes u ocultas, y todo hombre bien nacido debe agradecérselo siempre, sin meterse a juzgar si el modo utilizado para dar nacimiento a los caballos fuera el mejor posible.


LA MALA FORTUNA DE ESCILA

Posidón tuvo que fijarse, desgraciadamente, en los encantos de Escila, bella hija de Forcis y Hécate, hermanastra, por tanto, de Esteno, Euriale y Medusa, las tres monstruosas Gorgonas. Sin llegar a saberse en un peligro tan grande, la deliciosa Escila se vio convertida por obra y gracia de los celos de Anfitrite, en un monstruo que nada tiene que envidiar en espanto a las Gorgonas. Ella, la que fue bella y joven, queda convertida en un perro terrorífico, que tiene seis cabezas y una docena de patas. 

Hay quienes dicen que la autora de tal horror es Circe, también celosa de su belleza, pero ahora nos interesa más referirnos a la leyenda de Anfitrite y Escila, para terminarla. Pues bien, después de haber sido castigada a la monstruosidad, Escila se empareja con su también desgraciada hermanastra Caribdis, por ser hija de Gea y Posidón, sobre los peñascos que serían la pesadilla de los navegantes. En ellos, primero situados en la Argólida y luego en el estrecho de Mesina, dominando el estrecho paso entre la península italiana y las costas de Sicilia, Escila atrapaba a los navegantes que elegían apartarse del remolino de Caribdis y acercarse a su roca, los destrozaba con una de sus múltiples fauces y engullía sus triturados restos con la misma parsimonia que los mastines. A pesar de contar con ese su aspecto paralizador, la monstruosa Escila sólo emitía para sorpresa de los pocos afortunados que podían oirla y después contarlo, un sonido breve y lastimero, como si se tratase de una perrilla, de una cría de pocos días abandonada por su madre y que solicitaba el cariño de algún compasivo amo, como si la Escila que fue doncella hermosa, reclamase inconscientemente la piedad que Anfitrite no tuvo con ella, víctima inocente de su propia belleza y de la lujuria insaciable de los dioses mayores, siempre ansiosos de apoderarse por la fuerza o por sus especiales poderes, de las divinidades femeninas o de las mujeres mortales, sin reparar jamás en el daño que causaban a su paso. 


LA PUGNA POR EL DOMINIO DEL ATICA

Un buen día, apostando fuerte en su juego por el dominio de la tierra firme, Posidón se encamina al Atica y clava el tridente simbólico en el suelo de su cumbre más preciada, en el recinto de la Acrópolis. Ese terrible tridente hendió como un cuchillo la corteza de dura roca y de sus profundidades surgió un pozo de agua salada de su mar. Con ese violento e inútil portento, Posidón quiso dejar constancia de su paso por la tierra y señal de su toma de posesión oficial. Pero la vida del Atica continuó, como si nadie en el Atica quisiera hacer caso del acto de soberbia de tan airado y antojadizo dios. Muchos años terrenales más tarde, Atenea, la sabia y laboriosa divinidad, se acercó a la Acrópolis y trajo, al lado de ese pozo hondo y salado, que todavía permanece en la Acrópolis, un pacífico y provechoso olivo, árbol que plantó y dejó crecer allí mismo, como prueba palpable de su amor a los laboriosos hombres y mujeres del corazón de Grecia. Pero el olivo sí que se dejó sentir y, precisamente, en el orgullo de Posidón, quien no dudó en presentarse envuelto en su cólera destructiva, dispuesto a arrebatar a Atenea la colina sagrada, la ciudad y el Estado que anhelaba poseer. Retó el embravecido Posidón a la equilibrada diosa Atenea, sin recordar que ella era, precisamente, la diosa que siempre resultaba vencedora en la batalla, una vez que se había querido entrar en ella. 

Retó, pues, el energúmeno marino a la bella hija de Zeus, a la virgen por convicción, a la mujer divina que nunca había sido más grande que cuando llevó el olivo al Atica, y la retó a un combate que zanjase la disputa de una vez por todas. Palas Atenea, sabedora de su poder, estaba dispuesta a aceptar el reto, pero su padre Zeus entró en escena y prohibió que se levantara arma alguna entre dioses que eran, además, su hija y su hermano, por un motivo que. evidentemente, era tan fútil.


EL TRIUNFO DE LAS MUJERES

Zeus decidió sabiamente que, en lugar de pelea, debería verse el pleito en un tribunal, y que fuera decisorio el veredicto de los muchos, en vez de malgastar el poder de los dos para que se consiguiera el sangriento y poco elegante triunfo de uno sólo de los dos poderosos. Se constituyó el tribunal, formado por los dioses del Olimpo, los varones y las hembras celestiales y padres de ambos contendientes, y con ello se obedeció el mandato tan sereno y sensato de Zeus, ahora transformado en norma de justicia, cuando acostumbraba ser un mal ejemplo, como dios acaloradamente apasionado y exageradamente caprichoso, pero se trataba de sus muy queridos y próximos parientes, y era mejor que el tribunal se reuniera dispuesto a escuchar las alegaciones de los dos dioses litigantes por el dominio sobre el Atica.


CECROPE ES TESTIGO

Para mejor trabajar en busca de la más justa y ejemplar sentencia, se llamó como testigo del arbitraje divino al prestigioso y mítico rey Cécrope, un héroe compuesto de dragón y hombre a partes iguales y venido tal vez de Egipto, primer soberano del Atica y responsable de la construcción de la ciudad de Atenas, quien gobernaba el Atica a la sazón y era respetado por todos, fueran hombres o dioses. Delante del rey se dictó sentencia, con la particularidad de que el voto se escindió en sexos; los dioses masculinos dieron su voto a Posidón; las diosas, más numerosas, apoyaron incondicionalmente a Palas Atenea. Zeus, como prueba de su sentido de justicia, ni apoyó a su hija ni se dejó llevar por la corriente de varones. Poseidón perdió en el recuento de votos y, se dice, ésa fue la excusa que los atenienses esgrimieron en la historia para quitar el voto a las mujeres en el gobierno real de la ciudad-Estado. Pero Posidón nunca fue un buen perdedor y declaró su guerra particular y breve al Atica. Lanzó sobre ella sus más estrepitosas olas y trató de asolar la ciudad. Nada consiguió y, finalmente, Atenea se asentó en aquella explanada batida por las enfurecidas aguas que enviaba su rival, permaneció allí hasta que se cansó Posidón de castigar inútilmente la llanura; y terminó por convertirse la diosa en la divinidad más amada y reverenciada de Atenas.


OTRAS DISPUTAS TERRITORIALES

No cesó Posidón en sus ansias de posesión del suelo seco y en su anhelo por presentar nueva batalla a su vencedora Atenea. Decididamente, era un rey terco y poco inteligente, pues debería haber aprendido la lección con el incidente de Atenas, pero no era la cordura su fuerte y, tan pronto se repuso del fracaso experimentado, volvió a la carga, esta vez tratando de hacerse con el control de la ciudad de Trecén. Zeus, siempre atento a las idas y venidas de su descontento hermano, dispuso que la ciudad fuera compartida a partes iguales por Posidón y Atenea, pero esa decisión no agradó a ninguno de los dos, ya que no resultaba fácil la coexistencia del diunvirato en paz y armonía. Irritado con el episodio, Posidón puso sus ojos en Corinto y trató de quitársela a Helios, pero se nombró al imponente gigante Briareus como juez de la querella y éste refrendó la posesión legítima de Helios sobre su acrópolis, dejándole el istmo para que se tranquilizara. De poco valió la maniobra y el más enfadado dios salió de allí con el peor de los genios, y se fue a Egina, posesión que era de su hermano, el poderoso Zeus. Todavía peor elección, a Zeus no se le podía ganar por la mano. Mucho más obstinado que nunca, Posidón fue ahora a Naxos, a intentar quitarle la propiedad de la maravillosa isla a Dioniso, y el resultado fue el ya habitual fracaso y el aumento de sus irrefrenables deseos de desquite. Sin pensárselo demasiado, el terco Posidón se decidió en la siguiente ocasión por probar su suerte con Apolo y su sagrado Delfos. No consiguió más que el ridículo, pero volvió a insistir, ya completamente ajeno a la realidad y, para terminar de rematar su serie de baldíos esfuerzos, decidió terminar por probar el ataque con ayuda de una nueva táctica, con la esperanza de reparar los errores del pasado y obtener una victoria rotunda que borrase el recuerdo de sus fiascos.


LA ARGOLIDE, ULTIMO OBJETIVO

En la Argólide, en el terreno de su cuñada Hera, la dura y vengativa esposa de su hermano Zeus, Posidón plantó de nuevo batalla a una divinidad tan poderosa como él. Estaba visto que lo que ansiaba, más que el dominio de una parte de la tierra, era conseguir el público reconocimiento de su poder sobre sus iguales; por ello buscaba rivales de tanta categoría en sus ofuscadas pugnas. No quería saber nada de arbitrajes, ya que tan mal le habían resultado y quiso atacar y vencer por sorpresa, pero le falló también este plan y se tuvo que contentar a la fuerza con un consejo arbitral de los ríos de la Argólide, puesto en pie por el siempre atento Zeus. Para evitarse incidentes, Zeus hizo prometer al insistente hermano que se abstuviera de utilizar sus mares en contra de la Argólide, olvidándose de ese método tan innoble de asustar a los mortales, que poco tenían que ver con sus estúpidas rabietas. Empezó la vista de la causa y los tres ríos elegidos para el tribunal, los muy serios Asterión, Cefiso e Inaco, no tuvieron que cavilar en demasía para establecer la improcedencia de la pretensión de dominio presentada por el dios del Océano. Pues bien, la sentencia llenó de ira a Posidón, pero éste tuvo que limitarse a aceptar el veredicto y a hacer que sabía cumplir la promesa y no barrió con sus aguas las tierras en pleito, pero actuó con su habitual rencor, e hizo gala de una perversa malicia, obrando deslealmente a la inversa: secó los tres ríos que tan desfavorablemente habían actuado para sus intereses.


LA OPORTUNA INTERVENCION DE AMIMONE

La maldición de Posidón se realizó inmediatamente después de haber sido formulada, no en vano era el señor de todas las aguas, ríos grandes y pequeños incluidos. Se retiraron las aguas de los tres ríos, se quedó seca la tierra de la Argólide en aquel mismo momento del estío y la tierra, que había sido vergel modelo, estaba condenada a la muerte total. Hera seguía siendo señora de un trozo de tierra, pero pronto sería tan sólo la Argólide una roca pelada y muerta; para eso mejor hubiera sido cederla al usurpador. Era tarde para arrepentirse de lo sucedido, ya se marchaba el dios perdedor, dejando atrás la prueba fehaciente de su desleal comportamiento, aliando la gentil Danaida Amimone, tratando de corregir la desventura de su tierra, se puso ante él, haciéndole notar a las claras su belleza y la posibilidad inmediata que tenía de saciarse con su apetecible corporeidad. La maniobra dio el esperado fruto, y los siempre despiertos apetitos sensuales del voraz Posidón se vieron tan gratamente satisfechos que el dios no levantó su castigo, para no quedar en evidencia, pero remedió su mal proceder con la compensación de que el río Lerna, por contra, nunca se quedara seco, aun en los veranos más calurosos del Mediterráneo. El sacrificio de Amimone bastó para salvar a la Argólide de la sequía y para acabar con la peligrosa manía del dios, ya que nunca jamás se volvió a contar que Posidón retomara la obsesión de dedicarse a enfrentarse con los demás dioses, olvidándose para el resto de la eternidad de sus inanes cuitas por la posesión violenta de las tierras en las que reinaban o residían algunos de los otros grandes dioses del Olimpo y sus dependencias.


SUS MUY PECULIARES ACOMPAÑANTES

Posidón, aparte de sus caballos y de ser conocido también bajo la forma del caballo, tuvo siempre a su lado a los delfines como cabalgaduras, compañeros y -en ocasiones- cómplices, como es el caso de aquella historia del Delfín, que fue su intercesor con Anfitrite, aunque se diga que era marino y no pez el que le ayudó en la conquista de la nereida amada. Era el dios que sostenía el planeta en el que vivimos, porque el Océano rodeaba la tierra y era evidente que él desde los mares, soportaba el peso de la tierra firme. Además, Posidón había dado forma a las costas, había arrancado trozos de montañas para formar los acantilados o había pasado la mano por el litoral para dejar suaves playas y abrigadas bahías en las que los barcos y los navegantes encontrasen refugio. También había salpicado el mar de los griegos de las más hermosas islas que se podían concebir. Pero no se había limitado a los límites entre su mundo y el interior, ya que también había dibujado con sus dedos o su tridente las gargantas por las que discurrían los ríos, o había dejado el embudo de un lago con su dedo índice o con todo el perímetro de su puño. Por eso, aparte de tener a su lado a las sirenas traidoras, a las nereidas inigualables, a las oceánidas hermosas y a los tritones poderosos, Posidón era señor de las ninfas, ondinas y náyades de los lagos, de los ríos, de las fuentes, todas ellas eran parte de su hermosa corte y comparsa divina y a él debían pleitesía y obediencia por ser parte del mundo acuático, pero, a pesar de las impresionantes posibilidades de tal compañía, y dado su terrible carácter, se le retrata mejor manejando tempestades y provocando terremotos, aunque sólo sea para poder después pasearse por sobre las aguas, aplacando las fuerzas que él mismo despierta, o acomodando la tierra que sostiene sobre sus hombros en una mejor posición para los hombres que sobre ella viven. Por esas razones, el temible Posidón también gozaba de un estatuto muy especial, era reverenciado por los hombres porque Grecia estaba rodeada de ese mar y su inestable geología les recordaba incesantemente el poder del dios y la posibilidad de que la tierra se abriese bajo sus pies si no sabían honrar al dios y, sobre todo, porque era él quien, en definitiva, iba a permitirles que el agua tan necesaria para sus tierras siguiera manando alegremente.


NEPTUNO, DE LAS NUBES A LOS MARES

Neptuno es originalmente un dios romano de las nubes y, por consiguiente, de la lluvia, y así se mantiene hasta el año 399 a. C., cuando se decide la importación del culto a Posidón desde Grecia, o desde las colonias griegas de Sicilia, pobladas evidentemente por navegantes griegos que tendrían buen cuidado de contentar al dios marino en provecho propio y de su comercio, y se traslada entonces la divinidad de las aguas aéreas a todas las aguas, pero con predominio de las marinas, de ese Mare Nostrum a cuyas orillas se va edificando el grandioso imperio. La idea de elevar a Neptuno a su última categoría parte de una lectura sacra de los libros sibilinos, en los que se quiere ver el mandato de su consagración y equiparación con el poderoso dios heleno, del mismo modo que se acta para con Deméter y Dioniso. Se trataba, en principio, de un espíritu benéfico y eminentemente campesino, como la mayoría de los habitantes del panteón latino, y como tal se le festejaba oportunamente en las alturas del estío, el día 23 de julio, la Neptunalia, con la idea pragmáticamente romana de que contentando al dios de la lluvia, se puede lograr el milagro de las lluvias tardías, las que aplaquen los efectos del sol veraniego y traigan algo de agua a los campos resecos de la península italiana. Más tarde, cuando se le equipara al rango de señor de los mares, toda expedición o empresa marítima es taba precedida por el culto y por la realización de los sacrificios rituales a Neptuno. Como dios de la armada romana, tenía en la misma capital del Imperio, en el corazón de la Roma militar, un templo muy particular, levantado por orden de Agripa en su honor en el Campo de Marte. La existencia de este templo, en un lugar tan exclusivo y prestigioso, demuestra claramente la categoría y la importancia de su culto desde el punto de vista de la vida oficial romana.


NEPTUNO Y POSIDON EN LAS ARTES

No son demasiado frecuentes las apariciones de Posidón en el arte griego: fuera de algunos frisos y grupos escultóricos, hay pocas representaciones importantes del alocado señor del mar. En la cerámica, entre tantos temas populares, sí pero no es un personaje muy popular, como se puede desprender de los relatos que comentan sus fracasos sucesivos en la lucha por el poder, o en la descendencia habida. En los mosaicos romanos, por contra, sí es fácil encontrarse con la latinizada efigie y personalidad de Neptuno, pero es que éste era otro de sus terrenos propios; no en vano Neptuno es, tal como lo era su antecesor Poseidón, señor indiscutido de todas las aguas que manan, brotan, corren o caen sobre la faz de la tierra, y las termas romanas son la forma más exquisita y social de utilizar las aguas del buen dios en provecho de los ciudadanos dotados con recursos y prestigio reconocido, o que trabajaban ardorosamente por obtener ese reconocimiento por parte de sus conciudadanos. Con el advenimiento del cristianismo, como es natural, se intentó cortar con la tradición pagana y los dioses, mayores y menores, fueron proscritos del arte. 

Pero el Renacimiento consiguió la recuperación de las viejas leyendas y del mundo de alegra y placer que el enfermizo milenarismo había borrado de las pinturas y las esculturas, cambiando las encantadoras divinidades por unos angustiados y torturados mártires, o por unos tristes santos tutelares, elevados a la categoría de santos patronos.


EL SEGUNDO REINO DE NEPTUNO

Con el barroco en su esplendor, los olímpicos volvieron a adornar las mansiones de la corte y sus motivos fueron de nuevo traídos a escena y aceptados otra vez, ahora como artísticos homenajes heráldicos a los príncipes y señores. Los pintores cubrieron lienzos y paramentos con la exaltación mitológica; los dioses también se convirtieron en motivo central de parques y plazas y sus efigies volvieron a instalarse al aire libre, sin miedo a la curia inquisitorial, que dejaba que se exhibieran los gloriosos desnudos clásicos, a cambio de otras concesiones encubiertas y más ventajosas para sus nuevos intereses de dominio en el mundo en expansión, en la época álgida de los descubrimientos y exploraciones. Neptuno volvía a reinar entre los cortesanos, pero renuncia ba para siempre a poseer más suelo que el que necesitase su pedestal ornamental. Su nombre se iba a repetir en embarcaciones de guerra o en máquinas militares y ya, como mascarón de proa, iba a limitarse a surcar las aguas por delante de los almirantes, más lejos cada día de la anhelada tierra firme.