Make your own free website on Tripod.com

Principal
Arriba
biografías
inventos

 

 

 


webmaster:
ofelia_trillo@hotmail.com

MITOLOGIA BIBLICA

 

 

LA MITOLOGIA BIBLICA. LA CREACION


Yahvé, el Dios único del Testamento, de la Biblia, el que no tiene principio ni fin, es el creador, por su única voluntad, del Universo. En su primer día de trabajo, crea los cielos y la Tierra como planeta también único (Génesis, 1,1), haciendo que aparezca la luz separada de las tinieblas, al modo persa: "Al principio creó Dios los cielos y la Tierra. La Tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la faz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas. Dijo Dios: hay luz; y hubo luz. Y vio Dios ser buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero." En el segundo separa las aguas de abajo del firmamento de las que estaban encima del firmamento: "Haya firmamento en medio de las aguas, que separe unas de otras; y así fue. E hizo Dios el firmamento separando aguas de aguas, las que estaban debajo del firmamento de las que estaban sobre el firmamento. Y vio Dios ser bueno. Llamó Dios al firmamento cielo y hubo noche y mañana, segundo día." En el tercero hace que aparezca la tierra firme, y sobre ella crezcan las plantas: "Júntense en un lugar las aguas de debajo de los cielos, y aparezca lo seco. Se hizo, y se juntaron las aguas de debajo de los cielos en sus lugares y apareció lo seco, y a lo seco llamó Dios tierra, y a la reunión de las aguas, mares. Y vio Dios ser bueno. Dijo luego: Haga brotar la tierra hierba verde, hierba con semilla, y árboles frutales cada uno con su fruto, según su especie, y con su simiente, sobre la tierra. Y así fue. Y produjo la tierra hierba verde, hierba con semilla, y árboles de fruto con semilla cada uno. Vio Dios ser bueno." En el cuarto, el ingenioso Yahvé separa la luz de las tinieblas (cosa que ya se supone estaba hecha el día primero), crea las estrellas y los astros, dedicando especial atención a "dos luminarias mayores ", el Sol y la Luna: "Haya en el firmamento de los cielos lumbreras para separar el día de la noche, y servir de señales a estaciones, días y años; y luzcan en el firmamento de los cielos para alumbrar la Tierra. Y así fue. Hizo Dios los dos grandes luminares, el mayor para presidirá al día, y el menor para presidirá a la noche y a las estrellas; y los puso en el firmamento de los cielos para alumbrar la Tierra y presidir al día y a la noche, y separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios ser bueno, y hubo tarde y mañana, día cuarto. "


LLEGAN LOS SERES VIVOS

En el quinto, Yahvé crea todos los animales marinos y todas las aves, saltándose de un golpe el más largo y concatenado camino de la evolución permanente: "Hiervan de animales las aguas y vuelen sobre la Tierra aves bajo el firmamento de los cielos. Y así fue. Y creó Dios los grandes monstruos del agua y todos los animales que bullen en ella, según su especie, y todas las aves aladas, según su especie. Y vio Dios ser bueno, y los bendijo, diciendo: "Procread y multiplicaos y henchid las aguas del mar, y multiplíquense sobre la Tierra las aves." Y hubo tarde y mañana, día quinto." En el sexto crea el resto de la fauna terrestre actual, también de golpe, añadiendo una pareja de seres humanos que, a diferencia del resto de los seres vivos, deberían encargarse por su cuenta de la tarea de su multiplicación: "Brote la tierra seres animados según su especie, ganados, reptiles y bestias de la tierra según su especie. Y así fue. Hizo Dios todas las bestias de la tierra según su especie, los ganados según su especie y todos los reptiles de la tierra según su especie. Y vio Dios ser bueno. Díjose entonces Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se muevan sobre ella." Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios diciéndoles: "Procread y multiplicaos y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra. Dijo también Dios: "Ahí os doy cuantas hierbas de semilla hay sobre la faz de la tierra toda, y cuantos árboles producen fruto de simiente. para que todos os sirvan de alimento. También a todos los animales de la Tierra y a todas las aves del cielo, y a todos los vivientes que sobre la Tierra están y se mueven les doy para comida cuanto de verde hierba la tierra produce." Y así fue. Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho, y hubo tarde y mañana, día sexto." Terminada la ordenada labor de creación, Yahvé decide hacer un nuevo día, dedicándolo a su merecido descanso, el importante día séptimo, que sería un día tan sagrado como lo era el número siete de los hebreos: Así fueron acabados los cielos y la Tierra y todo su cortejo. Y rematada en el día sexto toda la obra que había hecho, descansó Dios en el séptimo día de cuanto hiciera; y bendijo al día séptimo y lo santificó, porque en él descansó Dios de cuanto había creado y hecho. Este es el origen de los cielos y la Tierra cuando fueron hechos. Tras la semilógica explicación geocéntrica de la fabricación universal que debía servir tan sólo de complemento a nuestro solitario planeta, la Biblia sigue narrando con más detalle las operaciones que llevaron al remate de la obra divina, la creación del primer hombre, compuesto por Yahvé en arcilla modelada por su mano y animado con su soplo divino, siguiendo la tradición de la zona, que hacía que los dioses crearan del barro del suelo a sus seres terrestres, como ya se había contado en las leyendas de Mesopotamia y en Egipto. Pero, al mismo tiempo que se ponía en marcha la humanidad, Yahvé no cesaba de trabajar en beneficio de su creación, y se esforzaba por reunir la más flora, plantando los más ricos y hermosos vegetales para formar un jardín inigualable, el lugar escogido para su criatura: el Edén.


EL JARDIN DEL EDEN

"Al tiempo de hacer Yahvé Dios la Tierra y los cielos, no había aún arbusto alguno en el campo, ni germinaba la tierra hierbas, por no haber todavía llovido Yahvé Dios sobre la tierra, ni haber todavía hombre que la labrase, ni vapor acuoso que subiera de la tierra para regar toda la superficie cultivable. Modeló Yahvé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego Yahvé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara." Y el Génesis da una descripción prolija de aquel territorio maravilloso, tan detallada que muchos han sido los baldíos intentos de los crédulos por intentar situar el bíblico paraíso terrenal en nuestra geografía real. Dice la Biblia que del Edén salía un río que se partía en cuatro brazos, el primero llamado Pisón, que es el que rodea toda la tierra de Evila, donde abunda el oro, el bedelio y el ágata (el bedelio era una gomorresina entonces muy apreciada por su aroma); el segundo llamado Guijó, que es el que rodea toda la tierra de Cus; el tercero llamado Tigris y corre por tierras del oriente de Asiria; el cuarto, como resulta natural suponer, tiene obligatoriamente que ser el Eufrates. En este jardín del Edén destacaba la presencia de dos árboles: el de la vida y el de la ciencia del bien y del mal, en otra nueva referencia zoroástrica. "Hizo Yahvé Dios brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y el mal". Los dos árboles singulares eran la trampa necesaria que el buen y desconfiado Yahvé tendía a su hijo terreno, para que fuera él mismo quien decidiera ser fiel a su dios, o pusiese en evidencia su desobediencia, como ya había hecho el ángel rebelde (el perverso Luzbel, un Ahrimán hebreo).


LA COMPAÑERA DEL HOMBRE

Y esos árboles mágicos no eran sino un requisito indispensable para el proceso creador porque eran la validación de una conducta, la prueba indiscutible de que el primer hombre había caído para siempre, o había sabido vencer la tentación del mal. "De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieras, ciertamente morirás." Añadió Yahvé los animales del campo y las aves del cielo, y las puso a disposición de su hombre-sin-nombre; pero se dio cuente de que el hombre no tenía compañera, así que lo hizo caer en profundo sueño, tomó una de sus costillas y, con ese hueso, dio forma a la mujer. El hombre, al despertar del sueño divino y ver a su compañera dijo: "Esto sí que es ya hueso de mi hueso y carne de mi carne." Y debió responder Yahvé: "Esta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre. Y se adherirá a su mujer. Y vendrán a ser los dos una sola carne." Pero la aparición de la mujer en el hasta entonces idílico jardín iba a desatar las fuerzas ocultas, porque la serpiente bajo cuya forma se escondía el mal, se acercó a tentar a la mujer, invitándola a que probase todas las frutas del huerto edénico, incluida aquella vedada por el creador. La mujer se resistió: Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayaís a morir." Pero la serpiente siguió azuzando a su (débil por ser mujer, claro) víctima: "No, no moriréis, es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal." Y así hasta que la fruta prohibida del centro del jardín fue probada por la mujer: "Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría, y tomó de su fruto y comió." Una vez comido el extraño fruto, la hembra indujo, a su vez, al hombre y compañero a que probase la fruta prohibida, y el varón tampoco tuvo la fuerza de voluntad necesaria para rebelarse contra el ofrecimiento de la llamada varona: "Y dio también de él a su marido, que también con ella comió."


LA CAIDA Y SU CASTIGO

En ese momento definitivo de la caída en la tentación, ambos se dieron cuenta de su completa desnudez y se avergonzaron de ella: "Abriéndose los ojos ambos, y viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores." Era el momento oportuno elegido por el astuto y desconfiado Yahvé, quien se había dejado caer por el lugar del Edén, preguntando a sus dos criaturas, con un aire totalmente inocente lo que estaba pasando, como si él, Dios omnisciente y omnipresente, no supiera (incluso antes de suceder) lo que había ocurrido con respecto a su interdicción: ¿Dónde estás? , porque Yahvé sólo se dignaba dirigirse al varón y éste, asustado, contestaba: "Te he oído en el jardín y, temeroso porque estaba desnudo, me escondí." "¿Y quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¡Es que has comido del árbol de que te prohibí comer!" El varón, acobardado, quiso eludir su responsabilidad, contestando: "La mujer que me diste por compañera me dio de él y comí." Yahvé se dirigió entonces a la hembra: "¿Por qué has hecho eso?" Y la hembra respondió con otro intento de huida de su culpa: "La serpiente me engañó y comí". Lo primero que hizo Dios fue condenar al animal, a la serpiente, de por vida: "Por haber hecho esto, maldita serás entre todos los ganados. Y entre todas las bestias del campo. te arrastrarás sobre tu pecho, Y comerás el polvo todo el tiempo de tu vida. Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer. Y entre tu linaje y el suyo. Esta te aplastará la cabeza. Y tú le acecharás el calcañal". Lo segundo fue dirigirse airado a la mujer anunciándola todos los sufrimientos que se relatan a continuación: "Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor los hijos. Y buscarás con ardor a tu marido. Que te dominará."

En cuanto al hombre, le anunció Yahvé todos los castigos previstos por el delito de violación del mandato divino (más exactamente, "por haber escuchado a la mujer" ): "Por ti será maldita la tierra. Con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida. Te dará espinas y abrojos. Y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan. Hasta que vuelvas a la tierra. Pues de ella has sido tomado. Ya que polvo eres, y al polvo volverás."


LA FAMILIA PRIMORDIAL

El hombre sin nombre "llamó Eva (vida) a su mujer, por ser la madre de todos los vivientes." Luego "hízoles Yahvé Dios al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió. Díjose Yahvé Dios: "He aquí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre." Y le arrojó Yahvé Dios del jardín del Edén, a labrar la tierra de que había sido tomado. Expulsó al hombre y puso delante del jardín del Edén un querubín, que blandía flamean te espada para guardar el camino del árbol de la vida." Pero se iniciaba también, con la expulsión, la instauración de la primera familia, ya que "conoció el hombre a su mujer, que concibió y parió a Caín, diciendo: "He alcanzado de Yahvé un varón". Volvió a parir, y tuvo a Abel, su hermano." El primero se hizo agricultor, el segundo ganadero. Ambos dedicaron sus primeros frutos, vegetales el uno, animales el otro, pero el impredecible Yahvé recibió con agrado las ofrendas de Abel y esto ofendió tanto a Caín, que trasladó su ira hacia el afortunado hermano, hasta tal punto que le dio muerte con su mano. De nuevo Yahvé se acercó al reino de los mortales, a cuestionar con su pretendida ingenuidad el paradero de Abel: " ¿Dónde está Abel, tu hermano?" Caín trató de aparecer ignorante de la suerte de su hermano: "No sé, ¿Soy acaso el guarda de mi hermano?" . Entonces el Dios supremo le demostró estar al corriente de todo; por ello, le maldijo y su maldición cayó también sobre su trabajo de labrador, condenándole al destierro y a vivir marcado hasta el fin de sus días, para que nadie de entre los presentes y futuros habitantes de la tierra con quien se encontrara le pudiera tan siquiera herir y acortara su vida lo más mínimo.


LAS ESTIRPES DE CAIN Y ENOS

El errante Caín conoció a su esposa, también sin nombre y sin que se diga cual fue su origen. Con ella tuvo a Enoch, principio de una larga estirpe de seres legendarios, que se continuó por Irad, Mejuyael, Matussel y Lamec, quien casó con Ada y Sela. De Ada tuvo a los hermanos Jabel y Jubal. De Sela tuvo a Tubalcaín y a su hermana Noema. En su momento, Adán, que ese sería el nombre del varón primero (quien ya había cumplido ciento treinta años), y Eva reemplazaron el hueco dejado por Abel y el réprobo con una nueva criatura, Set. De Set surgió una nueva familia que comenzó en Enós, nacido cuando el padre había cumplido ciento cinco años, cosa nada extraña, porque Adán vivió novecientos treinta años, en los cuales no dejó de engendrar hijos (aunque no se dice si fueron también hijos de Eva). Set vivió por espacio de ochocientos siete años, mientras que Enós le superó con creces, llegando a cumplir novecientos doce años, y la longevidad debía de ser fácilmente transmisible, pues el hijo de Enós, Cainán, se mantuvo activo durante novecientos diez años; su hijo Mahaleel duró ochocientos noventa y cinco años; el hijo de éste, Jared, alcanzó los novecientos sesenta y dos años; su hijo Enoc sólo vivió por espacio de trescientos sesenta y cinco años, pero fue padre del famoso Matusalén, quien logrará cumplir los novecientos sesenta y nueve años, el máximo obtenido en esa tan saludable familia. De Matusalén nació otro Lamec, un hombre que murió al llegar a la cifra mágica de setecientos setenta y siete años, presagio de que sería famoso por algo, como así sucedió, ya que Lamec fue padre de Noé, patriarca que vivió por espacio de novecientos cincuenta años, pero que alcanzó la fama por ser el protagonista de un hecho aún más grande que su incalculable permanencia sobre la tierra.


EL DILUVIO UNIVERSAL

Noé había sido siempre un hombre justo y perfecto en un mundo en el que los demás hombres eran lujuriosos, tan lujuriosos como los gigantes con los que coexistían y se apareaban sus mujeres. Por eso, Yahvé decidió exterminar a todas sus criaturas, incluidos los animales, pues de la creación de todos ellos se arrepentía el Dios supremo, excepción hecha del buen Noé, a quien dijo que construyera un arca de madera de trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto, lo que se traducirá en unos 150 metros de eslora, por 25 de manga y 15 de puntal, con unas 3.000 toneladas de registro bruto, si lo medimos con las normales actuales. Y el longevo Noé construyó él solo tamaño barco, para salvarse del diluvio que tenía pensado Yahvé para ciento veinte años después del momento de su indignación con la raza humana y la fauna por él creadas, más la increada raza de esos misteriosos gigantes "héroes famosos muy antiguos" (Génesis 6,5). Noé, al darle su dios la señal, a los seiscientos años cumplidos, embarcó a su mujer, a sus hijos, Sem, Cam y Jafet, a las mujeres de sus hijos, a siete parejas de cada especie y una sola pareja de cada especie impura y cargó alimento suficiente para la travesía, que habría de durar poco más de un año, tras aquellos cuarenta días y cuarenta noches de lluvias que inundarían toda la faz de la tierra. Durante un año estuvieron flotando los del arca, hasta que al cabo de un año y diez días, ya estaba seca de nuevo la superficie terrestre. Desembarcó la expedición, ofrendó un sacrificio con un ejemplar de cada especie pura y Yahvé, al oler "el suave olor", se prometió que ya nunca volvería a maldecir la tierra. Hizo, en efecto, un pacto con los humanos, la primera alianza con su pueblo elegido, y lo selló con el arco iris, su firma celestial.


OTRA CONFUSION

De Sem, de Cam y de Jafet nació la nueva especie humana depurada, pero de estos sucesores de Noé también salió la idea de hacer - de ladrillo - una torre tan alta como el cielo, que les sirviera de referencia en la dispersión. Pero Yahvé, que todo lo veía, vio que no era buena rival la unidad y de un solo pueblo y de una sola lengua hizo surgir la confusión y la disparidad de lenguajes, diciéndose: "He aquí un pueblo uno, pues tienen todos una lengua sola. Se han propuesto esto, y nada les impedirá llevarlo a cabo. Bajemos, pues, y confundamos su lengua, de modo que no se entiendan unos a otros," logrando que aquellos descendientes de Noé se dispersaran, pero sin que quedase la referencia monumental de la llanura de Senaar, la torre inacabada de Babel (Babilonia), sinónimo desde entonces de todos los males y todas las corrupciones, aunque no se entienda bien por que el omnipotente Yahvé tenía tantos celos de sus hijos en la tierra. Uno de los más lejanos descendientes de Sem, el buen Abraham, fue elegido por el caprichoso Yahvé para un extraño trabajo. Abraham, hermano de Najor y Aram, era hijo de Teraj, a su vez hijo de Najor; éste de Sarug, que fuera hijo de Reu, y Reu hijo de Paleq, que fue hijo de Heber, el hijo de Sale, nieto de Arfaxad y bisnieto del mismísimo Sem. Pues bien, Yahvé ordenó al buen Abraham que fuera a Egipto con su gente; con él estableció Yahvé la segunda alianza, a cambio del sacrificio de esa gente que siguiera la suerte de Abraham y sus descendientes iban a recibir, mucho más tarde, la tierra designada por Yahvé. La gente de Abraham debería irse preparando para una anunciada servidumbre de cuatrocientos años, con la promesa de que, tras aquellos cuatro siglos, el extraño Dios castigaría a los egipcios por abusar de su pueblo y premiaría a los futuros hijos de Abraham con "mucha hacienda", con los terrenos que van desde "el río de Egipto hasta el gran río, el Eufrates." Abraham aceptó la orden, como aceptaría la posterior de sacrificar a su hijo Isaac, sin vacilar y se puso en manos de su divino señor, iniciando disciplinadamente el largo viaje hacia su destino, viaje que sería de años y pleno de avatares, en los que surgirán nuevas razas y nuevos pueblos.


EL LARGO VIAJE

Mucho habría de pasar Abraham, que empezó su viaje oyendo estas palabras: "Salte de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré; yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será una bendición, y bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan. Y serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra." Abraham, que contaba setenta y cinco años de edad, acató su destino y salió de Jarán, con rumbo a Canán, acompañado por su mujer Sara, su sobrino Lot y la comitiva de pastores y ganados. Llegados a Siquem, Yahvé se apareció al trío para anunciarles que a su descendencia daría aquella tierra que podían contemplar siguiendo sus indicaciones, como había prometido hacer. Fuéronse después hacia Egipto, pero Abraham temió por la suerte de la hermosa Sara, y dijo que se hiciera pasar por hermana suya. Los egipcios se prendaron de la bella Sara y la llevaron a palacio, mientras obsequiaban a Abraham, pero el incomprensible Yahvé, irritado por la alteración de sus planes, mandó grandes plagas a los egipcios, lo que se convertirá en costumbre divina más tarde. El faraón, al ver el desastre y enterado de la estúpida y cobarde argucia de Abraham, dejó en libertad a Sara, haciendo saber que no comprendía el comportamiento del viejo y, menos aún, el castigo recibido por culpa de aquel engaño. Y Abraham salió de Egipto y volvió hacia el norte, separándose de Lot por peleas habidas entre sus pastores y los suyos. Marchó Lot a Sodoma, con tan mala fortuna, que se vio metido, sin querer, en una guerra entre reyezuelos locales, siendo capturado y preso. Abraham, al enterarse, montó una tropilla de trescientos dieciocho hombres de entre su gente para liberar a Lot, lo que logró, aparte de poderse enriquecer con el botín y con el diezmo recibido de los derrotados enemigos.


EL PACTO CON YAHVE

Entonces, el triunfante y anciano Abraham recibió en sueños el mensaje de la alianza con Yahvé, quien le prometía tantos hijos como estrellas pueden verse en el cielo, si pasaba por el trámite descrito de hacer que sus prometidos descendientes soportaran los cuatrocientos años de cautividad en Egipto. Mientras, Sara, preocupada por su esterilidad, pensó que sería bueno que Abraham tuviera el hijo deseado, usando como madre a su esclava, la egipcia Agar. Una vez que Abraham "entró a Agar" y está quedó convenientemente preñada, la embarazada Agar mostró orgullosa su condición, humillando con tal ostentación a Sara, quien, quejosa, fue a contar su sufrimiento a Abraham. Este le aseguró que, por lo que a él respectaba, Sara podía castigar a la esclava a su gusto. Duro debió ser el castigo, pues Agar huyó al desierto, hasta que un ángel de Yahvé la localizó para aconsejarla y tranquilizarla, haciéndola saber que se habían acabado sus cuitas; ahora debía regresar y entregar el hijo que naciera a su señora, al que debería llamar Ismael, que más tarde ella sería la madre de todo un pueblo propio. Cuando Abraham tenía noventa y nueve años, se le apareció de nuevo Yahvé, para anunciarle un nuevo pacto: la paterni ad de una muchedumbre de pueblos a cambio del compromiso de la circuncisión del prepucio de todos esos innumerables descendientes. Además, le otorgaría un hijo con Sara, al que habría de llamar Isaac, con quien haría nuevo pacto en su día. Y todo sucedió conforme a lo enunciado. Pero antes Yahvé se había irritado hasta el límite con la licenciosidad existente en Sodoma y Gomorra, ciudades con merecida fama de amplia permisividad sexual, punto con el cual el colérico y represor Yahvé no transigía en absoluto. Así que mandó a dos ángeles para que sacaran de allí a Lot y a su familia, antes de que el buen Dios arrasase a todos y cada uno de los habitantes de la ciudad, niños incluidos, demostrando terminantemente su autoridad sobre la tierra. Lot se puso a salvo, pero su mujer quedó convertida en estatua de sal por volverse a mirar las ciudades que abandonaban. De las hijas de Lot se cuenta que emborracharon reiteradamente a su padre tan pronto estuvieron lejos del peligro, para poderse acostar con él y quedarse embarazadas. Así, una concibió a Moab y la otra concibió a Ben Ammí y nada más se cuenta de la curiosa familia de Lot. Sara tuvo por fin su hijo, Isaac, y Abraham pudo celebrarlo con sus cien años cumplidos. Sara murió a los ciento veintisiete años en Canán, y Abraham no consiguió llegar hasta Egipto, muriendo, a los ciento setenta y cinco años, al pie del camino, en el campo de Efrón.


MOISES, EL GRAN HEROE

En el destierro egipcio, los hijos de Israel tuvieron que sufrir calamidades sin límite, como la orden del faraón que condenaba a dar muerte a todos los varones hebreos. Pero una mujer de la casa de Leví logró ocultar a su hijo hasta que cumplió los tres meses; después lo lanzó a la fortuna, metido en una cesta de papiro que abandonó en el curso del río, allí donde se bañaba la hija del faraón, bajo la vigilancia de otra de sus hijas. Naturalmente, la hija del faraón divisó la cesta con el niño y decidió tomarlo a su cuidado. También comprendió que era hebreo y que necesitaba una nodriza, precisamente de esa religión; como la hermana de la criatura estaba a la espera de los acontecimientos, se precipitó hacia la princesa egipcia para ofrecer la nodriza ideal, la propia madre. Por haber sido sacado de las aguas, la criatura fue bautizada Moisés y educada clandestinamente por su madre. Esta es la leyenda retomada de Sargón, el que sería rey de Asiria, puesta al día por los escribanos de la Biblia. Pero aquí lo importante es que Moisés, también gran futuro señor de su pueblo, fuera el vehículo, con ayuda de Yahvé y de sus diez nuevas plagas contra los egipcios, de la vuelta del pueblo de Israel a la tierra prometida, aunque tal regreso fuera penoso, pues Yahvé, que había llegado a secar el mar para que pasara la expedición, decidió más tarde un nuevo castigo, al haber roto los hebreos por él salvados la nueva alianza que había acordado con Moisés con ocasión de la entrega de las tablas de la ley. El pueblo de Israel había caído en la idolatría, es decir, el pueblo escogido había postergado a su único y exclusivo Dios por un becerro de oro. Por eso, para dar la lección final, Yahvé hizo que, durante cuarenta interminables años, el pueblo de Israel fuera dando tumbos por el corto desierto del Sinaí, sin saber encontrar su norte. Cuando Yahvé consideró que habían purgado los padres y los hijos, les franqueó el paso a la tierra de promisión, pero el prohombre del regreso, el gran héroe Moisés, se tuvo que contentar con la visión postrera de la tierra anhelada, sin poder cruzar el último obstáculo, el río Jordán. Al otro lado se extendía el suelo prometido, aunque nunca se cumpliera aquella promesa de dotar a los hebreos con la tierra que va desde la orilla del Nilo hasta el Eufrates, y se tuvieran que contentar con una parte muy reducida del territorio del que Yahvé habló a su fiel Abraham.


SANSON Y OTRAS LEYENDAS

Hay, en las páginas dispares de la Biblia, el relato prodigioso de muchos otros seres de los que la historia no ha podido encontrar huella documental alguna, y buena cantidad de inconsistencias y exageraciones entre los más o menos remotamente relacionados con los hechos reales, pero sobresale uno especialmente, uno de los jueces que gobernaron al pueblo de Israel "durante veinte años", Sansón, un ser legendario que viene a ser la traducción de Heracles al mundo hebreo. De él se cuenta que nació (como Isaac) de mujer estéril, por la voluntad de Dios, y se enumeran sus hazañas como antes se había hecho con las de Heracles. La más sonada fue su victoria sobre mil enemigos, con la sola ayuda de una quijada de asno. Pero Sansón tenía un punto débil, las siete trenzas de su cabellera y bastó que la filistea Dalila, su amante, conociera su secreto, para que el forzudo quedase desfallecido, indefenso, más por el abandono de Yahvé (por haber yacido con extranjeras) que por la operación capilar. Pero el héroe, arrepentido, hizo su último trabajo contra los príncipes enemigos, cuando su Dios le devolvió las perdidas energías, haciendo que cedieran las columnas de la enorme casa en donde estaban los príncipes y millares de filisteos, matándolos a todos, "siendo los muertos que hizo al morir más que todos los que había hecho en su vida." Después, con el añadido cristiano, la mitología se dispara en otras direcciones nuevas. A la Biblia renovada se le añaden los relatos del hijo que Yahvé concibió en el vientre de una Virgen para redimir a su humanidad del pecado cometido por Adán y Eva en el Edén. Y se habla de su muerte y de su resurrección. Pero de todos los mitos del llamado Nuevo Testamento (frente al Viejo Testamento o alianza de los hebreos), el más importante, históricamente al menos, ha sido el texto de Juan, El Apocalipsis o revelación sobre el fin de los tiempos, en el que, con un lenguaje oscurantista y simbólico en exceso, se narra lo que ha de pasar transcurrido el milenio; cómo el día último de la tierra se ha de producir y los sufrimientos que esperan a la humanidad, contraponiéndose incoherentemente a la doctrina de la redención que es la médula de la nueva religión cristiana. Tal fue la fuerza de este mito, que el mundo cristiano se fue paralizando a medida que se acercaba el año mil de la nueva era. Después, Europa retomó de la antigüedad clásica la alegría que el texto posbíblico le había robado durante los primeros mil años de su nueva etapa.