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MITO JAPONES

 

 

MITOS JAPONESES. EL SHINTO


El animismo fue el primer estadio religioso del Japón, la primera explicación mitológica que los humanos quieren darse de los fenómenos y poderes que se alejan de la comprensión, desde el ciclo del día y la noche, hasta la enfermedad y la muerte, pasando por la suerte de los cultivos y el ganado, y el comportamiento de las fuerzas atmosféricas. Esta religión de la naturaleza, en la que no hay dogma ni existen diferen cias entre los dioses, los humanos, los animales, las plantas y la materia inanimada, es una doctrina de meditación, de conocimiento de la unidad universal, que va unida inseparablemente a la total aceptación del orden reinante, a la asunción de la circunstancia social y familiar. El Shintô proclama la necesidad de la pureza y la exigencia de la sinceridad. La pureza supone la eliminación de la contaminación por la sangre, por la muerte, por los alimentos impuros, y se logra a través de los ritos purificadores del imi (abstinencia), el misogi (baño frío) y el harai (el rito oficiado), que alcanza su máximo en las fiestas semestrales del 30 de junio y del 31 de diciembre, en los días del O-harae (Gran purificación). El Shintô (Shin, dioses; tô, camino = camino de dioses) fue recogido en una colección de textos (shinten) finalmente, en el siglo VII, en una versión depurada que se transmitió oralmente hasta principios del VIII, cuando la emperatriz Gemmyo hizo que Yasumaro recogiera de la memoria de Hieda el contenido del relato, y lo escribiese, dando al conjunto el nombre de Kojiki (Crónica de los tiempos antiguos) en tres libros, más una historia nacional, el Nihongi, o Nihon Shoki (Crónica del Japón). Esta doctrina sintoísta renovada, por propugnar la obediencia al orden, al emperador, terminó por ser la doctrina oficial y la enemiga del budismo en el período de recuperación de la autoridad imperial, de 1868 a 1872, pasando después a ser una institución a la que se debe una observancia y un respeto más naciona lista que religioso.


EL KOJIKI Y EL NIHONGI

En el primer libro del Kojiki están contenidos todos los relatos mitológicos; en el segundo libro se cuenta la historia legendaria del Japón, desde el siglo VII al siglo IV (a. C.); mientras que en el último libro, la crónica se hace más histórica, por proximidad temporal, abarcando desde el siglo IV hasta principios del VII. Estos libros, escritos por Yasumaro en un japonés arcaico, hoy en día son de difícil lectura; no es el caso del Hihomgi, que fue redactado en el idioma importado por los nobles, en chino, y que se trata de un texto mucho más extenso y elaborado al gusto de la corte, en el que también se mezclan los orígenes legendarios y los mitos ancestrales con las páginas de la historia real, pero apartándose bastante del Kojiki en sus exposiciones mitológicas. El Kojiki expone la creación simultánea del Universo y de tres divinidades invisibles: Centro del Cielo, Augusto Creador y Divinio Creador. En el período de formación de nuestro mundo, sobre su masa aún informe, brotaron otras divinidades invisibles celestes, nacidas del primer brote de junco. Luego, de la tierra aún caliente empezaron las siete generaciones de la era divina con el Eterno de la Tierra y el Brote Fértil, que se complementaron más tarde con la aparición de las divinidades hermanas, masculina y femenina del barro y de la arena, de la semilla y de la vida, los hermanos y señores del Gran Palacio, los hermanos divinos de la adoración, y los hermanos precursores Izanagi e Izanami, los padres de Hiru-Ko. Estos dioses no lo son propiamente, pues el Shintô no reclama para ellos ningún culto, sino que son la explicación mítica a unas fases supuestas de formación del Universo, hasta llegar a la aparición de los primeros pobladores legendarios de la tierra, a los hermanos Izanagi e Izanami. 


IZANAGI E IZANAMI, INVITADOR E INVITADORA

Izanagi e Izanami descendieron un día a la superficie de la tierra, construyendo primero una columna celestial y, a su alrededor un palacio. Después comenzaron a girar en sentido opuesto en torno a esa co lumna hasta encontrarse, pero Izanami dijo palabras de amor a su hermano en primer lugar, mientras giraban a su alrededor. Después, unidos ya los hermanos, engendraron un hijo, HiruKo, débil en demasía, que fue abandonado a las aguas en una balsa; después tuvieron una hija que tampoco les satisfizo, y que convirtieron en la isla Awa que está en la costa de Osaka. Poco contentos con aquellos dos primeros hijos, fueron al Cielo a consultar con las divinidades, quienes concluyeron que aquellos nacimientos habían sido nefastos porque Izanami había hablado antes que el varón. De nuevo en la tierra, repitiendo la ceremonia correctamente, ya que Izanagi fue ahora el primero en decir las palabras de amor, tuvieron los catorce hijos que formaron las ocho grandes islas y las seis menores de Japón. Tras haber parido a las catorce islas, dieron vida a las diez divinidades: O-wata-tsumi , dios del mar; al matrimonio Hayaaki-tsu-iko y Hayaaki-Tsu-hime, dioses de los ríos padres de los ocho dioses del agua; Shima-tsu-hiko, dios del viento; Kukuno-chi, dios de los árboles; O-yama-tsumi, dios de las montañas, y Kayanu-hime, diosa de los llanos, padres de otros ocho dioses de la tierra; al dios Ameno-tori-bune; O-getsu-hime, diosa de los alimentos; Kagu-tsuchi, dios del fuego, el último de los diez hijos divinos. Pero el parto de Kagu-tsuchi fue horrible para Izanami, quien, devorada por el fuego cayó postrada en terrible dolor, retorciéndose entre vómitos, excremento y orina, de los que nacieron el dios y la diosa monte-metálico, el dios y la diosa del barro, el dios de la cosecha y la diosa serpiente de agua.


LA IRA DE IZANAGI

Al ver morir a su amada Izanami de aquella terrible manera, el marido divino echó a llorar desconsolado, pero las lágrimas del viudo Izanagi todavía servirían para dar vida a la diosa del llanto. Pasado aquel primer momento de desconsuelo, Izanagi se encolerizó con el hijo que fuera causa de la muerte de Izanami y le tajó la cabeza con su espada, dándole muerte al momento, pero haciendo también el doble prodigio de que su sangre diera vida a otras ocho nuevas divinidades, del fuego, de las rocas, triturador de las raíces, triturador de las rocas, de la lluvia, del sol, del viento, de los valles, y que de los restos mortales de Kagutsuchi se hiciera nacer a otras tantas nuevas divinidades de las montañas, protectoras de caminos, de laderas, del refugio, de la oscuridad, de los bosques, etc. Pero todo ello le importaba bien poco al doliente Izanagi, que quería recuperar a su perdida esposa al precio que fuese; así que decidió descender a los infiernos, y allí la encontró; pero también supo por sus palabras que la infeliz Izanami ya había comido de la mesa del país de los muertos y que, por lo tanto, no podía abandonar jamás aquel recinto in fausto, si no fuera con la especial licencia del dios del infierno, Con aquella promesa, Izanami desapareció en el negro interior. Pasaba el tiempo y la amada no regresaba, así que Izanagi tomó una púa de un peine, la prendió fuego, a modo de tea, y se metió por el mismo camino por el que había visto pasar antes a Izanami. Allí la encontró, entre gusanos que la devoraban y que no eran sino los ocho dioses del trueno, que habían nacido de la descomposición de su cadáver. Izanagi quedó aterrado, más aún, al escuchar la invectiva que le lanzaba Izanami, por haberla humillado con aquella contemplación de su vergonzoso estado.


LA HUIDA DEL INFIERNO

Al grito de la indignada Izanami acudieron los espíritus infernales, pero el astuto Izanagi lanzó a tiempo su corona al suelo y ésta, milagrosamente se transformó en un racimo de jugosas uvas, que los espíritus se detuvieron a recoger; después volvieron a correr tras él, pero Izanagi lanzó las púas que quedaban en su peine, que ahora se convirtieron en brotes de bambú tierno, y los espíritus volvieron a detenerse, recogiéndolas con gula; pero los brotes se acabaron y los espíritus siguieron en pos de Izanagi, ahora acompañados de los ocho dioses del trueno, al mando de una horda de mil quinientos demonios que la humillada Izanami, había mandado en auxilio de los estúpidos espíritus, Izanagi, sin dejar de huir, blandía la espada a su espalda, matando a todo el que se acercaba demasiado, y así prosiguió, hasta llegar a Izumo, donde está la boca del infierno, en donde pudo recoger tres melocotones maduros que arrojó contra sus muchos perseguidores, consiguiendo ponerlos a todos en fuga. Agradecido, Izanagi paró, tomó aliento y habló a los melocotones que le habían salvado la vida al igual que habéis ayudado a Izanagi, ayudad a los humanos del Japón cuando estén necesitados de auxilio. En ese momento, los melocotones quedaron convertidos en frutos divinos. Pero la propia Izanami se había puesto tan furiosa al ver que todos le fallaban, que ella misma salió a acabar con el que fuera su marido amado en la vida, porque ahora ya no era la esposa, sino que se había transformado en la mayor diosa del infierno, pero el veloz Izanagi supo cerrar la entrada del infierno con una enorme roca, pero no totalmente, de modo que cuando llegó Izanami, ella pudo todavía amenazarle, anunciando que se vengaría de él, matando en un solo día a mil humanos; pero Izanagi no se inmutó ante las tremendas palabras de Izanami y le respondió que si ella mataba a mil hombres, el haría nacer a otros mil quinientos, y tapó del todo la entrada con la divina roca, la que impide la entrada a la casa de los muertos.


IZANAGI DA VIDA A NUEVOS DIOSES

Terminada la trágica aventura del mundo subterráneo, Izanagi decidió que era hora de purificarse tras su contacto con los muertos y se fue hasta el río Voto, en Tachibana, para sumergirse en sus aguas. De cada prenda que se quitó, nació un nuevo dios, hasta completar una docena de divinidades tan diversas como la del final del camino, de los caminantes, de los enfermos, de las dudas, de la saciedad, de las playas, del océano, de alta mar, de la resaca, de las costas lejanas, etc. Pero también, al bañarse en las aguas del Voto, la contaminación del reino de los muertos se transformó en dos divinidades negativas, la de los ochenta males y la de los grandes males, a las que Izanagi respondió con la creación de dos dioses benignos que reparan y purifican, aparte de otros seis dioses encargados de velar por el fondo, la parte media y la superficie del mar. Pero los más importantes dioses todavía no habían sido creados en sus abluciones, ya que fue al lavarse el ojo izquierdo cuando dio lugar a Amaterasu, la diosa del Sol; al hacer lo mismo con el ojo derecho, dio vida al dios de la Luna, Suki-yomi-no-Kimoto; al lavarse la nariz, engendró al dios Take-haya-Susa-no-o, al varón por excelencia. Orgulloso de sus hijos partenogenéticos, Izanagi les encomendó la gobernación del Cielo, de la noche y del mar, respectivamente, aunque el recién nacido Susa-no-o se puso a llorar, porque no quería el reino del mar, sino ir a la región subterránea en donde estaba su difunta madre. Izanagi se encolerizó al escuchar tal pretensión, y al punto le echó de su lado, pero el perplejo Susa-no-o pidió a su padre la gracia de poder elevarse al Cielo, para ver, antes de partir al infierno, a su buena hermana Amaterasu. Concedido el permiso, Susa-no-o surcó los cielos en pos de su hermana, entre los tremendos sonidos de una Tierra que se estremecía en tormentas y erupciones y que se sacudía en terremotos.


AMATERASU Y SUSA-NO-O

Al oír aquellos horribles sonidos que también subían hasta el Cielo, Amaterasu se preparó con su arco tenso y mil flechas en su carcaj, para recibir como se merecía aquella desconocida visita que se anunciaba de tal manera. Cuando vio que el temido visitante no era otro sino su hermano, la diosa desconfió de los motivos que le llevaran hasta su reino, pues recelaba que él quisiera hacerse con él. Susa-no-o hizo protestas de su buena voluntad y explicó que lo único que deseaba era llegar hasta las profundidades de la tierra, para ver a su difunta madre, y que sólo quería despedirse de su hermana querida antes de partir. Tras aquellas palabras, los hermanos hicieron un juramento y, de los trozos de la espada de Susa-no-o, Amaterasu forjó tres diosas; por su parte, Susa-no-o tomó los prendedores de las trenzas de Amaterasu y con ellos dio forma a cinco dioses. Fue así como nacieron los ocho dioses fundadores de las grandes familias, siendo la imperial una de ellas, precisamente la única salida del ceñidor de la trenza izquierda de Amaterasu. Pero Susa-no-o se sintió embriagado por el orgullo de haber sido capaz de crear más dioses que su hermana, entregándose a una loca destrucción del reino de Amaterasu, hasta el punto de que ella corrió a esconderse atemorizada, refugiándose en una cueva del cielo, tapando la entrada con una gran roca. Al desaparecer el Sol, el Japón se oscureció y los dioses celestes se alarmaron. Así que se reunieron en asamblea las ochenta mil divinidades, tratando de solucionar la espantosa negrura, y encontraron la forma de hacer salir a Amaterasu de la cueva, disponiendo que la diosa Amanouzume, divinidad del baile, se pusiera a danzar estruendosamente, mientras todos los dioses hablaban a voces y reían alborozados, Amaterasu, desde su escondite, no pudo evitar oír la alegra de aquella fiesta, y quiso saber la causa de tal algarabía. Entonces le dijeron que lo hacían porque habían encontrado a una nueva y mejor diosa que cualquiera de las conocidas. Curiosa, Amaterasu se asomó para ver a ese maravilloso ser, quedando deslumbrada por su reflejo en un espejo que habían apuntado hacia la entrada de la cueva sus compañeros divinos, entonces Tajikarao, dios de la fuerza, la asió por el brazo mientras Futotama colocaba en la entrada de la cueva la red de soga de paja de arroz, el shimenawa que había tejido previsoramente, para impedir cualquier intento de regreso al refugio. Con Amaterasu fuera de la cueva rocosa del cielo, volvió la luz al Japón y la paz a los dioses.


SUSA-NO-O EN LA TIERRA

Paralelamente al rescate de Amaterasu, la asamblea de los ochenta mil dioses decidió dar un castigo ejemplar al blasfemo Susa-no-o, arrojándolo del cielo, no sin antes haberle cortado de ras pelo y uñas. El casti gado descendió a la tierra, cayendo en el monte Torikami, en Izumo, donde se halla la puerta del infierno. Después se puso en marcha hacia un poblado y se encontró con que una pareja de ancianos, que estaba con una hija de corta edad, lloraba desconsoladamente. Susa-no-o les preguntó la razón de aquella pena y los ancianos le explicaron que ellos, Ashinazuchi y Tenazuchi, sufrían desconsoladamente porque esa niña era la última con vida de ocho hermanas; que las siete anteriores habían sido devoradas por el dragón de Koshi año tras año y que, ahora, volvería el dragón rojo de las ocho cabezas y las ocho colas, del tamaño de ocho montañas y ocho valles, a exigir a la octava y última de sus hijas. El arrepentido Susa-no-o sintió piedad por aquellos ancianos y pensó un plan. Así que les pidió la niña por esposa, afirmando que él era nada menos que el recién llegado celeste hermano de Amaterasu. Los padres consintieron en darle a la hija por esposa, viendo después cómo el dios transformaba a la niña en peine y la enredaba en su peinado. Pidió sake en cantidad al matrimonio, al tiempo que él hacía un cercado en rededor de los pozos en donde se colocarían ocho barriles de ese licor. Llegado el dragón, y atraído por el olor del sake, se fue directamente al cercado, bebiéndoselo todo de un solo trago. Naturalmente, el dragón rojo quedó dormido por la embriaguez y Susa-no-o no tuvo que hacer nada más que acercarse al inerte monstruo y cortar sus ocho cabezas con ocho tajos de su espada; luego, al cortar la cola, su espada tropezó con algo, que era otra espada de gran filo. Ese arma magnífica, la espada Kusanagi, fue la ofrenda del vencedor a su hermana Amaterasu; es una de las tres joyas imperiales y se venera en el templo de Atsuta, tras haber sido una santa reliquia en el templo de Ise; las otras dos joyas imperiales, el espejo Yata-no-kagami que deslumbró a Amaterasu, y el invisible collar Yasakani-no-magatama, que lucía Amaterasu cuando fue visitada por Susa-no-o, están en el templo de Ise el uno, y en el palacio imperial el otro, donde nadie, ni los sacerdotes que las cuidan, puede jamás verlas fuera de sus envolturas, a no ser que quiera perder su vida.


LA DESCENDENCIA DE SUSA-NO-O

Tras derrotar al dragón rojo, Susa-no-o se instaló en Izumo, encontrando en Suga el sitio ideal para establecerse y fundar su familia. Una vez construido el palacio, Susa-no-o llamó venir a su suegro, el anciano Ashinazuchi, hijo de O-yama-tsumi, dios de las montañas engendrado por Izanagi e Izanami. Con su joven esposa tuvo un varón, Yashima; después tomó como nueva esposa a una hermana de su suegro, con la que tuvo a O-toshi y a Uka-no-Mitama; mientras Yashima casaba con una hija de su abuelo O-yama-tsumi y seguía la estirpe de su padre que llegaría, en la séptima generación, a O-Kuni-nushi y sus ochenta malvados hermanos, de quien se afirma que fue quien consiguió la mano de la deseada princesa Yakami de Inaba por su bondad, ya que, aunque sus ochenta hermanos pretendían desposarse con ella, Yakami dejó bien claro que sólo se casaría con O-kuni-nushi. Los malvados trataron de quitarse el rival de en medio abrasándole con una piedra al rojo vivo, aplastándole entre dos mitades de un árbol, disparándole ochenta flechas, pero cada vez que moría, los dioses le otorgaban nueva vida. Y así continuaban las persecuciones, hasta que O-Kuni-nushi se refugio en el infierno, en el reino de su antepasado Susa-no-o, siguiendo el consejo de su madre, quien creía que su antepasado le ayudaría a escapar de aquella interminable persecución. Mas no fue así, ya que en el reino del infierno fue donde el joven estuvo en mayor peligro, estando a punto de ser muerto en multitud de ocasiones, la primera vez por las serpientes, pero la hija de Susa-no-o, la princesa Suseri, también enamorada del atribulado O-Kuni-nushi, le supo librar de su veneno; después Susa-no-o, que no demostraba más que sus peores sentimientos hacia el joven, trató de darle muerte entre escorpiones, avispas, escolopendras, pero siempre Suseri le protegía con un amuleto apropiado del mortal veneno. Cuando terminaron las intrigas de Susa-no, O-Kuni-nushi tomó las armas sagradas de su antepasado y se lanzó triunfal en pos de sus ochenta hermanos. Vencedor y dueño de la tierra de Izumo, se desposó con su salvadora Suseri, no sin antes haber tenido un hijo con la amada princesa Yakami, quien tras concebirlo, temiendo los celos de la poderosa Suseri, dejó al hijo de ambos en tierras de Izumo y regresó sola a su país.


LA ESTIRPE IMPERIAL DE AMATERASU

De la diosa y virgen Amaterasu nació un hijo, Osi-ho-mimi, al que la diosa del Sol pidió que descendiera a la tierra para gobernar en el Japón, tomando para sí el reino que tenía el descendiente de su hermano Susa-no-o, O-Kuni-nushi y que pensaba traspasar a su hijo y sucesor Kotosiro-nushi. Pero Osi-ho-mimi no cumplió la orden divina, y se justificó ante su madre, diciéndole que el hijo que él había tenido, Ninigi, en su matrimonio con la hija de Takamimusubi, debía ser el precursor de la estirpe imperial japonesa. Aceptó Amaterasu el cambio, y Ninigi fue enviado al Japón, en compañía de cinco dioses y con las tres joyas imperiales que le servirían para reverenciar a la diosa del Sol en cualquier momento y como prueba de su poder divino, aterrizando la corte celestial sobre el país de los juncos. Después se dividieron, yendo los cinco dioses por su lado, para establecer el culto del Shintô, y Ninigi por el suyo, en busca de la doncella que habría de ser su esposa. Encontró en Kasasa a la muy hermosa princesa Kono-hana-Sukuya-hime y la hizo su esposa; pero, en su primera noche, la princesa anunció que esperaba ya el nacimiento de un hijo; Ninigi no pudo aceptar que aquel hijo pudiera ser suyo y le respondió que debía ser hijo de un ser de la tierra; ante sus dudas, la princesa Kono-hana-Sukuya-hime mandó construir una cabaña, luego se encerró en ella hasta que llegaron los dolores del parto; entonces, quemó la cabaña, jurando que si el hijo que venía no era hijo de Ninigi, pedía que el mismo fuego le diera muerte a ese niño, dando así prueba cumplida de su virtud. Y la princesa Sukuya-hime dio felizmente a luz, no a una, sino a tres criaturas, tres hermosos varones, que recibieron, como recordatorio de la honestidad de la madre, el nombre del fuego probatorio (ho), llamándose: Ho-deri (fuego brillante), Ho-suseri (fuego ardiente) y Ho-ho-demi (fuego de brasas).


AVENTURAS Y DESVENTURAS DE HO-HO-DEMI

El tercer hijo, Ho-ho-demi, pidió a su hermano primero, Ho-deri, el anzuelo prodigioso que él usaba para pescar, y Ho-deri se lo prestó, pero con tan mala fortuna que no pescó nada y, además, perdió el anzuelo. Vuelto a casa, pidió humildemente perdón a Ho-deri y quiso recompensarle de la pérdida sufrida, entregándole a cambio su espada. Pero Ho-deri rechazó de plano su ofrecimiento, y Ho-ho-demi se fue a la orilla del mar, apenado por haber sido el culpable de aquel desaguisado. Oyendo su lamento, el dios Shiko-zuchi se acercó a consolarle, recomendándole que fuera con O-wata-tsumi, dios del mar, pues nadie mejor que él podía resolver su problema. En la morada de O-wata-tsumi, Ho-ho-demi se presentó al dios del mar, pero conoció entonces a su hermosa hija, Toyo-Tama-bime, de quien quedó inmediatamente prendado, pues si grande era su belleza, mayor era su gentileza y dulzura. Por tanto, el joven hijo de Ninigi se presentó como tal y pidió al rey del mar la mano de su hija y casó con ella. Sólo al cabo de los años, Ho-ho-demi recordó que su presencia en esa corte marina había venido motivada por el deseo de recuperar el anzuelo de su hermano Ho-deri y expuso tal deseo a su suegro. Poco tardó O-wata-tsumi en encontrarlo y menos aún en aconsejarle que fuera muy prudente con su hermano al devolverle el anzuelo, recomendándole que al entregarlo, con la otra mano detrás del cuerpo, señalase que se trataba de un anzuelo deshonrado. Tendría entonces que estar atento a las palabras de su hermano, pues expresará una serie de deseos. Si quiere cultivar en las tierras altas, establécete tú en las bajas; si quiere hacerlo en las bajas, hazlo tú en las altas, yo, señor de las aguas, las mandaré a tus tierras. Para tu protección te doy una concha de cristal y otra de madreperla para gobernar las olas. Si Ho-deri quiere tu mal, ahógale; si Ho-deri muestra su arrepentimiento, líbrale de la muerte. Hizo Ho-ho-demi lo que su suegro le había enseñado y pronto la fortuna estaba a su lado, tanto que Ho-deri trató de darle muerte, pero las olas aplacaron su furia y Ho-ho-demi quedó de amo del territorio; llegó a su lado su esposa Toyo-Tama-bime, que esperaba un hijo, pidiendo un lugar oculto para el parto que se avecinaba. Cuando estaba dando a luz, Ho-ho-demi tuvo la indelicadeza de olvidar el deseo de su esposa, acercándose a mirarla en su retiro. Entonces vio con espanto que la princesa hija del dios del mar era, en ese momento del parto, un tiburón. Parió la princesa, pero habiendo observado que su marido la había visto transformada de aquella manera, huyó humillada de su lado, dejando a la criatura con su padre, y enviando desde el reino del mar a su hermana menor, Tama-Yori-bime, para que lo cuidara por ella. El niño casó más tarde con su madre adoptiva, teniendo cuatro hijos con ella. El menor, Toyo-mike-nu, cuando se convirtió en un hombre, dejó la tierra de su padre y se estableció en Yamato, convirtiéndose en el primer emperador de Japón, siendo conocido para la posteridad con el nombre de Jimmu-tennô, Tras esta descripción, termina la mitología y se da comienzo a la historia legendaria en el segundo libro del Kojiki.


OTRAS DIVINIDADES MENORES

O-Kuni-nushi, aunque perdió el trono del Japón, quedó convertido en dios de la Luna, después rellenó la figura del dios Daikoku, la divinidad que premiaba el amor a los pa dres, pero que ahora es dios de la riqueza, sentado sobre una buena cantidad de arroz. También O-Kuni-nushi, como dios de lo invisible, se ocupa de vigilar que no puedan vencer las intrigas y la perversidad. Su hijo, Kotosiro-nushi, perdió el trono del Japón, pero también fue compensado con otros honores, ya que se le asimiló a Ebisu, dios del comercio, con un pescado en la mano, o vestido de pescador. Daikoku y Ebisu son dos de los siete dioses de la felicidad, nuevas divinidades con mezclados orígenes budistas, taoístas y populares. Junto a ellos está Hotei, en origen un santo bonzo chino. El variable Susa-no-o, ahora un dios de los niños, Jurôjin y Fukurokuju vienen del panteón taoísta, y son tutelares de la caridad y de la devoción. De India llegó el guerrero Bishamon y la única diosa, Benten, divinidad de las bellas artes y patrona de los artistas. Mientras tanto, el fundador de la familia de Okuni-nushi es ahora un buen dios del amor entre esposos. Parece ser que, en realidad, este cambio de culto fue causado por la victoria de las armas en Izumo, los inmigrantes del sur imponiendo su nueva divinidad solar de Amaterasu y la gente de Kyushu teniendo que abandonar el culto de Susa-no-o. Seguramente, Amaterasu, para establecerse entre los fieles de Kyushu, también tuvo que enfrentarse a otra diosa agrícola anterior, la de la alimentación, Uke-mochi-no-kano, pues se cuenta que envió a una divinidad lunar, Suki-yomi, en visita de corteza, pero el mal comportamiento de Uke-mochi en la mesa hizo que la divinidad lunar no tuviera más remedio que darle muerte.


EL BUDISMO EN JAPON

El Butsudô, el camino de Buda, entró oficialmente en Japón en el siglo VI, cuando en el año 538, Songmyong, rey tributario del señorío japonés de Paekche o Kudara, Corea, hizo llegar a la corte del emperador Kinmei una estatua de Buda y los libros en los que se narraba la santa vida de Sakyamuni. En esa primera época Asuka de aceptación de la religión venida de la gran China, los ídolos del budismo se unieron tanto a los kami del sintoísmo, que la nueva imaginería se terminó confundiendo también en un culto híbrido, poniéndose en marcha una nueva actitud litúrgica, centrada en la incorporación a la liturgia de los héroes le gendarios y de los antepasados. Los encargados de dar forma a las imágenes del Buda japonés, los busshi, se ocuparon de crear un Mirok (Mitreya) local; de japonizar los Cuatro Reyes Celestes chinos encargados de velar por la ley budista; la reina Maya, madre del Buddha; de las representaciones de la Tríada de Amida (Buda de la Luz, Amitabha); de la Tríada de Yakushi (Buda de la Medicina, Bhaisajyaguru); de las múltiples reproducciones domésticas en relieve de los oshi-dashi-butsu; de las figuras cerámicas de los Diez Discípulos y las Ocho Clases de Divinidades; las imágenes de los Dos Rikishi; de los Doce Generales Guardianes; los Buda de Mil Brazos, o de Once Cabezas. Pero junto a estas devociones también están los emperadores sacralizados: Jimmu-tennô, el primero; Sujin-tennô, el octavo, que mandó construir el santuario de Ise para venerar en él las joyas imperiales el gran héroe imperial Yamato-takeru, hijo del décimo emperador; Ojintennô, conocido como Hachiman, decimoquinto emperador; Tenjin, divinidad humana de la escritura; los genios tengu, los sennin, los shôjo, los oni; los animales míticos raiju, baku, nuye, ema, namazu, kappa, kitsune, gami-inu, koma-inu, otsukai, etc., hasta completar el cuadro más amplio de seres divinos y dívinizados.


EL ZEN

Finalmente, una de las escuelas budistas dio lugar a una doctrina plenamente japonesa -el zen- a partir de una idea china -el chan- que busca la identificación del individuo con el espíritu universal. Pero el zen llegó a tomar forma propia en sus diversas vertientes o sectas, en las que primaba bien la experiencia mística, bien la reflexión. El zen, la meditación pura, se acercó mucho más que ninguna otra forma del budismo al espíritu de su fundador, aunque también se diferenció de su tratamiento ascético, en cuanto que se convirtió muy pronto en una forma de tratar de hallar, sólo por la pretendida intuición, el control de la materia y el movimiento. El zen trata de alcanzar el conocimiento de los misterios a través de un misticismo liberador, de una revelación o encuentro con el misterio, de una meditación sin lógica, pero con fe, que no es más que la huida del racionalismo y el abandono de cualquier intento de explicación teológica o mitológica del Universo. Por esa simplicidad de la dedicación a una sola idea, el ejercicio individual de la introspección, del silencio, y la no necesidad de explicarse o explicar a los demás, el zen caló rápidamente entre los guerreros, entre los samurai, convirtiéndose rápidamente en una religión que era sólo un instrumento, un medio auxiliar que trataba de llevar a sus fieles al triunfo individual. El zen se concretó en una serie de prácticas que había que realizar en una sucesión inseparable, reglas de muy fácil comprensión y sin exigencias intelectuales, para tratar de alcanzar su meta en cuatro pasos consecutivos: situarse en una sola idea, haciendo posible la concentración espiritual; hacer la reflexión en la paz del espíritu; conocer el placer de la serenidad; depurar de todo sentimiento la concentración, para lograr el objetivo final de la serenidad perfecta y pura, alcanzando el individuo el control instantáneo y total del poder cósmico, la unidad con la realidad universal.