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LUGARES MITICOS

LUGARES MITICOS: EL OLIMPO.

A SU PROPIA IMAGEN Y SEMEJANZA

INMORTALES Y PUROS

EL ENCANTO DEL OLIMPO

MORADA DE DIOSES

EXPULSION DEL OLIMPO

EL PARNASO

BAJO LOS CAMPOS ELISEOS

FLEGETON, TENARO, EREBO, ORCUS, AQUERONTE




Nuestros antepasados se sintieron insatisfechos ante la pobreza de acontecimientos que su vida cotidiana les deparaba. Además, al ignorar el verdadero alcance de ciertos fenómenos naturales, como el rayo y el trueno que se producían cuando se desataba una tormenta, en ocasiones sentían incertidumbre y miedo. Miedo a la muerte, al hambre, a la enfermedad, a la inmensidad del cosmos, a lo desconocido y a la soledad.
Ya tenían el amparo y la comprensión de su grupo y de su propia familia pero, sin embargo, esto no era suficiente para hacer desaparecer su angustia y su zozobra.
Entonces se disponen a forjar en su mente ideas que les lleven cierta clase de serenidad y calma que, cuando menos, contengan en sí mismas toda la energía del infinito, de lo inmutable y de lo eterno. Necesitan la protección, no sólo del padre terrenal y progenitor, sino también la del padre celestial y hacedor.
Por otra parte, ellos mismos llegaban un día a ser padres terrenales y tenían ocasión de constatar su insignificancia e inseguridad. Todavía deberían proseguir en busca de algo grandioso y vigoroso, firme y seguro, que no hallaban en su interior. Aún permanecía latente en ellos su ansia de inmortalidad, de infinitud, de eternidad... Había que seguir adelante y descubrir otros mundos, otras mentes, otras acciones excepcionales. 


A SU PROPIA IMAGEN Y SEMEJANZA

También observaban que a su alrededor existía una variedad de cosas que, según podían comprobar habitualmente, ellos no controlaban. Por ejemplo, veían que ningún mortal podía mover el viento, ni parar al huracán, ni provocar el bravo oleaje del mar, ni frenar la erupción de un volcán, ni hacer el día o la noche, ni apagar el brillo de las estrellas.
De este modo, imaginaron la existencia de otros seres superiores y poderosos, a los que revistieron con los propios atributos humanos pero que, no obstante, sobrepasan con creces toda medida, canon o norma conocidos.
Así, los dioses superaban a los hombres en estatura y en belleza, y aunque su aspecto externo se asemeja en lo corporal al de los humanos, sin embargo, su vigor era tal que si, por ejemplo, el gran Zeus, padre de todos los dioses, "sacude sus divinos bucles", como dicen los poetas grecolatinos que recogieron las hazañas y andanzas de los dioses en sus obras, "tiembla el Olimpo entero".
De tres zancadas salva enormes distancias Posidón - el dios del mar -, a quien las aguas le abren camino cuando se lo ordena. 
En unos instantes la diosa de las artes, Palas Atenea, es capaz de saltar del Olimpo a las mismas playas de Itaca.
Todo lo que hacen los mortales y los humanos es advertido por el poderoso Zeus que, desde su trono en el Olimpo, vigila con persistencia.
Los dioses tienen las mismas necesidades que los humanos. Necesitan descansar y alimentarse, aunque pueden aguantar mucho más tiempo que los mortales sin comer ni beber. El néctar y la ambrosía constituyen su único alimento. También se cubren con vestidos de hermosas y ricas telas y, en su elección y diseño, participan ninfas y diosas.
La vista de los dioses llega mucho más allá que la de cualquier mortal. Su oído es tan aguzado que no tiene límites pues, desde los más recónditos y apartados lugares, se les dirigen preces y súplicas sin que por ello sea requerida su presencia.


INMORTALES Y PUROS

Aunque los dioses tenían un cuerpo similar al de los seres humanos, sin embargo no nacían, crecían o se desarrollaban como ellos.
El mismo Apolo, por ejemplo, en cuanto Temis -personificación de las leyes sagradas y de la conducta a seguir- se dispone a darle por primera vez el néctar y la ambrosía, pasa de recién nacido a joven en unas pocas horas. Pleno de facultades, elige como atributos, para no abandonarlos nunca, a su arco y a su lira.
Lo mismo sucede con Hermes o Mercurio, dios del comercio y de las transacciones monetarias y de quienes practican las artes liberales, que apenas acababa de nacer cuando ya intentó robarle los rebaños al propio Apolo, el cetro al poderoso Zeus, el tridente a Artemisa y el ceñidor a Afrodita. Esto hace que también se le considere el dios de los ladrones y embaucadores. A pesar de que también intentó robarle el rayo a Zeus y, al quemarse, tuvo que cejar en su empeño, el rey de los dioses le perdonó y hasta lo trajo al Olimpo para que actuara como su asesor y consejero. Claro que antes ya había derribado a Eros o Cupido para quitarle las flechas y el carcaj, lo cual puede explicar la falta de afecto y amor en determinadas épocas históricas.
Sin embargo, la mayor ventaja que los dioses poseen sobre los humanos no es, solamente, su eterna juventud y belleza y la total ausencia en ellos de cualquier enfermedad o dolencia, sino su eterna prestancia, su inmortalidad. Los dioses no envejecen, ni pierden facultades, físicas o espirituales, ni mueren. He aquí las grandes diferencias entre ellos y los humanos.
Aunque, en alguna ocasión, los dioses podían cometer alguna fechoría derivada de la envidia o de los celos, lo cierto es que aborrecían toda injusticia y toda maldad: despreciaban lo impuro y castigaban a los humanos que infringían las normas morales y éticas.


EL ENCANTO DEL OLIMPO

La alabanza de algunos lugares, cargados de seducción y embeleso, no cesa. Una y otra vez renacen en la historia; mas ninguno igualará al Olimpo, la gran montaña enclavada en los confines de macizos y cordilleras inaccesibles y recónditos.
Además del Olimpo de Tesalia -cuya cima se hallaba a tres mil metros de altura. por lo que siempre se encontraba cubierto de nieve, "el nevado Olimpo" y oculto por las nubes-, en Grecia, acotado por cadenas montañosas como la de Ossa, y por profundas gargantas como la de Selemvria, había también otros lugares que se asociaban con la fantástica morada de las deidades poderosas. El primero de estos sitios se hallaba a la vera del terso lago de Apolonia, en la región de Misia. El segundo en Chipre, el tercero en Elide y, finalmente, en cuarto lugar se ha mencionado a la idílica tierra de la Arcadia. La altura de todos los montes reseñados era superior a dos mil metros y, para llegar a sus escarpadas crestas, los dioses se "remontaban por los aires hasta alcanzar las alturas del Olimpo".
El Olimpo, no obstante, se constituye en la primera "utopía" (vocablo que literalmente significa "no hay lugar") de todos los tiempos:
- En el pórtico del Olimpo se sientan los dioses para celebrar consejo. Un aura dorada los envuelve y protege, pues "la Aurora de azafranados velos se esparcía ya por toda la tierra cuando Zeus, amo del trueno, reunió la asamblea de dioses en la más alta de las cumbres del Olimpo".
 "Ayer fue Zeus al Océano, al país de los probos etíopes, para asistir a un banquete, y todos los dioses le siguieron. De aquí a doce días volverá al Olimpo". Y es que siempre se retorna al Olimpo, pues sólo allí se encuentra la serenidad después de la excitación, la calma después de la tormenta...
- En el Olimpo se encuentra el lecho del grande y poderoso Zeus. Oigamos lo que nos dice el cantor Homero al respecto: "Más cuando la fúlgida luz del sol llegó al ocaso, los dioses fueron a recogerse a sus respectivos palacios que había construido Hefebesto, el ilustre cojo de ambos pies, con sabia inteligencia. Zeus Olímpico, fulminador, se encaminó al lecho donde acostumbraba dormir cuando el dulce sueño le vencía. Subió y acostóse: y a su lado descansó Juno, la de áureo trono".
El Olimpo es también el lugar ideal para saborear el exquisito manjar -la ambrosía- y el dulce néctar -licor delicioso- que, consumidos por los dioses, hacen que éstos se mantengan eternamente jóvenes. El propio Hefesto, en ocasiones, se encargar de llenar las cráteras o grandes ánforas, y servir "el dulce néctar" a las demás deidades: "Hefesto se puso a escanciar dulce néctar para las otras deidades, sacándolo de la crátera, y una risa inextinguible se alzó entre los bienaventurados dioses al ver con qué afán les servía en el palacio".
 Las jóvenes ninfas acuden al Olimpo para suplicar al gran Zeus. También los humanos recaban ayuda de los dioses del Olimpo y solicitan su ayuda, pues desde allí se decide la suerte de los hombres. Así, todo se halla sometido a los dioses del Olimpo.
 El Olimpo se extiende y se ensancha, y llega hasta la región del éter, por encima de los astros visibles, con lo cual nada podrán ya los elementos, ni subirá la Aurora para anunciar el día a los dioses, ni existirá frontera ninguna que acote la mansión de las deidades. En el verso 412 del canto II de "La Ilíada" podemos leer lo siguiente: "¡Zeus poderosísimo, que amontonas las sombrías nubes y vives en el éter!".


MORADA DE DIOSES

En el Olimpo tienen los dioses sus palacios majestuosos y sus mansiones suntuosas. De entre todas las edificaciones destaca, por su grandiosidad, el hermoso palacio del gran Zeus, padre de los dioses y de los humanos. Había sido construido por Hefesto, el dios del fuego, y ocupaba un lugar privilegiado. 
También otras deidades, que moraban en los picachos y crestas del Olimpo, tenían palacios en tan idílico lugar.
El Olimpo era, por lo demás, el sitio apropiado para que las asambleas de los dioses se llevaran a cabo con la presencia de las deidades superiores y de segundo orden. La falda del Olimpo estaba ocupada por efebos, ninfas, héroes y musas.
En el Olimpo no sólo deliberan los dioses, sino que también se divierten y entretienen. El espléndido palacio de Zeus los acoge, en ocasiones, para comer en comunidad. Hebe -la diosa de la juventud- les servirá el suave licor o néctar, pues tal es la misión que su padre Zeus le ha encomendado. Más, un día fatídico, la hermosa Hebe no puede con el jarro atestado de líquido y se le resbala de sus finas y delicadas manos, rompiéndose en mil pedazos. Este contratiempo traerá consigo la expulsión de Hebe, por parte de Zeus, en presencia de los demás dioses. A partir de ahora un bello muchacho la sustituirá; se trata del joven efebo Ganimedes, conocido como "el copero de los dioses", y el más bello de los mortales. 
Durante sus ágapes y banquetes, los dioses escuchaban la cítara melodiosa de Apolo y las dulces canciones de las nueve musas, las cuales habían llegado al Olimpo en el caballo Pegaso que, merced a sus alas, alcanzaba velocidades de vértigo. En cuanto a Apolo, personifica la claridad y la luz y era hijo de Zeus. Era, después de éste, el más importante de los dioses del Olimpo y preservaba a los mortales de la oscuridad y del crimen.
Apolo siempre llevaba su lira en la mano y, en una ocasión, colocó dos orejas de burro al legendario rey Midas -aquel que había pedido como deseo a los dioses que le concedieran el don de convertir en oro todo lo que tocara; la consecuencia directa fue que tuvo que retractarse, pues de lo contrario se hubiera muerto de hambre, ya que el oro no servía como alimento- porque éste había manifestado que prefería la música de la flauta de otros dioses al sonido armonioso de la líra de Apolo.
Las diferentes deidades, para mantener en lo posible su similitud con los humanos, se encuentran unidos en el Olimpo y forman una comunidad celestial, al frente de la cual se encuentra Zeus, rey de los dioses y padre de los hombres. Los dioses de los océanos y de las aguas deben obediencia a Posidón y los dioses del mundo subterráneo y de la tierra se encuentran a las órdenes de Hades -dios de las profundidades y de los muertos- al que los mortales no le llamaban por su nombre, cuando desarrollaban ritos en su honor, por miedo a encolerizarlo. Preferían llamarle Plutón "El Rico", porque todos los metales de la tierra le pertenecían, o Clímeno "El Ilustre"; epíteto o título -este último- que se usaba con la sola intención de adularlo.


EXPULSIÓN DEL OLIMPO

Al igual que la sociedad de los humanos, también la comunidad de los dioses se halla repleta de episodios que conllevan desavenencias e intrigas.
En algunos casos, el castigo impuesto es la prohibición de seguir morando en el Olimpo, como una especie de destierro. Pero existen ocasiones en que sólo la ley del más fuerte prevalecerá y, por lo mismo, se hace necesario el empleo de la fuerza. Un ejemplo de esto último lo constituye el mito de los malos vientos, muy especialmente el personificado por el monstruo Tifón que, según las leyendas, nació a ras de las fuertes desavenencias y discusiones, habidas en el Olimpo, entre Zeus y su esposa Hera, considerada como la reina del Olimpo. Esta se enfureció tanto a causa de la burla de que era objeto por parte de Zeus - que siempre buscaba otros amores- que, en un arrebato de celos, engendró al monstruo. Su cuerpo es tan gigantesco que ningún humano, ni hijo de la tierra, le iguala en talla.
Tifón, además, pegaba con su cabeza en las estrellas, y su voluminosa figura era superior a los más grandes montes. Si extendía sus extremidades superiores, con una mano llegaba hasta oriente y con otra hasta occidente. Sus dedos y sus piernas estaban compuestos por cabezas de serpientes y víboras. Su cuerpo era alado y por sus ojos despedía fuego.
Tifón infundía tanto miedo que todos los dioses huían al verle; sólo el poderoso Zeus se atrevía a enfrentarse con él. Le hirió con sus rayos y con su garfio de acero pero, sin embargo, no consiguió abatirle por completo. El monstruo Tifón, por su parte, consiguió infligir un duro golpe a Zeus, al cortarle sus tendones. Los ocultó en una piel de oso y encargó su custodia al dragón Delfine, mientras el propio Tifón se encargaba de encerrar en una cueva de la región de Cilicia al dios Zeus.
Pero Hermes -que, como ya sabemos, se daba muy buena maña para robar-, en compañía de Pan -dios de los rebaños y que recorría los montes de forma veloz, sin tener necesidad de descanso-, recuperó los tendones. Ambos lograron colocarlos de nuevo en el cuerpo del divino Zeus y, al punto, éste recobró toda su fuerza y persiguió a Tifón hasta conseguir vencerlo por completo. Lo sepultó debajo del volcán Etna y, según cuentan los relatores de mitos, desde entonces cada vez que aquél entra en erupción es como si el monstruo Tifón vomitara fuego y azufre.
Un ejemplo de expulsión del Olimpo lo encontramos en la leyenda de Ate, deidad de la discordia; ésta habría conseguido, por medio de intrigas, que Hera lograra engañar a Zeus evitando, así, que el trono de Argos fuera para Heracles/Hércules, el más grande de los héroes de entonces. Más, cuando el embuste fue descubierto por el padre de los dioses y de los hombres, la cólera se apoderó de él y expulsó, con malos modos, del Olimpo, a la malévola Ate. Desde entonces, anda errante por los lugares de los humanos y se la conoce como inspiradora del daño y el mal.


EL PARNASO

Existen otros lugares que han servido a los dioses de refugio y que aparecen cargados de leyendas.
Algunos dioses se caracterizaban por una febril actividad y, cuando llegaba la estación estival, se encargaban de repartir calor y luz por doquier. Tal era el caso de Apolo -dios de la medicina, de la poesía y de la música, protector de los campos y de los pastores y sus rebaños- que vivía en las altas cumbres del Parnaso, en compañía de las Musas. Se ocupaba de enseñarles el arte de la adivinación en lo cual estaba muy ducho. Se dice que leía el futuro y, por ello, se le encargó confeccionar las respuestas del Oráculo de Delfos.
El Parnaso se encontraba en un monte extenso de la región de la Fócida. Al comienzo de la primavera era atravesado por un torrente de agua, que corría hasta el anfiteatro de Delfos y se introducía en los verdes valles de Plastos, hasta inundarlos.
La escarpada cumbre del Parnaso, según cuentan las leyendas, sirvió de refugio a los hijos de Prometeo, los cuales se salvaron de morir ahogados cuando Zeus decidió acabar con los humanos por medio de la lluvia. Pero las aguas no anegaron el Parnaso y, por lo mismo, la especie humana no sucumbió.
En la falda del monte Parnaso se encontraba la fuente de Castalia, cuyas aguas tenían la propiedad de inspirar a quienes allí bebieran. Por todo esto, era un lugar visitado a menudo por los poetas en busca de su musa.
Los relatos más antiguos explican que el nombre de Castalia lo ha recibido la fuente en memoria de una joven de Delfos. Como ésta fuera perseguida por el enamoradizo Apolo, y no teniendo intención de ceder a las pretensiones del mujeriego dios, prefirió tirarse al agua y así perecer ahogada.


BAJO LOS CAMPOS ELISEOS

Si el Olimpo es el monte sagrado, y representa con su verticalismo hacia lo celeste el sentido de la trascendencia. Si es morada de dioses y musas. Si en sus cumbres -ocultas a los ojos de los humanos- se une el cielo con la tierra. Y si de sus extremos parte la línea vertical que atraviesa el inmenso cosmos. Si es un lugar deseado. Si es centro de reuniones festivas y decisivas, también. Si, en fin, es el sitio idóneo para dar rienda suelta a la imaginación y a la creatividad... No por ello iba a constituirse en lugar único de estancia de musas, héroes y deidades.
Por otra parte, si existía una línea divisoria entre el cielo y la tierra, situada en las alturas, también habría que trazar las fronteras del mundo por abajo. De esta forma, se crea un cosmos perfectamente estructurado en el que los hombres de la antigüedad clásica hallan la necesaria variedad y diversidad de vida y hechos.
De este modo, nacerán los lugares subterráneos y de perdición, aquí serán desterrados quienes se han enfrentado a los dioses del Olimpo.
Estos siniestros lugares se hallaban situados bajo la mansión de los llamados bienaventurados, pues habían salvado sus almas de las graves penas que les hubieran esperado en el Hades.
La mansión que acogía a los buenos, después de su muerte, se llamaba "Los Campos Elíseos". Su extensión era enorme y su terreno estaba formado por verdes prados y por árboles de hoja perenne. Se cultivaba toda clase de frutos en sus fértiles huertos y corría la suave brisa de un viento que Céfiro -la personificación del viento benigno del oeste- enviaba con profusión. Sólo el murmullo de los arroyos serenos y apacibles, y el canto de los pájaros de variados colores, se escuchaba. Todo, en "Los Campos Elíseos", era armonía y calma. Nada, ni nadie, turbaba el merecido descanso de los bienaventurados. En suma, se trataba de un lugar paradisiaco, en el que no tenían sitio ni la vejez, ni la muerte, ni el dolor, ni la ruindad, ni el odio, ni la envidia...
Bajo "Los Campos Elíseos" se hallaban las moradas subterráneas y las tierras oscuras y abisales de la noche: los "infiernos" o el "Tártaro".
Al "Tártaro" eran precipitadas las deidades que desobedecían las órdenes y los mandatos del poderoso Zeus. Su profundidad era tal que, según explica Hesíodo en su obra "Teogonía", un yunque de bronce que arrojáramos desde la tierra tardaría nueve días y nueve noches en entrar en el "Tártaro".
A tan tenebroso lugar fueron a parar los Titanes que se enfrentaron a Zeus. De allí nadie podía escapar, pues se hallaba cerrado con grandes puertas de hierro y acotado por tres enormes muros de bronce.
Además, dos caudalosos e inmundos ríos, que despedían un olor putrefacto, rodeaban al "Tártaro". Para poder llegar al lóbrego y sombrío lugar de muerte y desolación, era necesario atravesar las enfangadas aguas. Para tal menester, se hacía necesario contratar los servicios de un cruel personaje, el barquero Caronte, que exigía a los muertos, aún no sepultados, le pagaran por sus servicios. Si no tenían suficiente dinero, los golpeaba con sus remos y les hacía bajar de su barca, por lo que vagarían de un lado a otro, sin conocer nunca reposo ninguno.
Esta tenebrosa morada subterránea, a la que acudían todos los malvados, permanecía, además, resguardada por un feroz vigilante, el Cancerbero; un enorme perro de tres cabezas que alejaba con sus triples aullidos a todos los vivientes que pretendieran entrar en el "Tártaro" y, al mismo tiempo, impedía que salieran las almas de los condenados.
El "Tártaro", por lo demás, constituía el dominio de Hades/Plutón -dios de los infiernos, que heredó el mundo subterráneo y gobierna sobre los muertos-, que es temido por el más repugnante y terrible de los dioses.
En el "Tártaro" también se encuentran prisioneros los gigantes que intentaron ofender a la madre de Apolo. Su castigo consistía en contemplar una fuente de aguas cristalinas y un árbol cargado de frutos pero a los que no podían acercarse, a pesar de estar muriéndose de sed y hambre.
También se encuentran en el "Tártaro" las Danaides - hijas de Dánao que mataron a sus maridos -; excepto una de ellas, todas las demás fueron condenadas a los infiernos, en donde se esfuerzan en llenar de agua una barrica sin fondo.
El "Tártaro" estaba repleto de desdicha, remordimientos, enfermedades y miserias.

Allí se encontraban:

- La Guerra, chorreando sangre.

- La Miseria, vestida con andrajos.

- Todos los monstruos imaginables.

- Quienes habían odiado y maltratado a sus padres o hermanos.

- Los traidores y mentirosos.

- Los servidores infieles.

- Los avarientos.

- Los gobernantes, reyes y príncipes que habían llevado a sus países a guerras injustas.


FLEGETON, TENARO, EREBO, ORCUS, AQUERONTE

Los únicos personajes aptos para administrar justicia, por así decirlo, eran Minos -rey de Creta- y su hermano Radamanto, y también Eaco, que gobernaba la isla de Egina.
Había delegado en ellos el dios de los abismos subterráneos, es decir Hades/Plutón, porque gozaban de gran probidad y honradez. Todas las almas de los muertos tenían que comparecer ante el tribunal formado por estos tres yacedores implacables.
Los condenados a los tormentos del Tártaro ya no podrían abandonar tan siniestro e infernal lugar, el cual permanecía amojonado por todos lados no sólo con sólidas fortificaciones y muros, sino también por el caudaloso y profundo río Flegetón que, en lugar de agua, llevaba fuego y cantos de gran tamaño que, al chocar, producían un ruido apocalíptico.
El río que tenían que atravesar las almas de los muertos, siempre que el barquero Caronte estuviere dispuesto a ello, para ser juzgadas en nombre de Hades/Plutón, recibía el nombre de Aqueronte. Sus aguas apestosas eran la personificación de un hijo de Helio/Sol y de Gea/Tierra, llamado Aqueronte, y al que, según narran todas las leyendas, castigó el poderoso Zeus -lo convirtió en pestilente río subterráneo- porque había dado de beber a los Gigantes cuando éstos luchaban contra aquél para conseguir el dominio del mundo. Como se sabe, la victoria final fue para el gran Zeus.
Otro de los lugares míticos, asociados al Tártaro y a lo infernal, era la roca de la región de Laconia que albergaba, en uno de sus extremos, una escabrosa cavidad de la cual emanaban toda clase de malos y nauseabundos olores. Se creía que en su abisal profundidad estaba el Tártaro y buena prueba de ello era la tufarada vaporosa que salía por la boca de la caverna oscura. Este escabroso peñasco era conocido por todos los habitantes de la citada región con el nombre de Ténaro.
Lo mismo sucedía con el Erebo, a quien se le tenía por hijo del Caos y por personificación de lo tenebroso, de la noche y de lo sombrío.
También el nombre de Orcus/Orco se asocia, con frecuencia, al Tártaro y a los infiernos. A veces se lo define como una deidad que gobierna en el reino de la muerte. El sentido de la frase "enviar al Orco" significaría mandar a alguien a la tétrica mansión de los muertos.
Dioses y héroes superan a los humanos en belleza, en juventud y en vig
or.