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LAWRENCE DE ARABIA

 

Por causas tan fascinadoras y desconcertantes como el propio personaje, este año parece ser el año de Lawrence de Arabia. Una nueva biografía, escrita por un diplomático y miembro del Parlamento Británico (Anthony Nutting), trata de explicarnos su personalidad, pese a que las bibliotecas están ya llenas de libros sobre e! héroe británico más romántico c.e ia Primera Guerra Mundial, el lien i ore que en vida se convirtió en una verdadera leyenda. Una nueva obra de teatro que ha alcanzado gran éxito en Nueva York—Ross, del dramaturgo Terence Rattiganintenta psicoanalizar a Lawrence buceando en las causas que lo llevaron a abandonar su extraordinaria carrera para sumirse en la obscuridad. El esfuerzo más prodigioso realizado hasta ahora para reencarnar al legendario británico exigió el traslado de todo un equipo de producción cinematográfica al lugar en donde tuvo sus comienzos la leyenda de Lawren;e: el desierto de Arabia, al este del Mar Muerto. Es una región escabrosa (en (•o/ores en las páginas siguientes), al parecer hecha con los despojos de los materiales que empleó Dios cuando creó el mundo. El realizador Sam Spiegel y el director David Lean intentaron hacer allí una de las películas más costosas y difíciles rodadas hasta hoy. Aun las cosas más simples para la cinta Lawrence de Arabia costaron un dineral. Hubo que traer el agua de 240 K-m. de distancia, a casi 0,75 centavos el litro. Y cuando Lean contrató 5.000 camellos para una escena, el costo del agua subió a los cielos, ya que cada camello es capaz de beber 80 litros de una vez, lo que alcanzaba, en total, a unos 300.000 dólares cada vez que se llevaba a los camellos a abrevar. Pero el problema del costo resultó pequeño comparado con el de las exigencias ar-iíslicas. Porque si los realizadores esperaban lograr una película que fuera algo más que un melodrama con camellos, debían profundizar hasta las raíces en el carácter de una de las personalidades más exóticas e intrincadas del siglo. Fue en 1916, en los días de peligro para la Gran Bretaña que siguieron a la desastrosa invasión de Turquía por Galípoli, cuando un joven graduado de Oxford, Thomas Edward Lawrence, se adentró en el desierto de Arabia y, según la leyenda, salvó la causa de los aliados. Para ello se transformó en un árabe entre árabes, y con los guerreros del desierto forjó un poderoso ejército que expulsó del Medio Oriente a turcos y alemanes. Las verdaderas dimensiones de esta hazaña han sido objeto de controversia desde entonces. En momentos de desaliento, Lawrence mismo describía su papel como "un espectáculo secundario dentro de otro espectáculo secundario". Pero en otros estados de ánimo aseguraba haber acelerado el fin de la guerra. Spiegel y Lean hicieron todavía más difícil para si—y para.sus personajes—la tarea de revivir a Lawrence, al escoger para el papel del héroe aun joven actor irlandés, Peter 0'Toole (página de enfrente), quien, para empezar, tiene el inconveniente de medir 1,86 m., en tanto que Lawrence apenas si llegaba a 1,64.

Entre Leonardo . y Ananias

 parte de esta desproporción, 0'Toole tiene su labor interpretativa más o menos definida, puesto que Lawrence ha sido comparado seriamente con Leonardo da Vinci, Shakespeare, Han-ilet, Napoleón, San Francisco de Asís, Lincoln, Stonewail Jackson, Marco Polo, Saladino, Ala-dino y el mentiroso bíblico Ananías. En vista de estas comparaciones con figuras de tanto brillo, huelga decir que Lawrence debía ser un carácter complejo. Resta preguntar: ¿Qué era? ¿ U n erud ito portentoso, escritor, científico, estadista, o un brillante guerrero que emergió de las brumas del desierto? ¿O era acaso un diletante o un impostor prodigioso? Winston Churchill lo calificó de "uno délos seres más grandes de nuestro tiempo". Su crítico más asiduo, Richard Aldington, que en 1955 publicó un "estudio biográfico" sobre Lawrence, sostenía con intencionada malicia que su personaje fue el embustero más grande que ha existido desde la época del barón de Münch-hausen. ¿Qué era Lawrence, en realidad? AI parecer ambas cosas—a veces una, a veces la otra—además de otras muchas cosas extraordinarias. Lawrence se inventó a sí mismo con fantástico éxito. Pero el que intervino para hacer de él una figura mundial de perdurable atractivo y misterio fue un norteamericano, Lo-well Thomas, a la sazón joven instructor de la Universidad de Prince-ton, que le dio fama en un ciclo de conferencias pronunciadas en Nueva York y Londres, en 1919, y que cinco años más tarde publicó un libro titulado Con Lawrence en Arabia. Thomas obtuvo el material básico para su obra en un período que pasó con Lawrence, o cerca de éste, durante la guerra del desierto, en 1917. Lawrence, declarando sentirse avergonzado por la publicidad y la caracterización de héroe que le hizo Thomas, sostuvo posteriormente que él y el escritor habían estado juntos apenas unos días, "tal vez tres". Sin embargo, acabada la guerra, cuando Thomas daba conferencias sobre Lawrence en Londres, éste solía ir a Covent Garden a oir los elogios que de él hacía el escritor. Después, según Thomas, Lawrence convino en ayudarle a preparar un libro. Las entrevistas que celebró con Lawrence tal vez consternaran un tanto a Thomas, ya que—según recordó después—cada vez que apremiaba a  Lawrence para que le dijera la verdad sobre las anécdotas que de él se contaban, el guerrero del desierto "reía alegremente y contestaba: 'La historia no se escribe con verdades, así que ¿para qué preocuparse?' " Si Lawrence era en efecto un embustero, no podía haber encontrado mejor persona a quien mentir. El libro de Thomas lo presenta como un héroe más puro que Sir Galahad. Otros investigadores de criterio más frío han sugerido que el relato de Thcm i.s está muy coloreado y que en parte es pura fantasía. En 1937 el propio Thomas acabó por confesar que no había sido "completamente franco" en lo tocante a la modestia de Lawrence, y que, efectivamente, las referencias que sobre la misma había hecho en su libro incluían "puro cuento" y otras "sandeces". Thomas dio la curiosa excusa de que si hubiera sido totalmente franco habría podido presentar a Lawrence como no era en realidad. El biógrafo Aldington, revisando con celo malicioso toda la biblioteca de Lawrence (tanto los escritos de éste como lo escrito sobre él), pescó al héroe en tantos deslices que casi no resta motivo justificado para defender a Lawrence de la acusación de embustero. Sin embargo, Aldington prosiguió su destrucción de la leyenda con tan implacable ferocidad— llegando incluso a menospreciar el gusto musical de Lawrence sobre la base de los discos fonográficos que éste dejó al morir—que el lector acaba por tener la sensación de que Lawrence era un sujeto bastante bueno. No hay duda de que la rica imaginación irlandesa de Lawrence se manifestó desde muy temprana edad y que dio un halo de fábula a todo cuanto este personaje hizo en su vida. Finalmente tal vez ni él mismo sabía ya dónde acababa la realidad y empezaba la fantasía.

Lector voraz, explorador de castillos

Lldington acribilla con fruición la leyenda de Lawrence citando cálculos y estadísticas. Una vez Lawrence contó a uno de sus biógrafos (Robert Graves) que él podía "llegar a la médula" de cualquier libro en media hora y que, en un delirio de lectura, durante su época de estudiante, había leído "la mayor parte" de los 50.000 volúmenes de la Unión Library de Oxford, devorándolos a razón de seis libros al día durante seis meses. Aldington calculó que Lawrence no podía haber leído mucho más de 13.000 tomos en esos meses, Con celo igualmente implacable, Aldington pone en duda, con razón, las velocidades que Lawrence decía poder alcanzar en bicicleta, camello o avión, todo lo cual patentiza que Lawrence no era un tipo muy apegado a la verdad. Pero era muchas otras cosas.La arquitectura militar de la Edad Media lo apasionaba con la intensidad propia de un erudito en la materia. A los 17 años hizo, en bicicleta, una gira por las fortalezas de la Europa Continental, y tres años después  esta misma pasión lo llevó a explorar los castillos de los cruzados en el Levante. Ese viaje constituyó para él la llave que había de facilitarle su permanencia de 12 años entre pueblos políglotos del Medio Oriente: maronitas cristianos, drusos, curdos, turcos, y, principalmente, árabes. Hizo ese primer viaje en su mayor parte a pie, con todos sus enseres a cuestas. Su austeridad se debía a razones económicas, pero también a que le gustaba templar el cuerpo más de lo normal, cosa que hizo toda su vida. Tenía gran afición, a veces hasta el absurdo, a soportar dolores y penalidades. En cierta ocasión, siendo todavía un chico de escuela, se rompió el tobillo en un encuentro de lucha libre, y resolvió volver cojeando a la clase. Tal vez esa valentía fuese una compensación psicológica de su pequeña talla y físico endeble, como si le pareciese necesario probar los esfuerzos hercúleos que podía hacer, a fuerza de voluntad, con su diminuto cuerpo. De todas maneras sus andanzas le hicieron tropezar con multitud de aventuras y peripecias, las que a su vez se prestaban a la exageración. Por aquel entonces escribió a su madre que "un asno con una escopeta vieja" le había disparado un tiro, pero que él había ahuyentado al bandido con su pistola Mauser. En versión posterior, a otra persona de confianza, Lawrence contó que había acobardado a su asaltante hiriéndolo en el dedo meñique, y que luego se había conquistado su amistad vendándole la herida y dándole unas palmaditas en la espalda. En la tercera versión resultó que le había atravesado la mano de un balazo y, tras vendarle la herida, lo había despachado de un puntapié por no querer hacer amistad con él. Lawrence real izó su segu ndo viaje al Medio Oriente en 1910, cuando la Gran Bretaña envió una expedición a excavar la antigua ciudad hitita de Carchemish, enterrada bajo un montículo. La excavación se hizo en el río Eufrates, en el norte de lo que hoy es Siria. Lawrence se incorporó a la expedición, que más tarde fue dirigida por Leonard Woolley. Este último pasó varias temporadas en el sitio, echando las bases de una distinguida carrera de arqueólogo. Las actividades de Lawrence eran más pintorescas y, por cierto, más variadas que las de Woolley. Oficialmente, el cometido de Lawrence consistía en catalogar los tiestos que iban saliendo de la excavación. Woolley, posteriormente, recordó que Lawrence era hombre muy apto para esa labor, porque su asombrosa memoria le permitía casar un pedazo de barro cocido con otro descubierto meses antes. No obstante, cuando se aburría, Lawrence descuidaba su trabajo y se dedicaba a cosas más divertidas. Una de ellas era molestar a las autoridades turcas. Otra, insultar a los ingenieros alemanes que estaban construyendo un puente, no muy lejos de allí, para el ferrocarril Berlín-Bagdad. Y escandalizó a la sociedad árabe esculpiendo un desnudo de un niño aguador. Los musulmanes, que consideran una blasfemia la imaginería, opinaban que un artista que podía hacer una imagen desnuda de un niño, especialmente de uno con quien él solía vagabundear por el campo, no era todo lo bueno que debía ser.

Extravagancia en el vestir

-1-robablemente fue en Carchemish donde la gente empezó a darse cuenta de la pueril afición de Lawrence por los trajes exóticos. Llevaba un cintu-rón árabe muy ornado, con borlas que indicaban que era un solterón casadero. Pero se puso furioso una vez que varias chicas curdas lo agarraron y lo desnudaron, en son de broma, para ver si tenía todo el cuerpo blanco. Para la cena solía ponerse ropa de tenis de inmaculada blancura, y sobre ella un albornoz árabe bordado de oro y plata. Posteriormente, gran parte de la fascinación ejercida por la leyenda se debió a la costumbre de Lawrence de vestir la brillante indumentaria de príncipe árabe cuando dirigía a sus guerreros del desierto contra los turcos. Lawrence decía que la única manera de ganarse la confianza de los árabes era adoptar sus costumbres. Pero, así y todo, vestía con exagerada ostentación, incluso para un principe árabe. A menudo llevaba su ropa del desierto cuando iba al cuartel general británico en El Cairo, y después de la guerra asistió con tales vestiduras a la Conferencia de Paz de Versalles. En Carchemish descubrió otra aptitud que en el cénit de su carrera había de serle más útil que ninguna otra, no sólo a él sino también a la causa aliada. Nos referimos a su peculiar talento para congraciarse con los árabes. En calidad de jefe interino de la excavación, sus tácticas eran singulares pero eficaces. A veces hacía trabajar a su gente con frenesí, terminando en una hora o poco más todo el trabajo de un día, porque había inventado una especie de juego que convertía el trabajo en placer. Otras veces paraba el trabajo, se sentaba en lo alto del montículo y charlaba largos ratos con los trabajadores acerca de sus familias, sus aldeas, costumbres y tradiciones. En esa época empezó a perfeccionar el árabe aprendido en libros hasta llegar a diferenciar un dialecto de otro. Los que estudian a Lawrence todavía discrepan sobre lo bien o mal que éste conocía la lengua arábiga. Dice el historiador George Antoni-us: "Lawrence se daba cuenta de que sus conocimientos de árabe distaban mucho de la perfección, pero creía hablarlo lo suficientemente bien para hacerse pasar por árabe al conversar con árabes . . ." Lo importante es que, en efecto, lo sabía como para comunicarse con árabes de diversas clases sociales y tribus con tanta compenetración que llegó a ejercer sobre ellos un persuasivo influjo. Lawrence tenía el don de los idiomas. Sabia francés, latín, árabe y griego clásico (hasta tradujo La Odisea).Casi por accidente, Lawrence intervino en 1914 en los preparativos bélicos. Los británicos querían hacer un levantamiento topográfico de la frontera egipcio-turca en el desierto de Sinaí. Pero como oficialmente estaban aún en paz con Turquía, no podían mandar topógrafos militares. Se encomendó esta misión a Lawrence con el pretexto de que era un arqueólogo civil enviado por una sociedad científico-religiosa. Al estallar la guerra, Lawrence se vio envuelto en ella en la forma más prosaica. Nombrado oficial subalterno, fue destacado a El Cairo para terminar sus mapas del Sinai. Era un soldado descuidado, sin interés por el uniforme y el protocolo, petulante, e impertinente con sus superiores. Estos no tardaron en expresar deseos de librarse de él. Desde hacía unos 18 meses los británicos, por intermedio de su alto comisario en Egipto, Sir Henry McMahon, habían estado tratando, de persuadir a Hussein, jerife de la Meca y, como tal, guardián de los santos lugares musulmanes, de que se rebelara contra sus amos, los turcos. Suponiendo que se llegara a convencer al jefe religioso del Islam, tal rebelión dividiría al mundo musulmán. La estratagema adquirió todavía mayor importancia cuando Turquía se puso del lado de Alemania en la guerra y el sultán empezó a incitar al jerife a que proclamase la jidah (guerra santa) del Islam contra los aliados. Hussein iba del entusiasmo a la indiferencia, pero como aborrecía la supeditación a los turcos acabó por pronunciarse en favor de los aliados. Ayudado un poco por la suerte, logró arrojar a los turcos de la Meca en julio de 1916. Pero los turcos tenían todavía en su poder a otra de las ciudades santas, el baluarte de Medina, así como la vital vía férrea de 960 Km. que llevaba a Damasco. Mientras los turcos las retuvieran, tanto el Canal de Suez como el Ejército inglés en Palestina corrían grave peligro. Las fuerzas árabes de Hussein tropezaron con dificultades y empezó a temerse que la rebelión fracasara. Los británicos mandaron a Sir Ron-ald Storrs, de la Oficina de Arabia, a conferenciar con los emisarios de Hussein en Jeddah, en la costa arábiga del Mar Rojo. Abandonando su labor cartográfica, Lawrence acompañó a Storrs ... y entró en la historia.

Encuentro con el  caudillo que buscaba

los tres ejércitos improvisados de Hussein estaban bajo el mando de sus tres hijos: Abdulah, Ali y Feisal. Lawrence, que se las arregló para hacer una excelente impresión en el ánimo de Abdulah, lo convenció de que persuadiera a su padre que lo dejara ir a él al Norte, cruzando el desierto, a ver a Feisal, desanimado en ese momento por una derrota que le habían infligido los turcos. Para mantener en pie la rebelión era esencial convencer a Feisal de que volviera a la carga. Puesto que la carrera de Lawrence estuvo estrechamente vinculada a la de Feisal, conviene asentar aquí lo que aquél dijo de la primera entrevista que tuvieron: "Mi guía me condujo a un patio interior en cuyo fondo, enmarcado por los montantes de una puerta obscura, estaba esperándome una tensa figura. Tuve la sensación, al primer golpe de vista, de que aquél era el hombre que yo buscaba en Arabia: el caudillo que llevaría la rebelión árabe a la gloria. Alto, delgado y fuerte, Feisal llevaba vestidura de seda blanca y turbante color pardo ceñido por un brillante  co rdón de oro y escarlata. Con los párpados bajos, su rostro pálido de barba ricura parecía una máscara en contraste con la vigilante inmovilidad de su cuerpo. Tenía las manos cruzadas sobre la daga que llevaba al cinto. "Lo saludé. Me hizo pasar a la sala y se sentó sobre la alfombra, cerca de la puerta .. . Permaneció con los ojos entrecerrados, mirándose las manos que acariciaban la empuñadura de la daga. Por fin me preguntó en voz baja cómo me había ido en el viaje . . . —¿Qué le parece Wade Safra? —Me gusta; pero está muy lejos de Damasco, le contesté." Lawrence informó a El Cairo que Feisal parecía tener condiciones de caudillo y, con aparente consternación, recibió la orden de regresar al desierto en calidad de oficial de enlace británico con los árabes. El sostenía que no quería el puesto porque odiaba las obligaciones. Pero obedeció. Al principio la estrategia británico-árabe tenía exclusivamente el propósito de expulsar de Medina a los turcos. Lawrence consideraba que dicha operación resultaría tanto costosa como sin sentido. Puesto que los árabes del desierto—los beduinos—eran por naturaleza incursores y saqueadores, ineptos por temperamento para formar un ejército disciplinado, creía preferible dejar de lado la formidable guarnición de Medina e inmovilizarla mediante la táctica de golpear y huir, en ataques contra la vía férrea que abastecía a los turcos.

Un escenario prefabricado

u plan prevaleció y así empezó la campaña de los árabes hacia Damasco que iba a durar 20 meses. En esa campaña nació la leyenda que el verano pasado sirvió de trama para una película rodada a lo largo de los rieles retorcidos y puentes dinamitados por el mismo Lawrence hace años. El ferrocarril de Damasco nunca fue reparado, y el director cinematográfico Lean lo encontró casi como Lawrence lo dejara: un escenario prefabricado y, por esta vez, auténtico. Lawrence no fue, ni mucho menos, el único británico que tuvo que ver con la rebelión árabe; pero sí el más prominente. Además, estaba lo de la indumentaria principesca y su aptitud para dramatizarlo todo. Era, pues, materia prima de leyenda. Fue admirable que lograra salir con vida de la aventura. Además de esforzarse hasta el límite, tenia sed de peligro. Era también propenso a los accidentes. Galopando cuesta abajo, en una carga con camellos contra los turcos, se "distinguió" al pegarle un tiro en la nuca a su propio camello. Al caer mortalmente herida, la bestia lo arrojó en medio de los turcos que, por fortuna para él, se quedaron tan atónitos que no se acordaron de matarlo o hacerlo prisionero. Loweil Thomas hizo una descripción sumamente especiosa de la técnica que empleaba Lawrence para volar trenes, contando como después de colocar 25 kilos de dinamita entre los rieles sacaba una "brocha de pelo de camello, barría el suelo hasta dejarlo bien liso y ... retrocedía por el terraplén hasta una distancia de unos 20 pasos, borrando con la brocha las huellas de sus pisadas". De hecho, tales voladuras eran operaciones  metódicas y a veces pura improvisación. Lawrence tenía el sentido del humor del aficionado a las bromas pesadas. Sus propios informes dicen que le divertía quedarse de cuclillas en campo abierto después de haber colocado el explosivo con el detonador bien a la vista del tren que iba a destruir. Tras la voladura, sus hombres caían sobre el tren para matar al personal y llevarse el cargamento. Al terminar la contienda, en octubre de 1918, Lawrence aseguraba haber volado 79 puentes. Puede o no ser cierto. Pero su mayor contribución fue emplear sus singulares poderes para persuadir a los árabes. Los desiertos en que operaba Lawrence estaban habitados principalmente por tribus nómadas que, aparte del temperamento volátil y profundamente individualista de los árabes en general, venían combatiendo entre sí desde hacía siglos en sangrientas pendencias, ataques y contraataques. Lawrence logró convencer a los enemistados jeques de que hicieran causa común. Eso no siempre le salía bien. Con frecuencia, saciados por el saqueo de un tren o una estación del ferrocarril, los descalzos guerreros de Lawrence se esfumaban en el desierto. O acordándose repentinamente de viejas rencillas reanudaban sus peleas, volviendo a la honrosa tradición del asesinato entre hermanos. Por supuesto, Lawrence no se fiaba solamente de la persuasión. Una vez en marcha la rebelión, los británicos la apoyaron liberalmente con dinero. Los soberanos de oro ("jinetes de San Jorge") causaban en los beduinos un efecto hipnótico. Lawrence solía llevar consigo bolsas de monedas, y cada vez que un árabe se distinguía en el campo de batalla, lo invitaba a meter la mano en la bolsa y sacar todo lo que pudiera de un puñado. Un hombre de mano grande y puño firme podía costarle 600 dólares. Lawrence era despreocupando con el dinero, y una vez perdió 146.000 dólares en oro. Empero, es muy probable que fuera tan persuasivo con la palabra como con el oro. Los árabes tienen gran respeto por la elocuencia, que puede llegar a subyugarlos. Había en el espíritu de Lawrence una cualidad que armonizaba con la manera de ser del beduino. Robert Groves cita un revelador ejemplo en una ocasión en que los árabes andaban desalentados y a la desbandada:"... Ali ibn el Hussein y Lawrence congregaron a los más importantes de la tribu y los sentaron en torno a la hoguera del campamento . . . Lawrence habló como un árabe auténtico, predicando con profética elocuencia el evangelio de la rebelión. 'La gloria—les recordó—está en los sinsabores y en el dolor, en el sacrificio de la carne en aras del espíritu. La derrota es más gloriosa que el triunfo; es mejor desafiar al destino hostil eligiendo el camino de la muerte . . . Para el hombre de honor la empresa desesperada es la única meta.'" Lawrence era inquieto, y entre incursión e incursión solía adentrarse grandes distancias en territorio turco. En una de tales incursiones vivió un horrendo episodio que le dejó una huella imperecedera en el alma. En noviembre de 1917 fue capturado por los turcos en Deraa, empalme ferroviario situado en lo que es hoy la frontera sirio-jordana. Quizás porque lo tomaron por un desertor circasiano—era rubio y de aspecto extraordinariamente juvenil—fue invitado por el comandante turco a compartir su cama. Como Lawrence se negara, le dieron una azotaina brutal que le dejó cicatrices para toda la vida. En su famoso libro Los Siete Pilares de la Sabiduría hizo una referencia ambigua a este incidente. Sabía, dijo, "que la cindadela de mi integridad se perdió irrevocablemente" en aquella espantosa noche en Deraa. El libro daba a entender que Lawrence aguantó los azotes y salió del trance con honor por haber quedado "demasiado maltrecho y sanguinolento" para el gusto del turco sodomita. Pero años después, en carta dirigida a la esposa de Bernard Shaw, confesó que había cedido bajo el tormento y convenido en complacer al turco.

Aversión por . las mujeres

este incidente, en sus varias versiones, tiene que ver con los persistentes rumores de que Lawrence era homosexual. En sus propios escritos existen amplias pruebas de que, sexualmente, consideraba detestable a la mujer. Era gran admirador de D. H. Lawrence, pero cuando alguien le envió un ejemplar de E! Amante de Lady Chafterley, comentó con tono petulante: "Antes D. H. Lawrence fue siempre, en mi concepto, un escritor prolífico y maduro; me duele mucho y me deja profundamente perplejo esta Lady Chatterley que ha creado ahora. ¿Este asunto del sexo merece acaso tanto ruido? He conocido poca gente a la que realmente le importe un bledo." En otra ocasión, escribiendo al escultor Erick Kennington, le preguntaba: "¿De verdad te gustan las mujeres desnudas? ¡Expresan tan poco!" No obstante, la mayoría de quienes lo conocieron dudan seriamente de que Lawrence fuese un invertido activo. Creen que más bien era totalmente asexual. Le repugnaba toda intimidad física. Si Deraa fue, efectivamente, el lugar donde Lawrence perdió su integridad, él se vengó después con creces. Tras escapar de los turcos, volvió a los 11 meses con los guerreros árabes enardecidos por los triunfos. La toma de Deraa y de la cercana aldea de Tafas señaló el punto culminante de la rebelión árabe. Con salvaje brutalidad—que no sólo toleró sino que autorizó Lawrence—los árabes hicieron una carnicería entre los turcos. No se tiene noticia de si el verdugo de Lawrence andaba todavía por aquellos parajes para pagar su crimen. Los turcos dieron a los árabes sobrado pretexto para que se ensañaran en ellos al hacer un gran exterminio entre la población civil antes de evacuar la ciudad. Lawrence describió la escena que encontraron los árabes: "Cuando íbamos a la aldea, cuyo silencio no podía significar sino la muerte y el terror, pasamos junto a otros cadáveres de hombres y mujeres y de cuatro bebés más, que a la luz del sol se veían muy sucios. Hacia las afueras vimos muros bajos de barro, y corrales de ovejas, y dentro de uno de ellos un bulto rojo y blanco. Me aproximé y vi el cadáver de una mujer doblado y boca abajo, clavada allí con una bayoneta que asomaba horrendamente por entre las piernas desnudas. Estaba embarazada . . . ". . . Reunimos a los campesinos, enardecidos por el horror y la sangre, y los lanzamos aquí y allá en persecución de la columna en retirada . . . Los árabes luchaban como demonios; el sudor les nublaba la vista, y el polvo les resecaba la garganta. Ardiendo de crueldad y venganza estaban tan alterados que apenas podían apretar el gatillo. Di orden de que no se hicieran prisioneros ..." La toma de Deraa puso fin a la contienda arábiga. Lawrence entró en Damasco y durante tres días gobernó la ciudad en nombre de Feisal. Al llegar éste, Lawrence lo nombró rey y él volvió a la Gran Bretaña. Aldington, entre otros, ha acusado a Lawrence de apresurarse a entrar en Damasco por razones políticas más que militares; que lo que pretendía era entronizar a Feisal para mantener así a los franceses fuera de Siria. Y por supuesto, eso fue lo que hizo Lawrence. Pero nunca trató de ocultarlo. Tenía ya entonces una convicción que, a la luz de los acontecimientos posteriores, bien podría calificarse de clarividencia: que el Medio Oriente, una vez liberado del yugo turco, no podría volver a ser colonizado. Creía Lawrence, en definitiva, que los árabes debían gobernarse a sí mismos. Siendo buen patriota inglés—y realista—llevó a cabo, sin el menor escrúpulo, todo género de intrigas para  asegurar que los gobiernos autóctonos que iban a formarse se inclinaran hacia la Gran Bretaña. Si bien Feisal fue posteriormente arrojado del trono que Lawrence le había proporcionado, éste, a la larga, logró en gran parte lo que quería para los árabes, para la Gran Bretaña y para si mismo, gracias a la ayuda de Winston Churchill.  En calidad de secretario de Colonias, Churchill visitó a Jerusalén en 1921, llevando consigo, de asesor, a Lawrence. Entre los dos crearon allí un nuevo país: Transjordania. El hermano de Feisal, Abdulah, fue proclamado príncipe gobernante y posteriormente rey de Transjordania. Church-ill y Lawrence cincelaron también, en las arenas de la Mesopotamia ricas en petróleo, un nuevo reino que llamaron Iraq y en cuyo trono pusieron a Feisal. Esta monarquía duró hasta que el nieto y tocayo de Feisal fue asesinado hace tres años y medio.

Grandeza y genio  multifacético

Churchill admiraba mucho a Lawrence por el papel que había desempeñado en todas estas maniobras. Más tarde dijo: "No sería justo atribuir exclusivamente a Lawrence el gran éxito que tuvo la nueva política. Lo maravilloso fue la forma en que él remédelo su personalidad, doblegó su imperiosa voluntad y aportó sus conocimientos al acervo común. Era prueba de la grandeza de su carácter y lo multifacético de su genio . . ." Lawrence fue nombrado Residente británico en la corte transjordana de Abdulah, pero abandonó el cargo antes de transcurrir un año. Entre sus múltiples intrigas, había tratado de robarle el Ejército a Abdulah y entregárselo a Feisal, en quien había encontrado una voluntad más maleable. Por supuesto, a Abdulah no le causó ninguna gracia la maniobra del Residente. Una vez, cuando un forastero le preguntó quién era aquél inglés chiquito y raro, Abdulah contestó secamente: "Trabaja para mí. Habla un árabe pésimo y tiene furúnculos." Aunque el director cinematográfico Lean ha encontrado en el desierto a muchos viejos que recuerdan a Lawrence con reverencia y admiración, es curioso que el inglés causara mala impresión en mucha gente. Entre los oficiales del Ejército de Feisal figuraba Nuri es Said, que había sido adiestrado por los turcos y que más tarde fue 15 veces primer ministro de Iraq. Como un año antes de que fuera asesinado, en 1958, quien escribe este artículo le preguntó si recordaba a Lawrence. Hundido tras una pila de libros que tenia en el escritorio, con una mano en la oreja para oir mejor con su único oído bueno, el viejo guerrero dijo con un gesto de disgusto: "Un actor, lleno de triquiñuelas . . .", y cambió de tema. Esta extraña actitud puede haber sido una de las muchas manifestaciones del sentimiento generalizado entre los árabes de que los ingleses eran a la vez omnipotentes y pérfidos, y que, por alguna razón, Lawrence tenía la culpa de ello. El propio Lawrence previo hasta cierto punto esta animadversión cuando a raíz del Tratado de Versalles escribió desilusionado: "Los árabes creen en las personas, no en las instituciones . . . En dos años de compañerismo en el  campo de batalla, se acostumbraron a creerme y a considerar a mi gobierno, como a mí mismo, sincero . . . Era evidente desde el principio que si ganábamos la guerra aquellas promesas serían letra muerta ..."Después de la guerra Lawrence se dedicó a lo que tal vez resulte su monumento más duradero: su historia de la rebelión árabe, a la que puso por título Los Siete Pilares de la Sabiduría. Como de costumbre, hizo las cosas en la forma más difícil. Escribió su obra—más de 300.000 palabras— destruyendo, a medida que los iba usando, la mayoría de los apuntes tomados durante la guerra. Luego perdió el manuscrito y tuvo que re-escribir el libro casi todo de memoria. Después le entraron grandes reparos para darlo a la imprenta, pues aseguraba no querer aprovecharse de la sangre derramada por los árabes. Finalmente contrajo deudas por valor de cerca de 50.000 dólares para poder editar unos 200 ejemplares de subscripción profusamente ilustrados y cada uno con distinta encuademación, que fueron impresos a mano en papel también hecho a mano. Regaló unas cuantas docenas, y por fin hubo de dar a la imprenta una condensación, que tituló Rebelión en el Desierto, para poder saldar sus deudas.El proceso de publicación de esta obra reveló algunas otras facetas del carácter de Lawrence. Difícil sería decir si su obra—Los Siete Pilares de la Sabiduría—le apasionaba o le disgustaba. Había prometido escribir un libro "titánico", una "obra monumental". Pero una vez escrita le asaltaron sospechas de que no valía nada, y escribió docenas de cartas quejosas y críticas. Se lamentaba de haber escrito sólo "palabras comunes . . . tonterías, romances, vaguedades . . . pensamientos a medio hacer . . ." Cuando mudaba de estado de ánimo se despreocupaba de todo ello con la mayor tranquilidad. Sabiendo que la ortografía árabe no es fácilmente traducible a la inglesa, trató con arrogancia a una lectora de pruebas quese le había quejado porque en una página puso "Jedha" y en otra "Jhe-dah". Lawrence le espetó: "Era una hermosa bestia."La verdad es que Los Siete Pilares es una obra larga y de prosa estirada y florida; pero Lawrence no tenía por qué haberse preocupado del impacto literario. Cuando por fin se logró peisuadir a Bernard Shaw de que se adentrara en aquél océano de palabras, pronunció un juicio definitivo: ". . . lo que pasó fue que el genio de Lawrence incluía también el literario ... y el resultado fue una obra maestra."..

Penetrante visión  política

-LJs posible que Lawrence no fuese el estadista y político inspirado y clarividente por que lo tenían sus amigos y que él mismo con frecuencia se consideraba. Pero hay pruebas de que su visión era ampi ia, penetrante, y a veces más exacta que la de los grandes hombres de su tiempo. Ya en 1920, cuando la revolución rusa contaba apenas tres años, reconoció que se trataba de un cataclismo y declaró: ' 'El triunfo de los bolcheviques ha sido un ejemplo para Oriente de cómo se puede derrocar aun gobierno decadente ... La caída de éste ... ha transformado a Rusia, de zona de dominación que era antes, a zona de influencia ... Debemos estar preparados a aceptar su permanencia y la continua inquietud que producirá en cada distrito disputado . . ."No obstante sus dones profetices y sus triunfos militares y literarios, Lawrence dio deliberadamente la espalda a las diversas carreras que se le ofrecían. Se rumoreaba—Lawrence fue el que hizo correr la voz—que le habían ofrecido el elevado cargo de gobernador de Egipto, pero que él lo había rechazado. No se sabe a ciencia cierta si en efecto le fue ofrecido, a pesar de que Winston Chur-chill declaró que Lawrence tenía capacidad para desempeñar "los cargos más importantes", y que se hallaban a su disposición. En cambio, Lawrence optó por anularse. Con el nombre supuesto de John Hume Ross se incorporó a la Real Fuerza Aérea, de soldado raso, en 1922. Meses después, descubierta su verdadea identidad, fue dado de baja por haber comprometido a sus superiores. Adoptó luego el nombre de T. E. Shaw e ingresó en el Real Cuerpo de Tanques. Como a los dos años volvió a incorporarse a la Fuerza Aérea, con nombre ficticio, y en esa arma pasó los 10 años subsiguientes, primero en la Gran Bretaña y después en las comarcas septentrionales de la India. Nunca quiso aceptar ascensos o rango militar alguno. ¿Por qué? Churchill trató de dar una explicación: "Era uno de esos seres cuyo ritmo vital es más rápido e intenso de lo normal . . . é! sólo podía volar cuando soplaba el huracán. Desentonaba con lo normal, y cuando a-mainaba el vendaval le era difícil encontrar razón de ser. En otra edad más religiosa que la nuestra—y si hubiese sido religioso—habría hallado refugio en un monasterio. Pero a él le esperaba un destino más arduo, y lo encontró en la Real Fuerza Aérea." Esta es una explicación. Aldington ofrece otra: que el proceder de Lawrence al sumirse en la obscuridad era meramente otro truco para ganarse nueva fama. Curiosa idea. Nadie sabe las verdaderas razones de la conducta de Lawrence. Pero hay una circunstancia, relacionada con él y con su nombre, que no se conoció muy bien durante su vida, pero que ha debido ejercer poderoso influjo en su ánimo. Era bastardo. Su padre fue Thomas Robert Chapman, barón de linaje irlandés que, tras procrear cuatro hijas legítimas, se fugó con la institutriz, cambió su nombre por el de Lawrence, y tuvo de ésta cinco varones. T. E. era el segundo. El descubrimiento de que su nombre era espurio, y de que el adulterio de su padre lo había privado a él del derecho de llevar el nombre aristocrático que le pertenecía, debió de ser un rudo golpe para un hombre del orgullo y la vanidad de Lawrence. No es de extrañar, pues, que en dos ocasiones cambiara su nombre sin reparos. Para él no significaba nada. Sus críticos lo han acusado de halagar a su ídolo George Bernard Shaw al adoptar para si el nombre de T. E. Shaw. Lawrence lo negó en una carta cuyo tono petulante tal vez encubriera un auténtico dolor por el apellido perdido: "Escogí Shaw al azar, dijo. El oficial de reclutamiento de la Oficina de Guerra me dijo que debía ponerme un nombre nuevo. Le pregunté: '¿Cuál es el suyo?' Y él me contestó: 'Oh, no: el mío, no.' Tomé una nómina del Ejército, la abrí en el índice y le dije: 'Voy a elegir el primer nombre monosílabo que encuentre aquí.' " Su actitud entre airada y despreocupada respecto a cómo lo llamaran se hizo evidente otra vez en una carta de recomendación que escribió para un fabricante de motocicletas: "Estimado Sr. Brough. Le estoy muy reconocido por el gran placer que me ha proporcionado en estos últimos cuatro años. ¿Cree usted que la adjunta carta puede serle útil? No quise firmarla Ross, porque eso sólo serviría para llamar la atención de los periódicos. Ya se han portado como bestias en lo que respecta al nombre de 'Lawrence', y se pueden quedar con él, por lo que a mi me importa."

Pasión por  las motocicletas

el placer de los últimos cuatro años" a que se refería la carta de Lawrence era el que le había proporcionado una serie de potentes motocicletas que George Brough había hecho especialmente para él. En los años de la posguerra, Lawrence desahogaba corriendo en motocicleta su pasión por la velocidad. Ir a 140 Km /h. le parecía andar al paso. Corría tanto que arruinaba las motocicletas en poco tiempo. Rompió por lo menos tres. Y generalmente salía algo malparado en estos choques. Por un capricho sentimental les dio títulos reales a sus sucesivas motocicletas: de Jorge I a Jorge VII. La Jorge VII fue la que lo mató. Este último accidente tuvo lugar como un mes después de haber sido dado de baja de la R.F.A., en la primavera de 1935. Un amigo sugirió la idea de que Lawrence tal vez fuera el único hombre que pudierse hablarle sin rodeos a Hitler (nadie más podía), y había pedido una entrevista para tratar del estrambótico plan. Lawrence, aparentemente de acuerdo con aquella idea, salió como una exhalación hacia la oficina de correos del campamento y envió un mensaje concertando un almuerzo para el martes siguiente. Cuando volvía a casa a toda carrera, inclinado sobre su moto como de costumbre, patinó en lo alto de una cuesta y la Jorge Vil lo lanzó violentamente de cabeza. Estuvo sin conocimiento seis días, y murió el 19 de mayo. Dicen unos que patinó tratando de esquivar a dos chicos que iban en bicicleta; otros, que un misterioso automóvil negro lo obligó a salirse de la carretera. Un amigo íntimo está convencido de que lo cegó una picadura de avispa. Hay también rumores de que se suicidó. Pero es caractestico de Lawrence que rumores, la controversia y el misterio rodeasen hasta su misma muerte, acaecida en un camino de la plácida campiña inglesa.

Ataviado con ag y kafiya, el tocado tradicional de los árabes, T. E. Lawrence ofrecía en 1920 todo el aspecto regio y novelesco que el actor Peter 0'Toole presenta en la versión cinematográfica.
(abajo)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

el verdadero Lawrence (arriba) conferencia con líderes nacionalistas árabes de Bagdad y Damasco durante su famosa campaña del desierto contra los turcos, en la Primera Guerra Mundial. En la obra teatral Ross (aba/o), que se da en Broadway, Lawrence, interpretado por John Milis, se enfrenta con su guardia personal, el árabe Hamed.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En misión posbélica, Lawrence acompaña a Winston Churchill, secretario de las coloniasy al emir Abdulah (derecha), en Jerusalén, donde juntos forjaron a Transjordania.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en esta motocicleta se mató Lawrence, el 13 de mayo de 1935, en un accidente cerca de su casa de Dorset. Aquí lleva uniforme de la Real Fuerza Aérea, en la que pasó los últimos 10 años de su vida.