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HERA JUNO

 

HERA/JUNO


La fuente originaria para conocer las relaciones de la diosa Hera con todos los demás dioses y diosas del Olimpo será el gran cantor Homero.
Este nos explica que la diosa Hera, "la de los grandes ojos", es una deidad que tiene el mismo linaje que el poderoso Zeus, y que fue engendrada como la más venerable y que, además, se convirtió en esposa del rey del Olimpo.
La diosa Hera estaba considerada como la reina del Olimpo y, según cuenta el gran narrador Hesíodo, era hija del titán Crono y de Rea, diosa de la tierra.
Mas sus peculiaridades y características abarcan aspectos de todo tipo. Muy especialmente se suele criticar a esta diosa su excesiva terquedad, su crónico malhumor y su actitud celosa e intransigente ante los amoríos de su esposo Zeus. Claro que, si sucediera lo contrario, si ésta pagara al rey de los dioses y de los hombres con la misma moneda, habría que ver la furia que tal acción desencadenaría en aquél. Pero la fábula se resuelve de este modo arbitrario que consiste, como ya sabemos, en hacer libres a unos a costa de la sumisión de otros.
Lo cierto es que los amores e idilios de Zeus colmarían la paciencia del más pintado, por así decirlo. Sus correrías llegan a tales extremos que hasta podríamos hablar de sofisticación. Reparemos, si no, en la artimaña utilizada por aquél para adentrarse en los dormitorios ajenos, cual es el caso de su transformación en lluvia de oro para, así, introducirse en la torre donde se hallaba recluida Dánae -la bella hija del rey de Argos y Eurídice-, porque un oráculo consultado por su padre había predicho que éste moriría a manos de un descendiente suyo. Efectivamente, su nieto Perseo, nacido de la subrepticia unión de Zeus y Dánae, mataría, bien que de manera accidental, a su propio abuelo, las afirmaciones del oráculo se cumplieron con creces.
En otra ocasión, la hermosísima Alcmena, hija del rey de Micenas, fue víctima de engaño por parte de Zeus, el cual, con ocasión de una larga ausencia del marido de Alcmena, tomó su propia forma y figura y logró así seducir a la bella muchacha. De esta unión nacería el gran héroe Hércules. Se dice que Alcmena murió siendo ya muy anciana, y que su cuerpo yace en los Campos Elíseos, pues así lo quiso Zeus en agradecimiento a los favores que de ella recibió.


EL DULCE SUEÑO

No es de extrañar que Hera, la primogénita femenina de Cronos y Rea, mostrara un talante hosco ante las correrías de su lujurioso esposo. Y esto ha sido aprovechado por los detractores de la diosa para tacharla, cuando menos, de irascible.
Todos los mitologistas acusan a la diosa de intransigencia y rencor, sin embargo no cabía más alternativa que plantarle cara al poderoso Zeus. De este modo, acaso podrían conseguirse resultados tendentes a la enmienda de su conducta para con Hera. 
Pero, puesto que Zeus era el más grande de los dioses, y como además, todas las demás deidades le debían respeto y obediencia, no era fácil encontrar aliados contra los desmanes que infligía a su propia esposa, aunque todos coincidían en que la causa era justa.
A menudo, Hera recababa la ayuda de otros dioses del Olimpo para contrarrestar, y evitar, la infidelidad de Zeus. Mas nadie se atrevía a engañar al rey de los dioses y de los hombres. Unas veces solicitaba la ayuda del Sueño para que adormeciera al rey del Olimpo y otras recurría al consejo de la dulce Venus con la intención de plagiar sus encantos, y, así, someter afectivamente al lúdicro y libidinoso dios. Homero nos lo describe en "La Ilíada" de la forma lírica siguiente:
"Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo y pasando por la Pieria y la deleitosa Ebatia, salvó las altas y nevadas cumbres de las montañas donde viven los jinetes tracios, sin que sus pies tocaran la tierra; descendió por el Atos al fluctuoso mar y llegó a Lemnos, ciudad del divino Toante. Allí se encontró con el Sueño, hermano de la Muerte; y asiéndole de la diestra, le dijo estas palabras: "¡Oh Sueño, rey de todos los dioses y de todos los hombres!. Si en otra ocasión escuchaste mi voz, obedéceme también ahora, y mi gratitud será perenne. Adormece los brillantes ojos de Zeus debajo de sus párpados, tan pronto como, vencido por el amor, se acueste conmigo. Te daré como premio un trono hermoso, incorruptible, de oro; y mi hijo Hefesto, el cojo de ambos pies, te hará un escabel que te sirva para apoyar las nítidas plantas, cuando asistas a los festines."
Respondióle el dulce Sueño: "¡Hera, venerable diosa, hija del gran Cronos!. Fácilmente adormecería a cualquier otro de los sempiternos dioses y aun a las corrientes del río Océano, que es el padre de todos ellos, pero no me acercaré ni adormecer a Zeus/Júpiter si él no lo manda". 


AMOR Y SUEÑO

Aunque la negativa del Sueño parece tajante, sin embargo, Hera lo convence usando de su perspicacia. Se daba el caso, y era un secreto a voces, por así decir, que el Sueño pretendía con insistencia a la bella Pasítea -la más joven de las tres Gracias/Cárites- y, por su posesión, el Sueño haría cualquier cosa. Hera le prometió que sus deseos serían satisfechos. El Sueño se lo hizo jurar: "Jura por el agua sagrada de la Laguna Estigia, tocando con una mano la fértil tierra y con la otra el brillante mar, para que sean testigos los dioses subtartáreos que están con Cronos/Saturno, que me darás la más joven de las Cárites/Gracias, Pasítea, cuya posesión constantemente anhelo".
Hera cumplimentó los requisitos exigidos por el Sueño y juró poniendo por testigos a todos los dioses que éste le había obligado nombrar. En lo sucesivo, la diosa se comprometa a interceder, ante la bellísima Cárite, a favor del desalado Sueño. 
Pero, antes de que el poderoso Zeus fuera vencido por el Sueño, era necesario, además, que las mieles del amor de Hera contribuyeran a incrementar el estado de sopor de aquel. Para ello, la sagaz diosa pidió a Venus "el amor y el deseo con los cuales rindes a todos los inmortales y a los mortales hombres". La diosa del amor, la "risueña Venus", accedió al ruego de Hera, la de "los grandes ojos" y, acto seguido, se "desató del pecho el cinto bordado, que encerraba todos los encantos: hallábanse allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a los más prudentes. Púsolo en manos de Hera y pronuncio estas palabras: Toma y esconde en tu seno bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que te propongas".
Sueño y amor unidos todo lo pueden y conquistan, y hasta el rey del Olimpo, el gran Zeus, cae en la meliflua tela tejida con tales ingredientes por su esposa Hera. Mientras aquél dormía plácidamente, "vencido por el sueño y el amor y abrazado con su esposa", un fiel emisario de ésta corría veloz hacia las naves de los aqueos para avisar a Neptuno -el dios de las aguas- que tomara parte en la batalla librada entre los hombres. Este mensajero no era otro que el dulce "Sueño" intentando cumplir con su promesa hecha a Hera: "El dulce Sueño corrió hacia las naves aqueas para llevar la noticia a Neptuno, que ciñe la tierra; y deteniéndose cerca de él, pronunció estas aladas palabras: ¡Oh Neptuno! Socorre pronto a los dánaos y dales gloria, aunque sea breve, mientras duerme Zeus, a quien he sumido en dulce letargo, después que Hera, engañándole, logró que se acostara para gozar del amor". 


EL PEQUEÑO GENIO DE LA "FUENTE DEL OLVIDO"

Al "Sueño", también se le denominaba "Hipno" y aparecía relacionado con la "Noche" -Nix- y con la "Muerte" -Tánato- Olimpo, ni héroe, sino un pequeño genio que, como él mismo afirma en su respuesta a la diosa Hera, ya no se atreva a burlar al poderoso Zeus, pues siempre le había descubierto al despertarse y, por miedo a ser blanco directo de su ira, se había tenido que refugiar apresuradamente en las tinieblas oscuras de la Noche. 
El Sueño/Hipno habitaba en una caverna profunda y oscura, y en la que no podían penetrar los rayos del sol. Según las leyendas de los más insignes cantores de mitos, esa oscura cueva albergaba además otros espectros y duendes que hacían de servidores de aquél. También tenían como misión salir al exterior de la gruta para visitar a los humanos y, así, contagiarles de su mágica función, es decir, dormirlos.
Los dominios del "Sueño" y sus servidores y acompañantes se extendían por la vasta región del legendario país de Lemnos. Aquí nacía la mítica fuente de Lete bién llamada "Fuente del Olvido" porque todos los que bebían de sus aguas perdían la memoria y se olvidaban de su vida anterior y de su pasado. Su voluminoso caudal formaba un río que discurría por las profundidades del Tártaro y del que bebían las almas de los muertos para olvidarse de las penalidades antiguas y nuevas.
De este modo, los grandes mitólogos han establecido una íntima relación entre el sueño -ausencia de conciencia, por así decirlo- y la muerte como símbolo fehaciente del total olvido.
La iconografía de todos los tiempos representaba al Sueño/Hipno como un joven alado, cuya figura llevaba una rama con la cual los humanos eran tocados para producirles un sueño profundo. Las alas se hallaban colocadas a la altura de las sienes, y eran semejantes a las de los pájaros nocturnos, como los búhos y las lechuzas, de forma tal que su vuelo apenas era perceptible para el oído humano. Y, así, el Sueño/Hipno, venía silencioso y se alejaba sin ruido.


LA DIOSA DE LOS NIVEOS BRAZOS

Como hemos podido apreciar, suele resaltarse el papel vengativo de la diosa Hera y, aunque se la reconoce un preponderante papel entre los demás dioses del Olimpo, sin embargo, su prestigio no es aceptado por completo, en ocasiones, a causa de las acaloradas disputas con Zeus. 
No obstante, la diosa Hera compartía, al menos formalmente o, por así decirlo, de manera protocolaria, el trono del Olimpo con el poderoso Zeus. Claro que, a veces, se perdían las formas y discutían entre ellos sin importarles ni las críticas ni los comentarios de los demás moradores del sagrado y mítico monte. Cuando Hera asistía a las reuniones celebradas en el utópico Olimpo, los dioses que se hallaban presentes se levantaban para honrarla por hacer acto de presencia ante ellos. "Los dioses inmortales, que se hallaban reunidos en el palacio de Zeus, levantáronse al ver llegar a Hera, la diosa de los níveos brazos, y le ofrecieron copas de néctar. Y Hera aceptó la que le presentaba Temis, la de hermosas mejillas, que fue la primera que corrió a su encuentro".
En cierta ocasión Hera y Zeus discutieron sobre cuál de los dos le daba más importancia al afecto y al amor. Como no se ponían de acuerdo -puesto que según la primera, ella, como hembra, sabía mucho más del amor que cualquier otro dios, y según el segundo, son los varones quienes más conocimientos afectivos desarrollan y poseen-, decidieron someterse al juicio del, por entonces, prestigioso adivino y sabio Tiresias. Como éste diera la razón a Zeus y, por lo mismo, desautorizara el criterio de Hera, le sobrevino un castigo infligido por la diosa que consistió en privarle de la vista. Al ciego Tiresias le fue dado por el poderoso Zeus, y para contrarrestar su desgracia, el don de la profecía y la adivinación; de esta manera, parte del mal causado por la vengativa Hera quedaba reparado. 


TIRESIAS PREDICE LA TRAGEDIA DE ECO Y NARCISO

Y cuenta Ovidio en "Las Metamorfosis" que el sabio Tiresias gozó de gran prestigio debido a lo acertado de sus adivinaciones y profecías:
"Pronto se hizo célebre el adivino en toda la Beocia por la verdad de sus horóscopos y la gravedad de sus consejos. La bella Liriope fue la primera que certificó lo maravilloso de sus respuestas. El río Cefiso, enamoradizo, la aprisionó un día en el laberinto de eses de sus aguas y la violó reiteradamente. Quedó embarazada Liriope, y parió un hijo de tal hermosura que desde el momento de nacer ya fue amado por todas las ninfas. Se le llamó Narciso. Su madre acudió a Tiresias para que le adivinara el destino de su hijo, preguntándole si viviría muchos años. La respuesta, frívola al parecer, fue ésta: "Vivirá mucho si él no se ve a sí mismo." Pero el tiempo se encargó de demostrar su tino con el modo de perder la vida Narciso y su pasión insana".
Llegados a este punto, se hace necesario confirmar que, de entre tanto pretendiente con que cuenta Narciso, sobresale la hermosa ninfa Eco. Esta se enamoró del joven efebo en cuanto le vio; mas, por haber tenido relaciones con el poderoso Zeus -al que habían cautivado los encantos tanto físicos como personales de Eco- sufrió, al igual que todos los que osaban contrariarla de un modo u otro, la ira de la diosa Hera, la cual condenó a Eco a no poder articular en lo sucesivo más que la última sílaba de toda palabra que se propusiera pronunciar.
Semejante limitación léxica impedirá a Eco servirse de hermosas y suaves frases para llamar la atención del joven Narciso y, al mismo tiempo, atraerlo hacia su regazo de enamorada. En tan adversas condiciones no es posible entenderse y, por ello mismo, Narciso rechaza el amor de Eco quien, en un momento de arrebato, y después de sentirse menospreciada, una vez que se ha refugiado en la espesura de los bosques, exclama a modo de maldición: "¡Ojalá cuando él ame como yo amo, desespere como me desespero yo!".

¡OBJETO VANAMENTE AMADO... ADIOS..!

La dulce Eco había llegado a un extremo como el descrito, después de agotar todos los intentos de entendimiento con el joven Narciso. Mas, por mucho que se lo propusiera, nunca llegaría a entablar conversación con éste, pues el castigo que la diosa había impuesto a aquélla hacía imposible la comunicación por medio del verbo o la palabra, y eso que la hermosa Eco tenía fama de parlanchina. Reparemos un instante en la descripción que hace Ovidio de tales avatares: 
"Pues bien, viendo Eco a Narciso quedó enamorada de el y le fue siguiendo, pero sin que él se diera cuenta. Al fin decide acercársele y exponerle con ardiente palabrería su pasión. Pero... ¿como podrá, si las palabras le faltan?. Por fortuna, la ocasión le fue propicia. Encontrándose solo el mancebo, desea darse cuenta por dónde pueden caminar sus acompañantes, y grita: "¿Quién está aquí?" Eco repite las últimas palabras: "... está aquí". Maravillado queda Narciso de esta voz dulcísima de quien no ve. Vuelve a gritar: "¿Dónde estás?" Eco repite... "de estás". Narciso remira, se pasma. "¿Por qué me huyes?" Eco repite ".,. me huyes". Y Narciso: "¡Juntémonos!". 
Mas el idilio no puede consumarse, pues Narciso se halla condenado a rechazar todo otro amor y afecto que no sean los suyos propios. Sólo se puede amar a sí mismo y ello constituye el más cruel de los castigos: "¡Desdichado yo que no puedo separarme de mi mismo! A mí me pueden amar otros, pero yo no puedo amar... ¡Ay! El dolor comienza a desanimarme. Mis fuerzas disminuyen. Voy a morir en la flor de la edad. Mas no ha de aterrarme la muerte liberadora de todos mis tormentos. Moriría triste si hubiera de sobrevivirme el objeto de mi pasión. Pero bien entiendo que vamos a perder dos almas una sola vida".
Por tanto, debemos añadir a la historia de los amores imposibles una pareja más, la formada por Eco y Narciso el propio Ovidio nos lo atestigua en la conclusión de su bello relato:
"Poco a poco Narciso fue tomando los colores finísimos de esas manzanas, coloradas por un lado, blanquecinas y doradas por otro. El ardor le consumía poco a poco. La metamorfosis duró escaso minutos. Al cabo de ellos, de Narciso no quedaba sino una rosa hermosísima, al borde de las aguas, que se seguía contemplando en el espejo sutilísimo".
Todavía se cuenta que Narciso, antes de quedar transformado, pudo exclamar "¡Objeto vanamente amado... adiós...!" Y Eco "...¡adiós!", cayendo enseguida sobre el césped, rota de amor. Las náyades, sus hermanas, le lloraron amargamente mesándose las doradas cabelleras. Las dríadas dejaron romperse en el aire sus lamentaciones. Pues bien: a los llantos y a las lamentaciones contestaba Eco... cuyo cuerpo no se pudo encontrar. Y, sin embargo, por montes y valles, en todas las partes del mundo, aún responde Eco a las últimas sílabas de toda la patética humana.
Podemos afirmar que, al decir de todos los simbolistas, la flor del narciso lleva este nombre debido a la significación ancestral del mito de Narciso, el cual tan poéticamente ha descrito el gran cantor clásico Ovidio. El narciso es símbolo de presunción, engreimiento y egolatría; y todos los simbolistas así lo interpretan.


LAS SERPIENTES DE HERA

La ira de Hera se hace extensiva, también, a héroes y a personajes legendarios, tales como a Hércules y a Paris. 
El primero fue castigado por Hera en cuanto la celosa diosa tuvo noticia de que Zeus era su padre. Este, conociendo la fidelidad que Alcmena -esposa de Amfitrión, el cual había conseguido ser su esposo debido a que fue capaz de vengar la muerte de los hermanos de Alcmena- guardaba para con su valeroso marido, y prendado de su hermosura, una vez que hubo tomado la apariencia de un esposo tan afortunado, mandó que la noche se prolongara por es pacio de tres días completos. El poderoso Zeus, padre de los dioses y de los hombres, estuvo en compañía de la bella Alcmena hasta el cuarto día en que ya el sol salió de nuevo.
Cuando ya Anfitrión volvía para consumar su matrimonio, observó que su hermosa mujer se comportaba como si ya le hubiera visto apenas unos instantes antes. Extrañado por semejante actitud, y después de yacer con ella, se encaminó hacia la morada del adivino Tiresias con el propósito de hallar una sabia respuesta a su persistente sospecha.
El anciano ciego disipó, con sus explicaciones acertadas, toda duda que el valeroso Anfitrión pudiera aún albergar respecto al posible comportamiento desviado, por así decirlo, de su hermosísima esposa Alcmena. Esta, durante la ausencia de aquél, había tenido relaciones con otra persona. Mas lo que no podía sospechar el dolido Anfitrión era que la identidad del acompañante de su esposa corresponda al propio Zeus; el rey del Olimpo había realizado otra de sus osadas tretas para conseguir los favores de una mujer bella.
Lo cierto es que Anfitrión, lleno de contenida ira, decidió castigar a su esposa de forma contundente. Pretendió quemarla en una hoguera, pero después de varios intentos no consiguió encender fuego alguno pues, en el momento en que las brasas se disponían a arder, una lluvia torrencial lo impedía. El furioso y despechado esposo refrenó su ira ante semejante señal venida del cielo y perdonó a su mujer, pues, a su entender, estaba claro que el dios del trueno y de la lluvia -es decir, el propio Zeus- tenía algo que ver con el asunto de marras.
De los dos gemelos que Alcmena dio a luz -uno fue hijo de Zeus y el otro, que nació una noche después, tuvo por padre a Anfitrión- sólo sobrevivió uno que, con el tiempo, alcanzaría la categoría de héroe. Se trata de Hércules/Heracles quien ya dio pruebas de su fuerza en cuanto acababa de nacer. En este sentido, cuentan las crónicas que Anfitrión había introducido en el dormitorio de los gemelos dos serpientes con el propósito de conocer la identidad de cada uno de ellos. Mientras el hijo del dios, el héroe Hércules, se enfrentó a los reptiles y los ahogó, el hijo de Anfitrión se arrojó por una ventana.
Otras versiones explican que fue la vengativa Hera quien introdujo dos enormes serpientes en la alcoba de los gemelos para, de este modo, acabar con el fruto de su propia deshonra. Además, fue esta misma diosa quien impuso a Hércules el castigo conocido por los doce trabajos del héroe. El primero de ellos consista en estrangular, apenas nacido, a dos serpientes; cosa que hizo Hércules con cierta facilidad. Los restantes castigos o trabajos fueron de tal magnitud que la diosa Hera no pudo por menos que perdonar al héroe Hércules. Incluso le dio a su hija Hebe por esposa.


LA MANZANA DE LA DISCORDIA

Sin embargo, el episodio más conocido y comentado y el que, tal vez, ha dado más fama a Hera y su genio brusco es el denominado comúnmente "Juicio de Paris".
El veredicto contrario a la diosa Hera hace que ésta aparezca embravecida:
"tenía en el alma aquel juicio de Paris y la injuria y dura afrenta de su belleza entonces despreciada."
Todo comenzó en los desposorios de Tetis y Peleo, a los que todos los dioses fueron invitados. Sólo la Discordia/Eride fue excluida de la fiesta. Acaso por temor a que trajera consigo -pues se la consideraba como la provocadora de las guerras- los atributos que producían desavenencias y animadversión entre dioses y humanos.
Lo cierto es que la Discordia/Eride, dolida por la marginación a la que se vio sometida, arrojó con despecho y rabia una manzana entre los invitados. Este fruto, según la amonestación hecha por la Discordia, debería ser degustado por la más hermosa de las deidades presentes. Y, lo que es aún más grave, semejante episodio provocar la guerra de Troya, pues no se pondrán de acuerdo las diosas consideradas más bellas sobre cuál de ellas superaba en hermosura a las demás. Por tanto, no parecía tan fácil dilucidar un asunto tan nimio en apariencia. Pero lo que sí quedaba claro era que, una vez más, la Discordia había hecho gala de sus atribuciones. Esta, al arrojar la manzana de oro entre todos los invitados al casamiento de tan ilustres personajes, había escrito, había escrito para la más hermosa y aquí, precisamente, empezaría el desacuerdo entre las más cualificadas aspirantes a semejante título. El litigio se planteó entre Hera, Afrodita y Atenea
Se tomó, entonces, el acuerdo de que fuera el hijo del rey de Troya -es decir, Paris- quien juzgara sobre el particular. El joven príncipe, que se había hecho célebre por su destreza en los juegos públicos, y también por su belleza, consideró que la más hermosa de las tres diosas era Afrodita. De nada sirvieron las promesas que, a modo de soborno, le habían hecho Atenea y Hera. Esta le concedía el dominio sobre el universo, aquélla le ponía en contacto con la sabiduría y su poder sobre la ignorancia. Pero Afrodita/Venus, que conocía la debilidad de Paris por la belleza femenina, le prometió que le ayudaría a conseguir la más hermosa de las mujeres. Esta no era otra que la esposa de Menelao, es decir, la bella Helena, titular del trono de Esparta, y a quien todos consideraban la más bella del mundo. Paris no dudó ni un instante en cuál de los tres presentes le convenía más, y de este modo decidió que la manzana de oro debía corresponder a Afrodita/Venus. 
El disgusto y la cólera de la diosa Hera no se hicieron esperar; desde ese mismo momento, se enemistó con Paris y Afrodita, y, además, se propuso desbaratar los planes que ambos habían maquinado para raptar a Helena. A tal fin, fabricó un fantasma, una imagen, similar a la figura real de la bella Helena y mientras Paris creía haberla arrebatado y seducido, la verdadera Helena viajaba, en compañía de Hermes, hacia la tierra egipcia, en donde sería cuidada y custodiada por el rey Proteo. 
Mas, según cuentan las crónicas, Paris, ayudado en todo momento por Afrodita, no sólo consiguió raptar a Helena, sino que también se llevó los tesoros que Menelao -el esposo de la bella Helena- tenía guardados en su reino de Esparta. 
Cuando el engaño y la rapiña fueron descubiertos, Menelao declaró la guerra a Troya y reunió a numerosos y expertos guerreros que zarparon en sesenta naves al mando del gran Agamenón, hermano de aquél y rey de Argos. 
Uno de los episodios más destacados de la guerra de Troya será aquel en el que se enfrentan Menelao y Paris, en combate cuerpo a cuerpo. A punto estuvo el primero de acabar para siempre con el segundo, de no ser por Afrodita que, para salvar a su protegido Paris, provocó una nube de polvo que hizo alejar a Menelao y su ejército del campo de batalla.


HERA JUSTICIERA

Pero la ira de la diosa Hera se hacía extensa, además, a todos los amores de su esposo Zeus. Para lograr sus propósitos no vacilará en utilizar todo su poder de seducción y todas sus mañas. Lo mismo jurará sin intención alguna de cumplir con su promesa, que realizará, en otros casos, acciones en contra de sus principios, por temor a las represalias del poderoso Zeus. 
El hecho es que Hera tiene mala fama entre los mortales, pues se la teme como diosa castigadora y vengativa. Su furia llega hasta los descendientes de quienes han aceptado la relación con Zeus y han claudicado ante sus pretensiones. El caso de Epafo, al respecto, es significativo. Sucedió que Zeus, como era costumbre en él, se enamoró de una bella sacerdotisa de su esposa Hera, a la que transformó en vaca para que ésta no sospechara de sus amores hacia Io, pues tal era el nombre de la nueva amante del rey del Olimpo. 
Al principio, Io rehuyó al poderoso dios y rechazó, una y otra vez, sus ofrecimientos. Mas, después de consultar al oráculo, decidió aceptar las proposiciones de Zeus, pues la respuesta de la sibila indicaba que de no ceder Io, provocaría la cólera del poderoso dios.
Hera, sin embargo, descubrió las relaciones de su esposo y su sacerdotisa, y, además, supo de la artimaña empleada por Zeus para despistarla. Entonces, Hera, una vez que descubrió cuál era la vaca que personificaba a Io, envió contra ella a un enorme tábano que la picaba persistentemente, y la impedía parar en lugar ninguno. De este modo, huyó hacia otras latitudes -se dice que huyó hacia Egipto por el paso del Bósforo, que significa, desde entonces "paso de la vaca"-, hasta llegar a un lugar que, una vez devuelta su forma humana, fundó ella misma con el nombre de Menfis. 
Allí, a orillas del Nilo, en Egipto, nacería Epafo, hijo de Zeus y de Io. Hera, dolida por no haber podido conseguir sus propósitos, que consistían preferentemente en impedir la consumación de los amores de su esposo, Zeus, con la bella Io, ordenó el rapto del hijo de ambos. Pero Zeus luchó contra todo aquel que intentara hacer daño a Epafo y, al propio tiempo, hizo huir a los secuestradores del muchacho.
Y cuentan las leyendas que Epafo, con el tiempo, fue uno de los célebres reyes del país egipcio.


UNA VACA COMO REGALO

Existen otras interpretaciones y sentidos de este castigo que Hera impuso a Io. Algunas crónicas cuentan que, una vez que la diosa descubrió el engaño y el lío de Zeus y de Io, intentó con todas sus fuerzas disimular su disgusto y, fingiendo una contenida calma, se dirigió a su esposo Zeus para pedirle como regalo la hermosa vaca de sus rebaños que sobresalía de entre las demás.
Al principio, Zeus dudó en acceder a los deseos de su esposa pero, merced a las dotes de persuasión que caracterizan a Hera, ésta no tardó en tener a buen recaudo al animal. Al propio tiempo, encareció a su fiel guardián, Argo Panoptes (= "que todo lo ve"), el cuidado de tan preciado regalo.
Aunque cuentan las leyendas que Argo tenía muchos ojos y que, por lo mismo, no había posibilidad de burlar su vigilancia. Sin embargo, el poderoso Zeus, recabó los servicios de un cumplidor mensajero, el despabilado Hermes. Este puso en práctica, con presteza, los planes de su engreído mandante, que consistían en liberar a Io de manos del guardián Argo. 
Las consecuencias fueron drásticas ya que, a pesar de haber sido Argo un célebre guerrero que se había hecho famoso por dar muerte a un bravo toro que asolaba la región de la Arcadia -en adelante siempre vestiría con la piel de ese animal- y acabar para siempre con la vida del horrible monstruo Equidna -hijo del Tártaro, y que habitaba en las cenagosas aguas de la laguna Estigia-, no pudo, sin embargo, resistir los embates de Hermes y murió a causa de un cantazo que éste le propinó.
A pesar del disgusto que Hera se llevó, al saber lo sucedido, decidió premiar a su fiel servidor y, pacientemente, trasladó todos los ojos de Argo a la cola de un pavo real, y a todo su plumaje; con lo que desde entonces, la belleza de esta ave, consagrada a Hera, resplandece y destaca en colorido y brillo.
Algunos autores explican que el guardián Argo de Panoptes tenía, en realidad, dos ojos mirando hacia delante y dos mirando hacia atrás. Otras versiones, en cambio, hablan de que tenía un solo ojo en la mitad de la frente o, en otros casos, se ampliaba a tres el número de ojos.


"MIRMIDONES"

También es significativo, respecto a la venganza de la diosa Hera, el caso de Eaco, más conocido por los diferentes mitólogos, como el juez de los infiernos. Acaso por ello se le suele representar portando una llave y un cetro, atributos que hacen referencia a la legalidad y la justicia.
Todo comenzó el día en que Zeus descubrió la belleza oculta de la hija de Asopo, señor de los manantiales y de los ríos. Desde el mismo momento en que la vio, el dios olímpico se prendó de ella y decidió raptarla, como ya había hecho en otros muchos casos. En un principio, Asopo quiso castigar al ladrón de su hija Egina, y enterado por Sísifo de la categoría del ratero, nada menos que el rey del Olimpo, intentó en frentarse a él para que le restituyera a su bella hija. Pero Zeus cortó por lo sano, pues respecto a sus caprichos amorosos no admitía imposiciones de nadie. En cuanto tuvo ante sí a su oponente, lo fulminó con su poderoso rayo y obligó, así, a Asopo a retornar al lecho de su cauce. Se dice que, desde entonces, el río de Asopo contiene, en vez de dorada y fina arena, negra carbonilla y oscura cernada.
Una vez resuelto este primer escollo, Zeus se dirigió, en compañía de la bella Egina, hacia la isla de Enone -también se la conoce con el nombre de Eponia-, lugar en el que nacería Eaco. 
Cuando Hera se enteró del nacimiento de un hijo de Zeus y Egina montó en cólera y se dispuso a perpetrar, e infligir, el mayor daño posible en el fruto de la descendencia de ambos. Para ello envió una en fermedad pestífera sobre la isla y casi de forma fulminante murieron todos sus habitantes. De este modo se quedó Eaco como único habitante de aquel lugar de muerte. Pero como éste pidiera a Zeus que repoblase aquel lugar para, así, tener compañía humana, el poderoso dios transformó a las hormigas que había en la isla en seres humanos. En adelante, los pobladores de la citada isla se llamarían "Mirmidones", palabra que significa "hormiga". 


JUNO ES LA HERA ROMANA 

"Y Juno que hasta hoy ha fatigado el mar, 
el cielo y tierra con temores, 
trocará sus consejos en mejores, 
y, convertida de áspera en clemente, 
será de más conmigo apiadadora 
de los romanos y togada gente, 
de tierra y mar universal señora. 
Esto dispuse irrefragablemente."

Estos versos de Virgilio muestran otras cualidades de Hera/Juno que no corresponden a las descritas por los griegos.
Y, así, podemos colegir que el culto que los romanos ofrecían a Juno provena de un ancestro mitológico que se diversificaba en la famosa Tríada compuesta por Júpiter, Juno y Minerva. 
No obstante su asimilación a la diosa griega Hera, sin embargo, Juno adquiere entre los romanos una personalidad propia y autónoma. Y, así, se la conoce, de manera muy especial, con el sobrenombre de "Lucina", pues simboliza la luz que proviene de la sombra de las tinieblas y de la noche. Por tanto, Lucina rige una de las dos luminarias, concretamente la Luna, y dirige y guía sus movimientos con orden y regularidad.
En honor de Juno/Lucina se habían erigido altares en Roma caba el levantado por el rey sabino Titius Tatius, en el año 735 (a. C.). Su fiesta coincidía con el principio del mes de marzo y se denominaba fiesta de la Matronalia. Su significado aparecía relacionado con el carácter conferido a la familia por los romanosros, como quienes aparecían recubiertos de un halo de vida considerada dudosa, es decir, alejada de los cánones representados por el padre, la madre y los hijos, quedaran relegados y excluidos de los festejos.


HERA/JUNO EN EL ARTE

Todos los artistas de la antigüedad se preocuparon de representar a la diosa Hera y a destacarla rodeada, por lo común, de sus muchos atributos, tales como el velo, la lanza, el escudo, la oca, el pavo real, los lirios, la granada y el cuclillo.
También se erigieron templos en los que el culto a la diosa adquiría sentidos diversos. Por ejemplo, en Argos se levantaba uno de los más grandiosos templos de cuantos se habían construido en honor de Hera. Se la adoraba, en numerosas ocasiones, como diosa del matrimonio y, por lo mismo, se la relacionaba con las cualidades morales de la mujer.
Además, una de las colinas de la ciudad de Esparta había sido bautizada con el nombre de la célebre diosa. No obstante, las primeras esculturas realizadas en recuerdo y memoria de Hera no gozaban de la calidad artística que, más adelante, lograron conseguir los más afamados escultores griegos. De entre toda la iconografía sobre la diosa Hera cabe destacar la estatua realizada por Policleto. También la denominada "Hera Barberini" y la conocida como "Hera Farnesio". Aparece, en todo caso, representada en monedas y relieves. Y se conservan bustos de su figura en algunos museos de prestigio. El Museo de Nápoles, por ejemplo, guarda entre sus más preciados tesoros una cabeza -tal vez uno de los testimonios más antiguos- de la diosa Hera.