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FLOTA DE LA PLATA 1715

 

  El antiguo contratista de obras Kip Wagner, presidente de la compañía de rescate Real Eight, con algunos de los objetos pertenecientes al tesoro de La Holandesa, uno de los buques de la flota española que naufragaron en 1715. Arena movediza y dunas cubiertas de vegetación conforman la costa cercana al cabo Cañaveral (Florida), donde un huracán azotó en julio de 1715 a la flota española. La principal fuente de las riquezas españolas del nuevo mundo, los amerindios buscando oro en el lecho de un río. Estos indios, representados en este grabado de finales del siglo xvi, vivían en Florida, lugar que no podía compararse en producción de riquezas con México y Perú, más al sur.  
  Un buzo trabajando entre los restos de un galeón hundido en las costas de Florida. Otros once buques se fueron a pique en 1715 en la misma zona y tres de ellos aún no han sido descubiertos. Silbato y cadena de oro que formaban parte de las insignias de un comandante de la flota española. Es uno de los objetos valiosos que se encontraron en los buques de la flota de la plata española que naufragó en 1715 en las costas de Florida, cerca de Sebastián.  
  Durante más de doscientos años, los conquistadores españoles del nuevo mundo saquearon sistemáticamente sus territorios transatlánticos, enviando por mar enormes cantidades de oro, plata y otros materiales preciosos a su país, perpetuamente empobrecido. Entre 1552 y 1648, aproximadamente, tres convoyes o «flotas de la plata» realizaban anualmente una peligrosa travesía desde los mares dominados por los españoles. Los navíos iban cargados hasta los topes de riquezas, como, por ejemplo, plata de las minas de Potosí, en la actual Bolivia.
Estas flotas constituían el objetivo natural de los enemigos de España, sobre todo Inglaterra y Holanda, y de los piratas filibusteros que no debían lealtad a ninguna nación, pero iban escoltadas por galeones armados y nueve de cada diez navíos lograban escapar. Su peor enemigo eran los traidores cambios atmosféricos del Caribe, zona en la que, en determinadas épocas del año, las aguas poco profundas y los huracanes tienden una trampa mortal a los buques con cargamentos pesados. Fueron muchos los que naufragaron entre Florida, las Bahamas y Bermuda, el último fondeadero seguro en el nuevo mundo.
La fortuna que se hundió en las profundidades
Una de las mayores catástrofes que sufrió la flota de la plata tuvo lugar en julio de 1715, fecha en que un convoy integrado por doce buques zarpó de La Habana (Cuba) con seis millones y medio de pesos (según precios de la época) en lingotes y monedas de oro y plata y una cantidad equivalente de objetos de contrabando que había subido a bordo la tripulación desafiando la pena de muerte que era el castigo que se aplicaba en aquellos tiempos en España por este tipo de delitos.
El convoy constaba de cinco buques de la nueva flota española, otros seis barcos españoles de Panamá y uno francés. Además del cargamento de lingotes y monedas, llevaba cacao, maderas preciosas, vainilla, carey, perlas, joyas, tabaco, cueros y porcelana china.
Seis días después de haber zarpado de La Habana, al llegar al estrecho de Florida, los buques sufrieron los embates de un huracán. Se hundieron todos, menos el francés. Perecieron más de mil personas y se salvaron mil quinientas. Los españoles intentaron reponer rápidamente las pérdidas y al cabo de seis meses montaron un campamento de rescate cerca de Sebastián, en Florida, y emplearon a casi trescientos indios que se sumergieron en las aguas en que se encontraban los buques naufragados. Según se cree, al cabo de cuatro años los indios habían recuperado la mayor parte del tesoro.
Los resultados de la operación satisfacieron a los españoles y casi llegaron a olvidar las circunstancias en que había naufragado la flota de la plata, hasta el extremo de que los historiadores posteriores no coincidieron sobre el lugar en que había tenido lugar la catástrofe. Señalaron dos posibles puntos, separados por unos trescientos kilómetros, y se equivocaron en ambos. En realidad, los restos de los buques se encontraban diseminados a unos ochenta kilómetros de cabo Cañaveral, a ocho kilómetros al sur de la cala de Fort Pierce.
A Wagner le toca el premio gordo Pasó mucho tiempo hasta que, en 1948, un contratista de obras llamado Kip Wagner descubrió siete monedas de plata en la playa de Sebastián y el tesoro oculto volvió a ejercer su seducción. Wagner realizó investigaciones en secreto, examinando de cabo a rabo ciertos documentos con el fin de encontrar datos sobre la pérdida de la flota y observando la acción de los vientos y las mareas en las costas de Florida. Pensó que conociendo la situación del campamento español encontraría la clave para dar con la de los buques naufragados y la halló cerca de Sebastián con la ayuda de un detector de minas. Sus investigaciones demostraron que el campamento había sido saqueado cuando los españoles intentaban descubrir el tesoro, quizá por filibusteros ingleses.
Finalmente, Wagner recibió una recompensa por su tenacidad. En 1959 reveló una parte del secreto, pues contrató a varios buzos aficionados para que le ayudaran a encontrar los navíos. Descubrió siete u ocho lugares con objetos de valor (los detalles siguen envueltos en el misterio), adquirió derechos legales sobre los mismos y creó un museo para exponerlos al público.
Uno de los objetos más destacados es un silbato de oro sujeto a una cadena de dos mil ciento setenta y seis eslabones del mismo metal, que debió pertenecer a un comandante de la flota española. En el interior del silbato hay un mondadientes de oro macizo en forma de dragón.
Se cree que aún quedan por descubrir buques de la flota española de 1715 que naufragaron en el estrecho de Florida.