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DIONISIO BACO

 

DIONISOS/BACO


El pobre Dionisos nace de mala manera y en un mal momento; desde luego, como cualquier otro niño, debe ser considerado inocente de toda culpa, pero resulta que Dionisos es uno de los muchos hijos bastardos de ese dios máximo del Olimpo, pero grandísimo golfo celestial que es Zeus. Su madre es la gentil Semele, la diosa de la tierra, la hija de Cadmo, rey de Tebas. Pero todo esto sólo significa una cosa: es un hijo habido fuera de matrimonio, uno de esa multitud de hijos que Zeus tiene fuera de su unión oficial y escasamente respetada con Hera. Sabido es también que Hera, harta ya de tantas aventuras e infidelidades de su esposo, persigue con saña a las mujeres que insisten en ignorar cuál es su deber y cómo está la situación del poco respetado matrimonio entre los dos dioses. Mujeres que no ponen reparos a esas relaciones ilícitas y que ayudan de buen grado al adúltero Zeus a mantener la fama de amante clandestino. Mujeres que parecen recrearse en fomentar la trayectoria libertina del marido infiel. Lo que es peor es que Hera está dispuesta a todo y no se para a pensar dos veces cuál es la pública respuesta que debe dar a las madres y a las criaturas en cuestión. Por tanto, no es de extrañar que tampoco se detenga en consideraciones cuando decide cortar de raíz la descendencia bastarda, ya que su ensañamiento también se dirige, de vez en cuando hacia los hijos ilegítimos. Por estas tan aviesas razones, resulta lógico que Hera decida tomar represalias con el pobre recién nacido, con Dionisos, y se ponga en contacto con los Titanes y les ordene que den un implacable escarmiento, eligiendo esta vez como víctima del exigido sacrificio a la criatura, para que el cruel ejemplo sirva de advertencia a cualquier otra diosa o mujer que quiera repetir la dudosa hazaña de tratar de compartir con Hera el disfrute del cuerpo y la pasión de su Zeus. 


EL CASTIGO SE CUMPLE

Los Titanes, acostumbrados a vencer, matar, despedazar, aniquilar, o llevar al cautiverio sucesivamente a los enemigos de los dioses, a los mismos dioses, a los dioses padres caídos en desgracia de los dioses, y a todos y cada uno de los habitantes del Olimpo y sus inmediaciones, siempre que así se lo ordene la autoridad competente (que es mucha y variada, a juzgar por lo amplio de su actuación en la parte más violenta de la historia celestial) llevan a cabo su tarea con eficacia y presteza. Este encargo de Hera, como es natural, es prioritario, dada la categoría mandataria, y se cumple inmediatamente. Los Titanes se ponen en marcha y van hacia los aposentos donde reposa la extraña criatura, el niño con cuernos que está adornado con una corona de serpiente. Se llegan hasta él y terminan con esa primera parte de su misión pronto, muy pronto, raptando a la criatura de su cuna y despedazándolo; los pedazos se ponen en una olla al fuego, como si se tratase de un guiso más, y se dejan hervir en un macabro proceso durante todo el tiempo que se quiso, para que fuera total la destrucción de los restos del niño, de manera que nadie pudiera encontrar parte sana del crío asesinado, ni obrar con sus desaparecidos trozos ningún prodigioso milagroso que permitiese su reconstrucción. Todo lo que iba a quedar era un granado que brotó al pie del lugar en donde fue desmenuzado el cadáver, un granado que había germinado con la sangre inocente que regó el suelo. Ya parecía que todo ese terrible proceso criminal iba a ser tal y como se había pensado en el siniestro plan pergeñado por Hera. Al menos ni Zeus ni nadie había interrumpido el siniestro plan, o se había opuesto a la conspiración.


LA BUENA ABUELA REA

Pero sí había alguien que pudo ser testigo del crimen y obrar a tiempo, impidiendo que el destino quedara sellado: la abuela Rea, la madre de la vengadora Hera, y también la madre del inconstante Zeus. La abuela Rea fue quien acudió rápidamente al lugar de los pavorosos hechos, una vez que los Titanes lo abandonaron, considerando que ya el trabajo estaba rematado. Y la buena de Rea se puso de lleno a recuperar los fragmentos de su nieto, y con ellos logró darle una forma aproximada a la que en vida había tenido. A partir de esa masa de despojos, Rea recuperó a su nieto vivo y llamó después al padre del niño resucitado, a su hijo Zeus, para que acudiese en su ayuda; él se ocupó de poner al renacido Dionisos a buen recaudo, en manos de Perséfone, la moradora de las tinieblas subterráneas, la misma que había recibido ya otras encomiendas parecidas, como aquel encargo de ocultar y cuidar al niño Adonis, tarea que tan problemática había resultado ser al final, cuando el adolescente Adonis despertó pasiones que le condujeron a su destrucción. Pero éste es otro caso, y Perséfone pasó la responsabilidad a la reina Ino y al rey Atamas o Atamante, para que ellos se encargaran de cuidar sigilosamente al niño Dionisos, en su reino de Orcomenes, escondiéndolo entre las niñas, tratando así de no despertar las sospechas de Hera, que ya estaba al tanto de la salvación y persistía en encontrar a la criatura, para terminar totalmente su empeño. 

Efectivamente, la airada Hera persistió en su obcecación y trasladó el castigo a la real pareja, haciendo que Atamante enloqueciera y diese caza y muerte a un supuesto ciervo, que no era sino su propio hijo Learco, o que Ino tuviera que salir huyendo de su marido, llevando a Learco en brazos, hasta que llegó al borde del mar y en él se zambulló, salvando un delfín al desventurado Learco y quedando la blanca madre como patrona de los marinos ante las tormentas, instalada por voluntad del Olimpo en un nuevo puesto muy diferente del que ocupaba en su vida terrenal. Sea cual sea la versión que se elija, lo que sí es cierto, es que Hera no es una divinidad a la que sea fácil convencer o detener, una vez que se haya propuesto llevar a cabo cualquiera de sus complicadas y aviesas acciones de represalia, aunque a veces la voluntad de los otros pares pueda detener sus maquinaciones, como pasó con el primer intento de hacer desaparecer a Dionisos, o como ya tendremos ocasión de ver en la historia de Ino y Atamante, cuando otra vez más, la diosa no llegó a satisfacer sus malsanos deseos de venganza.


¡POBRE SEMELE ENAMORADA DE ZEUS!

Digamos que el mito de Dionisos se abre a muchos significados. Hasta ahora hemos dado una de las versiones, pero también goza de prestigio la historia siguiente: Semele, enamorada de Zeus y, tal vez, manipulada en sus anhelos por la cruel Hera, le pidió que fuera realidad un deseo muy especial. Semele quería contemplar a su enamorado en su máximo esplendor, esto es en la forma de rey de todas las fuerzas de la eternidad. Zeus había prometido atender sus deseos, fueran los que fueran, y cumplió la promesa al pie de la letra. Se apareció magnífico, entre los rayos y los truenos de su poder; sin lugar a dudas, la visión era impresionante, única, pero también mortal. La infeliz Semele cayó en la trampa, astutamente introducida en su voluntad por la celosa esposa de Zeus, y su magnífica visión divina fue también la última. La diosa de la tierra, tras haber visto a Zeus, cayó envuelta en las llamas que él provocaba con su terrible presencia. Zeus, abandonando rápidamente la representación del poder, sin poder remediar la triste suerte de su amada, había rescatado a Dionisos del vientre de su madre Semele, antes de que ésta muriese. Después de fallecida la madre, Zeus había llevado al nonato dentro de su muslo, al que configuró como un extraordinario seno materno, para que completase los tres me ses que faltaban y fuera posible su total desarrollo. También se ha dicho que Hefesto, señor del fuego y avisado por Zeus, sacó a Dionisos del vientre de la madre Semele, que estaba siendo devorada por las llamas y lo llevó a la seguridad del mundo de las Ninfas. 


EN LA DULCE COMPAÑIA DE LAS NINFAS

Siguiendo con la primera de las leyendas, con la de Dionisos puesto al cuidado de Ino y Atamante en su palacio; digamos, para completarla, que el niño fue sacado de allí por Zeus, al levantarse la ira de Hera hacia los dos soberanos, ira que convirtió a los reyes protectores en presas de la locura y teniendo que buscar un nuevo y más seguro refugio, Zeus terminó esta parte de su cometido paterno, volando con el niño a un mítico lugar, situado en cualquiera de los tres continentes conocidos, para ponerlo en las protectoras manos de cinco Ninfas del hermoso y legendario país de Nisa, las buenas y adorables Bromia, Baque, Erato, Macris y Nisa, las hijas de Atlas que se ocuparon de que Dionisos creciera en un ambiente de felicidad y tranquilidad que compensara de las pasadas calamidades. Allí, en Nisa, el joven descubrió la vid y de ella supo extraer el primer vino. Las Ninfas se ganaron el reconocimiento de Zeus, quien les aseguró un puesto en el firmamento como prueba visible de su agradecimiento, la constelación de las Híadas. 


HERA CUMPLE LA AMENAZA PENDIENTE

Aunque parecía que Hera había cejado en su empeño de perturbar la biografía de Dionisos, todo lo que había sucedido era que había perdido su pista, pero cuando el mozo terminó su dulce estancia con la tropilla de Ninfas se había convertido en un ser adulto, con un parecido innegable a su padre. Hera comprendió entonces que aquel muchacho, de ademanes un poco excesivamente delicados, era su objetivo durante tanto tiempo oculto. Reconocido por la diosa, fue otra vez el blanco de su rencor. Si había vivido esos años tan felizmente, ahora nada iba a salvarlo de su destino; llegada era la hora de convertir su refinamiento en barbarie y su delicadeza en desmán. Por deseo de Hera, la locura se apoderó de él. Era una demencia que iba a invertir el retrato del personaje, transformándolo en el terrible capitán de una escuadra de aterrorizadores sátiros y ménades. Con ellos comienza Dionisos un nuevo capítulo de su muy ajetreada existencia: la venganza. Y su plan empieza por la destrucción de sus primeros enemigos por delegación, los Titanes que habían obedecido la primera orden de Hera, la de darle muerte junto a su cuna, y que habían fracasado en su cumplimiento. Dionisos, bien armado y más decidido por el empuje de la febril locura, parte a la conquista del mundo. Sin darse cuenta de ello, Hera había lanzado a la fama a su enemigo, convirtiéndole en un verdadero y terrible dios, en alguien tan inhumano y desmesurado como el resto de los extraños pobladores de las alturas, seres que acostumbraban a navegar a bandazos entre la magnanimidad y la más despreciable ruindad, como espejo que todo dios es de los humanos que lo han pensado.


LA CAMPAÑA DE EGIPTO

El ejército de Dionisos llega frente a la costa de Egipto, y se instala en la corte de Proteo de Faros. Al rey le lleva el vino como obsequio y, aprovechando su situación, se pone a trabajar desde Faros en la preparaci ón de su primera campaña. Reedita para su causa a las amazonas de Egipto, amazonas combativas por naturaleza, que van a servirle de espléndida fuerza de choque.

Con ellas y con la furia de la venganza, se lanza a la batalla contra los Titanes. La victoria le llega pronto, es la confirmación de su poder y categoría. Emulando a Alejandro, el dios se pone en marcha hacia el corazón del este, cruza la Mesopotamia, derrotando a todos sus adversarios, y llega hasta la Indias sometiendo la península a su poder, pero no sin haber dejado antes el recuerdo de su presencia, con el cultivo de la vid y el secreto del vino. Terminado su camino en los confines del este, decide el triunfal Dionisos regresar a Grecia, al centro del mundo. Pero el retorno no iba a ser tan rápido y sencillo como se pensaba en un principio, pues su ejército va a tener que luchar ahora contra sus antiguas aliadas amazonas, que esperaban dispuestas para el combate en el Asia Menor, sin que se sepa bien por que las guerreras han querido hacerlo. Se acepta el reto de las amazonas y se da comienzo a la sangrienta e insensata batalla. Dionisos da la orden de que sea ésta una guerra sin cuartel, en la que sus huestes van a terminar exhaustas de perseguir y matar a las amazonas, que pronto se ven vencidas y de las cuales sólo un puñado consigue huir y encontrar refugio seguro en Efeso, pues el temible Dionisos enfurecido no sabe perdonar el insensato y orgulloso ataque inicial de que ha sido objeto, y se afana en lograr el total exterminio de sus ex aliadas, para que sirva su muerte de inolvidable escarmiento al osado que piense en enfrentarse a su voluntad.


LICURGO NO ES TAN FACIL ENEMIGO

En Tracia, pisando ya el suelo de Europa, y tras haber recuperado la lucidez arrebatada por Hera en manos de la abuela Rea, Dionisos empieza a comprender la razón de sus actos y el origen de toda su desenfrenada aventura militar. Pero en esa tierra el ejército de Dionisos se iba a topar con un enemigo muy peligroso, con Licurgo, el poco amado rey de esa tierra tan dura y hostil. Licurgo supo engañar a la curtida tropa, haciéndola caer en una emboscada, dejando a Dionisos solo y sin defensa posible ante él, que le atacaba con su hacha de doble hoja, dispuesto a acabar con su aventura militar. Dionisos se dio cuenta de que habían cambiado las tornas y ya no podía contar con sus huestes de sátiros y ménades y no tuvo más remedio que abandonar el campo de batalla y huir hacia el mar para salvarse, como fuera, del que podía ser el último ataque de su peligroso y astuto enemigo. En la morada de Tetis halló escondite el asombrado Dionisos, todavía sin reponerse de la sorpresa dada por Licurgo a su tropa. De nuevo, la buena abuela Rea llegó en ayuda de su nieto y consiguió liberar a sus originales soldados, al tiempo que ponía al rey Licurgo en el temible territorio de la locura, con esa repetida manipulación que los dio ses hacen de las mentes de los mortales. El rey perdida la razón, utilizó la terrible hacha contra su hijo, tomándole por una cepa, por esa planta representativa de Dionisos, y como tal, fue podando los miembros de su hijo Driante, como una burla de su afán por acabar con el dios, Dionisos salió de su escondite marino y se encontró con la liberación de sus gentes, con la muerte cruel del hijo del loco rey y con una tierra maldita por la inocente sangre vertida en la muerte de Driante. Ante la desesperación de los tracios, el dios se apiadó de su desventura, y les prometió que se repararía el daño causado por Licurgo con la maldición de las diosas. Bastaba, para que la tierra volviera a ser fértil, que se lavase con la sangre culpable de Licurgo. 


LAS DOS MUERTES DE LICURGO

Se cuenta que los tracios, que como ya se ha dicho, nunca tuvieron motivos racionales para querer a su soberano, aprovecharon el consejo divino y decidieron darle una muerte terrible. Arrojaron al demente entre los caballos salvajes y las bestias tardaron poco en descuartizar al reo loco en la cumbre del monte Pangeo. 

Se cumplió el deseo del joven dios, restableciendo su sangre el poder germinativo de las tierras de cultivo y se quitó el pueblo de encima al insano rey, quien poca oposición podía ya presentar al rencor de sus hastiados súbditos. Pero también se dice que el rey Licurgo no se enfrentó con el poderoso general victorioso y el dios enloquecido, sino que intentó matarle a él y a sus gentiles protectoras, cuando no era más que un niño, cuando todavía estaba en manos de esas bondadosas Ninfas, de las Híades. La criatura salió corriendo hacia el mar, para refugiarse también en esta ocasión en la gruta de Tetis. En esta versión del mito, Licurgo también era un ser odiado, pero no sólo por el pueblo llano e impotente, sino por el Olimpo en pleno y no es de extrañar que Zeus, defendiendo de nuevo a su hijo y a las cinco maternales Ninfas, haga uso de las armas de su panoplia divina y lance con mano certera el rayo a los ojos del cobarde rey. Ese divino rayo de Zeus dejó ciego instantáneamente al monarca, iniciándose desde ese momento su terrible e irremediable agonía. Mientras Dionisos quedaba a salvo y podía volver junto a sus queridas Ninfas, a seguir libando el delicioso manjar de mieles que le servía de alimento exclusivo, para continuar con su ciclo de paso de la niñez a la adolescencia divina, otra vez milagrosamente a salvo de la sucesión de asechanzas que sobre él se habían abatido desde el mismo momento de su concepción.


EL VINO EN ICARIA

Tras el incidente con Licurgo, el sosegado Dionisos, ahora ya más tranquilo, al haber recuperado la cordura, convertido en un joven madurado a la fuerza, pasó a recorrer su mundo, la Grecia clásica, con una misión muy diferente de la guerrera que le había llevado hasta las Indias. Se trataba de hacer conocer a todos los buenos hombres la existencia de la vid y la bendición del vino, y con ese bagaje de felicidad agrícola, se llegó hasta las tierras de Icaria. A su soberano le enseñó Dionisos el cultivo de la uva y la elaboración de los vinos, con tan buen resultado que su rey Icario logró el primer vino producido por los seres humanos. Entusiasmado por el éxito de la cosecha y el excelente sabor de sus caldos, Icario se fue por todo el reino invitando generosamente a sus súbditos a disfrutar del vino reciente. Bebieron los lugareños en abundancia, y al poco se sintieron sorprendidos por los extraños efectos que aquel vino les producía. Estaban alegres y confusos; sentían al mismo tiempo el terror del mareo creciente y la pérdida de la visión, pero su euforia y la pérdida de la consciencia también aumentaba con el vino. Para explicarse esas desconocidas sensaciones, se dijeron poseídos por algún poder desconocido y quisieron creer que habían sido envenenados por Icario, sin poder ni siquiera llegar a sospechar que eran ellos los primeros seres embriagados del Mediterráneo. Su reacción fue expeditiva: matar a quien les había embrujado de tal modo, al buen rey Icario. Tras asesinarlo, los campesinos decidieron sepultar su cuerpo al pie de un pino, para ocultar el hecho, del cual ahora, una vez pasados los efectos del vino, empezaban a asustarse y avergonzarse. Así lo hicieron, creyendo haber encontrado la fórmula de ponerse a salvo de su responsabilidad, y después se fueron hacia la orilla del mar, para aumentar la distancia al lugar del crimen.


LA DESESPERACION DE ERIGONE

Maira, la fiel perra del rey Icario, asistió impotente a todo el macabro proceso y, al ver al amo enterrado, corrió en busca de su hija, a quien arrastró, tirando a mordiscos de su túnica, hasta la tumba de su padre. Allí comenzó la perra con sus patas a excavar la tierra recién apilada, hasta que apareció ante los ojos de la hija con brutal claridad, la razón de la desaparición de su pobre padre. Erígone viendo aquello, cayó en la desesperación. En las ramas del mismo pino que daba sombra a la descubierta tumba se ahorcó la joven. Al expirar Erígone, quisieron los dioses que su misma muerte se extendiera por Atenas como aviso del crimen que había quedado sin castigo. Por esa voluntad divina, otras muchas jóvenes, sin llegar ellas mismas a saber por que lo hacían, se quitaban la vida simultáneamente, ahorcándose sin razón conocida en muy distintos lugares de la ciudad, hasta que los dioses hicieron saber a los hombres, a través de las revelaciones del oráculo de Delfos, que Icaro y su hija Erígone habían muerto por la injusticia de los campesinos, y que era necesario que la venganza cayera sobre los culpables. Una vez que se pusiera al descubierto la razón de aquella ola de aparente locura suicida, que hasta entonces se había abatido misteriosamente sobre las doncellas, los ejecutores atenienses se llegaron a las tierras de Icaria y dieron muerte a los que habían cobardemente asesinado a su rey Icario. Tras el castigo a los culpables, se instituyeron las fiestas en honor de Erígone, en las que se conmemorarían para siempre las bondades del vino de Dionisos, el sacrificio de Erígone y el martirio de Icario, colgándose las jóvenes celebrantes simbólicamente de las ramas de los pinos, o de cualquier otro árbol robusto que hubiera en el lugar, como una festiva e incruenta rememoración del suceso que fue causa de esas fiestas dionisíacas, de la obtención de la primera cosecha de vino y del estupor de los hombres ante sus poderes.


EN MANOS DE LOS PIRATAS

Según nos cuenta Homero, estaba Dionisos navegando por entre las docenas de islas del Egeo, y se encontraba a la sazón descansando sobre las rocas de la costa, cuando fue divisado por unos marineros que acertaron a pasar por las proximidades. Los marineros, que no eran sino traficantes de esclavos, vieron en el bello joven una presa de gran valor y decidieron su captura. Fondean allí mismo, se dirigen al lugar donde está plácidamente tumbado Dionisos y le someten por la fuerza, llevándole prisionero a bordo. El piloto de la nave pirata advierte que está ante un dios y se lo hace saber a sus compañeros. Los piratas se burlan del consejo y largan anclas, contando ya con los beneficios que les va a reportar la venta de tan bellísimo esclavo. Dionisos observa divertido la escena de la burla de los marineros hacia las palabras del asustado piloto y deja tranquilamente que pase el tiempo. Después, con la ironía de un dios, obra algunos prodigios muy suyos sobre la nave. En primer lugar hace que el mejor de los vinos se derrame sobre la cubierta de la pequeña embarcación y la recorra de un lado a otro, como si el mismo mar se hubiera transformado en vino y cubriera la embarcación. El palo mayor de la embarcación se cubre de hojas de parra y de ramas de hiedra y ya no queda duda, los horrorizados piratas comprenden al punto que el piloto no había hablado en vano, que aquel joven maravilloso era un verdadero dios y ellos se habían equivocado totalmente en su propósito de apoderarse de él, ahora eran ellos los que estaban en sus manos y nada podían hacer ni para huir de la embarcación, transformada en trampa mortal. Quieren regresar a tierra firme, pero ya no hay tiempo. Dionisos se convierte en una fiera tras otra, hasta lanzarse sobre el capitán de los piratas y destrozarle a la vista de sus secuaces. Ya parece que sólo les queda tratar de ponerse a salvo en el mar y al mar se arrojan; pero Dionisos no va a dejar que se salgan con la suya, tan pronto tocan el agua, los piratas se convierten en delfines y quedan para siempre allí atrapados. Tan sólo el piloto, el único que supo ver al dios como tal, queda fuera del castigo del divertido Dionisos, quien deja marchar en paz al pobre hombre, para que sea él quien cuente a los hombres todo lo que ha visto y vivido, cómo el dios supo vencer a unos enemigos tan necios y cómo se rió de ellos y su maldad. Pero Dionisos también aprovecha la travesía y desembarca en la isla de Nexos, en donde va a encontrarse ante un hecho de suma importancia en la última parte de su historia como dios sobre la tierra.


ARIADNA, LA PERFECTA ESPOSA

Ariadna, la hija del rey Minos de Creta y también nieta de Zeus, había ayudado a Teseo a encontrar la salida del laberinto del Minotauro, con la inestimable ayuda de su hilo. Pero este héroe legendario y desagradecido la abandonó a su suerte en la isla de Nexos. Allí, en esa isla de vides y vinos, Dionisos se encontró, al desembarcar de su aventura con los malhadados piratas, con la presencia inolvidable de la bella Ariadna, dormida sobre las arenas de la playa, tan bella que encargó al herrero olímpico, a Hefesto, una corona de oro que fuera parecida a su belleza. Despertó el enamorado Dionisos a Ariadna y, entregándola la diadema, la hizo su esposa. Su matrimonio fue feliz y se tradujo en la culminación de su complicada vida sobre la faz de la tierra. Con ella, Dionisos tuvo a sus seis hijos, a Enopión, que sería rey de Chío; a Toante, más tarde rey de la Táurida; a Estáfilo; a Latramis; a Evantes; y a Taurópolo. Ya estaba terminada, pues, la aventura del dios y podía ocupar su puesto en el Olimpo. Hestia le cedió para siempre el suyo, en aquel círculo restringido de los doce grandes dioses. Ya confirmado como divinidad de primera línea, Dionisos demostró que no había olvidado a su pobre madre, a la infeliz Semele, y descendió en su busca a los infiernos, para rescatarla de manos de Hades y hacerla disfrutar en la eternidad de lo que en vida se le había negado. Con ella volvió Dionisos del Tártaro, tras haber conseguido de la esposa del rey de los infiernos, de Perséfone, que le fuera concedida la libertad. Regresó, pues, a la gloria divina el hijo y su madre, no teniendo Hera más remedio que reconocer y soportar la derrota final, aceptando la presencia triunfal de Semele a su lado, puesto que ya Dionisos estaba a su misma altura, en la cima del Olimpo. 


LOS ROMANOS Y BACO

Para los romanos Dionisos fue Baco desde sus primeros contactos con la cultura y la mitología helena, ya que por la causa que se prefiera, eligieron su apellido griego en lugar de su nombre de pila y de ahí se quedó en "Bacus", o "Baco", como nosotros le conoceríamos muchos siglos más tarde. Con él llegaron el vino y las fiestas religiosas, que convertidas en una desenfrenada excusa para llevar su celebración al extremo, se transformaron en las bacanales, fiestas privadas que se convirtieron pronto en un punto escandaloso, a pesar de que Roma ya conocía muy bien los excesos de los poderosos y también su fácil contagio entre las clases menos pudientes, enriquecidas con el creciente auge del imperio y deseosas siempre de poder gozar de su adquirido poder de ciudadanos de la primera potencia del orbe. En el año 186 a. C el Senado romano promulgó una ley que prohibía la celebración de las bacanales y trataba de remitir el culto de Baco a su entorno sagrado. En algo se redujo la publicidad de las fiestas, pero la idea básica ya había calado profundamente en las ciudades y en los campos inmediatos y el antiguo sentido agrícola se olvidó totalmente. Rodeado de los atributos báquicos por excelencia, uvas y vino, el festejo más bien impío de Baco, centrado en la imitación del desenfreno adolescente del dios, con el alibí de ser recuerdo a sus sátiros, a sus ménades y a las alegres correrías sensuales y sexuales del dios enloquecido por el placer, siguió existiendo hasta los últimos días de Roma, máxime cuando la cruenta sucesión de emperadores y las luchas entre pretorianos, llevó a la descomposición del imperio, relajó las buenas costumbres primitivas, haciendo que el escándalo inicial no tuviera el menor sentido. Baco se hizo también con la parcela del hijo de Dionisos y Afrodita, de Priapo, y los jóvenes se hacían públicamente adultos a la sombra del nuevo dios fálico.


EL MISTERIO DIONISIACO

En otra zona muy remota del culto al dios, Baco permaneció también en Roma ligado a los ritos mistéricos, como había sucedido desde Tracia con el culto a Dionisos-Zagreo. Es la otra zona, la muy personal de la religión sentida en profundidad y practicada con convencimiento, del culto realizado en privado y acompañado de un deseo proselitista; es la zona delimitada por el anhelo de establecer una moral de validez universal, dirigida a la consecución de los valores prometidos desde el cielo, a través de la religión de la vida eterna, del culto a la muerte y a la resurrección posterior. De ese culto a las almas inmortales y de la asunción de la posibilidad última, para todos, de alcanzar la eternidad, se va a derivar una liturgia intimista, una mística muy diferente de los cultos abiertos y públicos, del panteísmo agrícola. Ahora se centra el culto y la creencia, en la purificación constante, en las etapas sucesivas de una serie de vidas, de reencarnaciones, que van a conseguir el sueño órfico de reunir el alma liberada con Dionisos-Zagreo. Este culto órfico de la larga búsqueda de la eternidad se sitúa en Roma junto a los de Deméter, Serapis, Cibeles, Mitra e Isis y Osiris, dentro del enorme muestrario de la importancia espiritual que señala la necesidad, que va creciendo entre los romanos, de encontrar una explicación al misterio de la vida, un sentido a la existencia, en una sociedad que ha conseguido un nivel cultural y material muy elevado y ha llegado a la crisis moral, a la exploración de las soluciones a los misterios que la liturgia oficial, pragmática, no ha podido o ha querido resolver más que en su aspecto exterior.


BACO EN EL ARTE

Pasado el período original, en el que Dionisos o Baco, aparte de las bellísimas esculturas, tiene un tratamiento somero, ya que basta adornar el tocón de un árbol para celebrar una fiesta a su alrededor, como dios que es de la naturaleza, llega la tristeza del cristianismo y su obsesión por el milenio y el fin del mundo. Hay que esperar a que surja, tras el mayor de los olvidos, el feliz advenimiento de la frescura y permisividad en las artes, con la renovación del Renacimiento y el estallido del Barroco, renace también la exaltación de lo grato, de lo anhelado secretamente durante siglos y Baco es uno de los temas rescatados del pasado para enriquecer la atmósfera artística del presente. Así como los cultos y el prestigio de los grandes dioses clásicos sirven de pretexto para glorificar a los estadistas y de ornato a las grandes mansiones cortesanas, los relatos pictóricos de ese festivo dios Baco y de sus inseparables bacantes, son un motivo alegre que pasa a formar parte de otra clase de estancias o de mansiones. Las alegres pinturas y frescos, a todo color y con generosidad de volúmenes desnudos, de improbables bacanales o de deseables e inspiradoras orgías, son sólo una remota y envidiada forma de ver el placer desde lejos, desde un presente que utiliza esos motivos con la excusa de la recuperación de la cultura perdida, pero que gusta soñar con la perdida posibilidad de restablecer, aunque sea sólo en un coto cerrado y a una muy menor escala, las inmensas posibilidades de esas multitudes jugosas y sensuales. El vino, para mayor realce de lo placentero y mayor abundamiento del abandono a los placeres carnales, es el otro atributo que viene a completar el cuadro barroco de Dionisos, ahora definitivamente transformado en su sucesor Baco, con la incomparable comparsa de sátiros y ninfas, en una escenografía fresca y jugosa, orlada de vides y pámpanos, llena de brillantes cuerpos juveniles, en plena exaltación de la libertad formal y casi totalmente desenfrenada. Estas impensables fiestas paganas, casi salvajes, que se incorporan con desenfado a las artes decorativas domésticas, suponen también el primer paso hacia la permisividad de la sociedad, aunque sea de mucha mayor magnitud la conseguida dentro del ámbito reducido de las clases dominantes y sólo marginal la libertad transmitida, o la tolerancia percibida entre la más numerosa y desposeída mayoría. Tras el Barroco, el buen Baco termina por perder su atractivo y es uno de los dioses mayores que antes desaparece, o casi, para permanecer como una alegoría lejana, apenas mezclado con los tópicos del vino y la ebriedad, sin que ya se recuerde más al gran dios Dionisos, al dios de las almas en paz y felicidad.