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Cuando cae elfuego del cIelo

LAS COMBUSTIONES ESPONTANEAS  

una linda tarde para morir


Autopsia de un siniestro

Una investigación que se estanca

Caracteristicas e hipótesis

Combustiones literarias

grabado del siglo XIX

la sra.Reeser

Siempre se han contado historias sobre hombres y mujeres alcanzados brutalmente por un "fuego" invisible que los reduce a cenizas mientras todo lo que los rodea queda intacto. Los casos de combustiones espontáneas de seres humanos son numerosos en todos los países. La mayoría de ellos ha causado la muerte de sus víctimas, por lo que la policía los ha investigado. Por esta razón, existen numerosos documentos fotográficos sobre los sucesos más recientes, así como excelentes informes de los expertos, aunquc ninguno proporciona una explicación de los hechos. De todos estos ataques "del fuego del cielo", como lo llamaban los antiguos, el más espectacular es, sin duda, el que padeció una norteamericana de 67 años, la señora María Reeser.

   Una linda tarde para morir

  En ese atardecer del 1 de julio de 1951, el tiempo está muy bueno en Florida y en el plierto de San Petersburgo donde vive la señora Reeser, aun cuando se siente que SC aproxima Lina tormenta subtropical. Hacia las nueve de la noche, la señora Carpenter, propietaria de la casa en la que vive la señora Reeser, pasa a saludarla y encuentra a la anciana señora en bata, sentada en un sillón y fumando un cigarrillo. Ella es la última persona que la vio con vida. A las ocho de la mañana siguiente, la señora Carpenter, quien había sentido olor a queinado cerca de las cinco, descubre que la manilla de la puerta del departamento de la señora Reeser está tan caliente que quema. Pide ayuda a dos obreros y, cuando logran abrirla con un trapo, un viento caliente escapa del interior. En el departamento vacio, en medio de un círculo ennegrecido de cerca de un metro veinte de diámetro, quedan algunos resortes del sillón, las cenizas de un velador y las partes metálicas de una lámpara y lo que resta de la arrendataria: un hígado carbonizado unido a un fragmento de columna vertebral, un cráneo encogido al tamaño de una pelota de béisbol, un pie calzado con una pantufla de raso negro, quemado hasta el tobillo, y un montoncito de cenizas ennegrecidas. Nunca una combustión espontánea había sido tan completa ni tan impresionante.

  Autopsia de un siniestro

  El calor, extrañamente selectivo, deformó la instalación eléctrica, fundiO las velas sin afectar las mechas, un vaso plástico pero no las escobillas de dientes que estaban muy cerca en el baño y trizó los espejos colgados en los muros. La superficie de los espejos estabj cubierta de un hollín grasoso por debajo de una línea situada a un nietro veinte del suelo. Por encirna de este límite, el departa~ mento estaba intacto, con excepción de la víctima, su sillón, el velador y la lárnpara. Así, el muro detrás del sillón y un montón de diarios viejos que estaban a 20 centímetros del círculo ennegrecido no fueron tocados. Parecería como si la explosión de calor se produjo en un espacio restringido de un metro veinte de diámetro y el pie que quedó indemne en su pantufla estaba fuera (le este círculo fatal. La destrucción casi total del cuerpo de la señora Reeser es típico de los casos de combustión espontánea, lo mismo que la ausencia de gritos por parte de la víctima o de olor a carne quemada. Lo que es menos común es la inexplicable reducción de su cráneo.

  Una investigación que se estanca

  La investigación que siguió a los hechos reunió a expertos del FBI, a médicos, a especialistas en incendios criminales e incluso a meteorólogos. Los fabricantes de] sillón fueron citados para que trataran de probar que éste no pudo incendiarse por sí mismo o explotar. Todo para llegar a ninguna conclusión y terminar con un informe policiaco poco probatorio de que la señora Reeser se quedó dormida con un cigarrillo en la mano, prendiendo fuego a su vestimenta. El fuego se habría propagado enseguida al sillón, el que produjo el calor que destruyó el cuerpo, el velador y la lJimpara. Estas conclusiones fueron contradichas por los hechos. En efecto, para poder reducir los huesos a cenizas, se habría necesitado una temperatura de, por lo menos, 1.650 grados, la que  el simple incendio de un sillón o de la ropa sería incapaz de producir. Por otra parte, una temperatura como ésa habría provocado el incendio de la casa entera. A título comparativo, el calor producido por un automóvil no sobrepasa los 700 grados de temperatura... Finalmente, la cantidad de hollín producido ¡nuestra que el fuego que consumió a la señora Reeser lo hizo lentamente. Las expresiones categóricas del informe chocan con las declaraciones del detective. Cass Burgess, un año más tarde: el asunto sigue abierto. Seguimos tan incapaces de determinar cuál fue la causa lógica de esta muerte como cuando entramos al departamento de la sra. Reeser" Esta misma reflexion se han hecho todos los policias que han investigado casos de combustiones espontaneas.

Características e hipótesis

 Las combustiones espontáneas presentan algunas constantes: la víctima parece no tener conciencia de lo que le sucede, el calor producido es muy intenso, el fuego no se extiende, hasta tal punto que algunas víctimas han quedado carbonizadas mientras que su vestimenta ha quedado casi intacta. Además, ningún lugar parece ofrecer protección, ni siquiera los espacios abiertos, los barcos, los vehículos e incluso los ataúdes... Numerosas hipótesis se han elaborado sin que ninguna de ellas sea realmente satisfactoria En el siglo XIX, una teoría plantea que sólo los borrachos transidos de alcohol la han sufrido, y otra cuestiona ¡os fuegos de ¡a chimenea... Más tarde se habla de misteriosas bolas de fuego, de los efectos de¡ aumento de la curva geomagnética de la Tierra, de "suicidio síquico" e incluso de ataques de espíritus. En cuanto a los médicos que niegan la realidad de este fenómeno que no logran comprender, olvidan que un cierto número de sus colegas figuran entre las víctimas de una larga lista de combustiones espontáneas.

Combustiones literarias

 

El tema de la combustión espontánea ha sido abordado pocas veces por la literatura. A pesar de todo, existen por lo menos menos obras que, entre los siglos XVIII y XIX, trataron al menos breveníente este fenómeno. Cuatro son de autores norteamericanos: Wicland, famosa novela gótica de Carlos Brockdcn Brou,n, escrita en 1798, La Historia Knickerbocker de Nueva York, de Washington Irving (1809); Redbum, de Herman Melville (1849), y Por el río, de mark, Twain (1883). Tres fueron obras de escritores ingleses: jacobo Faithful, de Federico Marryat (1833), La casa Bleak, de Cbarles Dickens (1853) y Confesiones de un comedor de opio (1821,y retomada en 1856), de Tomás De Quincey. Finalmente, dos fueron escritores franceses: El primo Pons, de Honorato de Balzac (184 7) y El Doctor Pascal, de Emilio zola (1893). Estos autores no hablan explícitamente a(, combustiones espontánea, sino que ligan a menudo este fenomeno con una absorción inmoderada de alcobol y moralizan sobre ello . las dos mejores descripciones, una de Dickens Y otra de Mairryat, profundamente inspiradas, en un artículo aparecido en el Times en 1832, emplean el termino apropiado. Todas dan testimomo del interés que han provocado desde hace mucbo tiempo en la opinión pública estos extraños 'braseros humanos