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CIBELES Y HESTIA

 

 

CIBELES Y HESTIA. ASTUCIA MATERNA


Nadie tan audaz como la diosa Cibeles que, mediante un curioso ardid, logró salvar de una muerte cierta al que luego sería el más poderoso de los dioses del Olimpo.
Cuentan las más legendarias narraciones que Cronos, esposo de Cibeles/Rea, temía tanto ser destronado por uno de sus descendientes que, haciendo alarde de espantosa locura, devoraba a todos sus hijos. Sin embargo, el más pequeño de ellos fue salvado por su madre. Esta, con ocasión del nacimiento de Zeus, entregó una piedra envuelta en pañales al cruel Cronos que, sin miramiento alguno, engulló en un abrir y cerrar de ojos. El niño fue puesto en manos de las ninfas que moraban en los montes de Creta, quienes lo llevaron a una escondida gruta de su región. Allí, lo cuidaron y amamantaron con leche de una famosa cabra de nombre Amaltea, y lo protegieron hasta la edad adulta. Para que el llanto del pequeño no fuera nunca oído por el temible Cronos, los "coribantes" -fieles sacerdotes de Cibeles- tenían encomendada la delicada misión de hacer sonar cascabeles, tambores y címbalos, con cierta regularidad y, al propio tiempo, entrechocar sus escudos de metal para producir un ruido ensordecedor, capaz de anegar hasta los berridos de un niño tan especial como Zeus, que llegaría a ser el más poderoso de entre los dioses y los mortales.
Cuentan los narradores de mitos que en cuanto el niño creció se dispuso a salvar a sus hermanos para, a continuación, enfrentarse a su padre.


UNA PIEDRA COMO SIMBOLO

Dispuesto Zeus a llevar a cabo sus planes, abandonó las montañas en donde había sido, hasta entonces feliz; y fue a pedir consejo y ayuda a Metis, la cual era célebre por su astucia y sabiduría. Más adelante se convertiría en la primera esposa de Zeus.
Metis fue convencida por el fogoso y vivaz joven y, por lo mismo, decidió dar una pócima al temible Cronos, cuyos efectos no se hicieron esperar. Al punto, el feroz titán fue presa de compulsivos vómitos y, así, pronto expulsó de su abultado vientre a todos los hijos varones que había engullido. También la piedra que utilizara Cibeles/Rea para salvar a Zeus se encontraba allí.
Hesíodo nos lo explica plásticamente, si se me permite decirlo así, en su obra "Teogonía", de la siguiente manera:
"Entre tanto, el joven dios se criaba rápidamente; su fuerza crecía al mismo tiempo que su valor. Cuando fue preciso, sorprendido por las astucias de Metis, vencido por el brazo y poder de su hijo, el taimado Cronos volvió a la luz a los hijos salidos de su sangre que había tragado y, ante todo, la piedra engullida tras ellos, Zeus la fijó en la tierra, en la divina Pito, al pie del Parnaso, para que fuese un día, ante los ojos de los mortales, el monumento que proclamase sus maravillas".
Cuando ya los hermanos se hallaron a salvo, Zeus les propuso luchar contra su propio padre, al que vencerían al cabo de diez años de cruentos combates. Un hecho de tal magnitud -lucha entre padres e hijos- pondría fin a la denominada "Edad de Oro".


EDAD DE ORO

Los poetas coinciden en relacionar a Cibeles/Rea con una de las épocas históricas en que lo utópico aún era posible; se trata de un tiempo denominado la "Edad de Oro" y al que los narradores de mitos hacen coincidir con el llamado siglo de Rea. Con ello intentan mostrarnos la relación de la diosa con la dicha y la felicidad, con la creación de los mortales cuando éstos comenzaban su andadura por el ancho mundo y aún no había atisbo alguno de miseria, engaño o envidia.
Pero los buenos tiempos duran poco y dejan paso a otros que apenas tienen algo que ver con los primeros. Según el gran historiador Hesíodo, la Edad de Oro consiste, sobre todo, en un fluir del tiempo benéfico que le tocó vivir a la primera de las razas humanas.
Esos mortales que estrenaron la tierra vivían bajo la protección, y al cuidado, de Cronos/Saturno y no pasaban calamidad alguna; no transcurrían el tiempo para ellos -pues Cronos/Saturno, considerado como el dios del tiempo, lo había detenido- y, como consecuencia inmediata, tampoco estaban abocados a la vejez ni prenda en ellos ninguna enfermedad.
Ni jueces, ni maestros, ni leyes ni enseñanzas; nada venía a enturbiar la tranquilidad y la calma de aquellos humanos que vivían en completa intimidad con los dioses. Había justicia sin necesidad de ley escrita, y sabiduría sin que mediaran doctrinarios palabreros a sueldo. No se daba el robo, ni existían los conceptos tuyo y mío, pues todo era común. No había puertas, ni llaves, ni candados; y la tierra producía todo lo necesario para el mantenimiento de esos primeros humanos.


EDAD DE PLATA

Aquel idílico tiempo dejó paso a otra época que, en un primer acercamiento, calificaremos de distinta y distante. Su cielo ya no está gobernado por Cronos/Saturno, y hasta las interpretaciones del mito de la lucha entre titanes, para conseguir el dominio sobre los humanos, varían sustancialmente y se hacen más simbólicas.
Según esto, el aserto clásico que nos habla de Saturno devorando a sus hijos, es un signo claro del paso del tiempo y una muestra palpable de que los humanos, y todas las demás criaturas -con la única excepción de los dioses-, se hallan sujetos a transformaciones, cambio y corrupción.
Sería el paso del tiempo, por tanto, quien devoraría la vida de los mortales, haciéndolos finitos y, por lo mismo, condicionando su ánimo temporal para siempre. Esta interpretación del célebre mito del esposo de Cibeles/Rea conduce, irremediablemente, a una edad de la especie humana alejada, en lo esencial, de la maravillosa Edad de Oro.
Se trata, sin lugar a dudas, de la denominada "Edad de plata", la cual reemplazará a la época anterior y tendrá como principales características todas aquellas relacionadas con el propio fluir de la naturaleza y sus cambios.
De este modo, acaecerá la diversificación del año en estaciones, por lo que habrá primavera, verano, otoño e invierno.
La movilidad de los vientos producirá fenómenos de todo tipo que derivarán, ora en calores tórridos, ora en fríos glaciares. Por lo que, desde ahora, será necesario trabajar la tierra, regarla y abonarla, si queremos recoger sus frutos.


EDAD DE BRONCE

Después de un tiempo en el que lo importante era el trabajo y el esfuerzo, en el que todo implicaba un enorme sacrificio y en el que, en definitiva, para sobrevivir había que realizar todo tipo de tareas, por muy desagradables que éstas resultaren, sobreviene otra época más perniciosa aún.
Si en el tiempo anterior, la frente de los humanos aparecía en todo momento sudorosa, a causa de lo trabajoso de las labores que aquéllos tenían que desarrollar, en el presente tendrán acomodo, para desgracia de la humanidad, los peores vicios que en el mundo han sido. Y, así, la principal característica de ese tiempo, conocido con el epíteto de "Edad de Bronce", va a ser la violencia que rezumará el ser humano para con sus semejantes.
Es un tiempo en el que la conocida aseveración -aunque entresacada del pensamiento clásico-, del mejor representante del empirismo inglés, encontraría favorable eco: "homo homini lupus" (= el hombre es lobo para el hombre).
La violencia preside muchas de las acciones humanas, se hace necesario confeccionar leyes coercitivas y la justicia del más fuerte, a la postre, será lo único válido. Por doquier se extenderá la brutalidad y las guerras que, a partir de entonces, serán la "razón de la sinrazón" de los mortales a la hora de hacer valer sus pretensiones y argumentos. 
Añadiremos, además, el desmedido afán de la sociedad de entonces por el lucro, la riqueza y los bienes superfluos que, de manera inevitable, conducirá a sus miembros hacia la codicia, la usura y la miseria; y, lo que es aún más grave, abrirá las puertas a un tiempo en el que imperará la mutua desconfianza. 


EDAD DEL HIERRO

Es la más terrible de todas las épocas, ya que en ella se concentra todo lo malo de las anteriores edades. Por otra parte, las relaciones entre los humanos, de por sí ya bastante deterioradas, sufren aquí un serio revés. La desconfianza en los demás será el lema de la Edad de Hierro; la mentira, el engaño y la traición afloran en todo negocio y compromiso entre mortales.
La vida, en este tiempo, se hará insoportable, pues la pérdida de confianza entre los diferentes componentes de la sociedad, ya sean personas individuales o grupos, dará lugar a la entrada de un aspecto inédito hasta entonces, y que se caracteriza por sus imprevisibles, y siempre funestas, consecuencias. Se trata de la "Discordia", la cual creará desavenencias profundas entre padres e hijos, hermanos y parientes y, en general, entre todos aquellos que se encuentran unidos por lazos de sangre.
La consecuencia inmediata de semejantes estados de desafecto no es otra más que el enquistamiento de las conductas y, en general, el vacío que crea la incomunicación entre miembros de la misma especie.
Es un tiempo en el que tanto el fraude, como el hurto o el robo, competirán con el escarnio lacerante y hasta con el crimen. Ancestrales leyendas y míticas narraciones dan cuenta de que fue en este tiempo cuando la diosa de la justicia -la venerada Astrea-, que habitaba hasta entonces entre los mortales, a la vista de los horrendos actos por ellos realizados, decidió abandonar la tierra y regresar al Olimpo, a la espera de mejores tiempos.


AYUDADORA DE LOS MORTALES

A Cibeles se la considera una diosa ligada a todo aquello que se relaciona con lo lírico y con lo poético. Son muchos los escritos clásicos que prueban tales asertos.
Mas, sobre todo, es la gran madre, la progenitora por excelencia, pues ella engendró a los dioses, considerados como superiores. De aquí que, también, se la conozca con el epíteto de "diosa de la fecundidad".
Todo lo fértil le era encomendado por los mortales a Cibeles/Rea, todo lo que aparecía relacionado con la naturaleza primordial y salvaje. Montañas, lagos, bosques y animales que pueblan todos esos lugares, se hallan bajo la protección de Cibeles/Rea. Los poetas la denominaban con nombres que evocaban algunas de las montañas mas abruptas de la región de Frigia y, en otros casos, era conocida con el apelativo de "Tellus" -vocablo latino que significa "tierra" o con el epíteto "Ops", término que significa "ayuda" y "auxilio". Por tanto, se la tenía por regidora de la tierra y ayudadora de los mortales.
El aspecto extremo de la diosa no tiene parangón, pues, en casi todas las representaciones de Cibeles/Rea, se la muestra plena de facultades; su figura rebosa juventud y lozanía y todo en ella parece indicar que representa una de esas funciones que tienen como objetivo preconizar la confianza y prestar el necesario apoyo a los humanos cuando éstos se hallasen en dificultades. Su cabeza se cubre, a veces, con una corona hecha de ramas de encina, lo cual indica que los humanos necesitaron del fruto de ese árbol para su alimentación.


EL VALOR DE UN SIMBOLO

Hubo un tiempo en el que se adoró a Cibeles/Rea, en las regiones montañosas que hemos citado, bajo la forma de una piedra. Y de tal guisa se la representaba con cierta asiduidad. Algunas obras de narradores clá sicos contienen párrafos significativos al respecto: "Una piedra negra hallada en la región de Pessionte representaba a Cibeles/Rea. En ella se encontraba, en germen, todo lo necesario para que los humanos pudieran ver crecer y dar fruto a sus cosechas. También era una especie de personificación de todos aquellos animales que vivían en plena libertad entre montes y bosques. Todo ello le valió el título de Creadora de la Humanidad". 
Por lo general, Cibeles/Rea simboliza toda la energía que se halla encerrada en la materia con el apelativo de "protectora de la tierra". Sin embargo, tiene esta deidad otras significaciones tan importantes como la anterior, y su sentido emblemático se extiende también a todo aquello que se encuentra tanto en las entrañas de la tierra como en la superficie de la misma. La riqueza simbólica que de esto se deriva no tiene, pues, igual. Cibeles/Rea ostenta, por tanto, innumerables valores simbólicos y, en consecuencia, aparece plena de variables connotaciones emblemáticas. Por ejemplo, se dice que el acto de engendrar a los dioses considerados superiores, o mayores, lleva implícito a su vez la creación de los cuatro elementos esenciales, tales como aire, tierra, fuego y agua. Dioses y elementos, por tanto, se identifican y corresponden desde una óptica pragmática y útil.


UN CARRO. UNA ESTRELLA, UNA MEDIA LUNA...

Otra mítica significación de Cibeles, que aparece cargada de simbolismo, es aquella que la representa sobre un carro, siempre en actitud majestuosa y arrogante, al cual están enganchados los leones que tiran de él y que la diosa conduce con seguridad y firmeza
La riqueza significativa del conjunto se ha prestado a interpretaciones varias. Suele decirse, al respecto, que el hecho de que el carro de Cibeles/Rea vaya tirado por leones y no por un animal doméstico, como convencionalmente está establecido, indica el dominio que ésta tiene sobre las criaturas indomables y salvajes, cual es el rey de la selva.
También puede interpretarse el conjunto de marras como un símbolo del vigor y la fortaleza que Cibeles/Rea representa y, en tal caso, personificaba el dominio y el orden sobre todo lo vital.
Cuando la diosa aparece revestida con adornos y atributos alusivos a elementos cósmicos, tales como estrellas o luminarias -es frecuente la imagen de Cibeles coro nada de estrellas de siete puntas o con una media luna sobre su cabeza-, su simbolismo se halla cargado de sentido emblemático. Por una parte, podemos afirmar que nos hallamos ante una mítica representación de todo lo que la naturaleza tiene de contingente, mudable y dinámico. Estamos ante el descubrimiento de la transformación y eI cambio de los elementos que conforman la propia naturaleza y sus inextricables leyes. Por otro lado, sin embargo, podemos colegir que, en el caso que nos ocupa, Cibeles/Rea es símbolo de los ciclos evolutivos de la naturaleza.


RECUERDOS FELICES

Mucho tiempo después, los mortales han conmemorado las distintas efemérides relacionadas con Cibeles/Rea, con las edades de la vida y con la propia personalidad de Cronos/Saturno, guardando memoria ex clusiva de los tiempos felices.
De este modo nacieron, sobre todo, las fiestas en honor de Cronos/Saturno. Fueron los romanos quienes instituyeron ciertas formas de alegría que hicieran olvidar el final de la Edad de Oro. Los buenos recuerdos son los que perdurarán y, por esto mismo, durante más de tres días, las conmemoraciones denominadas saturnales cambiaban hábitos, costumbres y modos sociales. Tenían lugar a partir de mediados del mes de diciembre y, durante el tiempo de su celebración, se suspendían todas las actividades de la judicatura, se cerraban los tribunales y los centros de enseñanza, se paralizaba toda obra de arte y, en fin, sólo era lícito reír, gozar de todos los placeres y asistir a festines y comilonas.
Un dato curioso a resaltar es aquel relacionado con los esclavos. Mientras duraran las fiestas saturnales la igualdad entre los humanos -y también la libertad- era total, lo mismo que ya ocurriera en la Edad de Oro. De este modo, los amos ocupaban el lugar de los esclavos, a quienes tenían que obedecer con prontitud y probidad. De lo contrario, se exponían a recibir agrias reprimendas y críticas adversas que hacían alusión a su intimidad personal, ya que nadie como un esclavo para conocer las debilidades y miserias ocultas de su amo.
Durante un corto espacio de tiempo se realizaba la utopía y se identificaba, de manera efectiva, lo ideal y lo real.


ATIS Y CIBELES

Los grandes narradores de leyendas clásicas nos hablan de Cibeles/Rea, identificándola como diosa de las cosechas, de la vendimia y, también, de todo aquello que se encuentra bajo el primer manto de la corteza terrestre. Es la diosa de las minas y las cuevas que horadan la tierra y, merced a sus enseñanzas, aprendieron los mortales a trabajar y repujar los metales.
Es la única diosa que existe por sí misma y que no había tenido madre, pues ella era la excepcional "Gran Madre"; la que por ello recibía culto en toda la región de la costa del Egeo, desde tiempos inmemoriablesMás aunque se bastaba a sí misma, tal como pregonan legendarios escritos, sin embargo, hubo un tiempo en el que, como los mismos humanos, se vio alcanzada por los dardos certeros de Cupido. Y, así, en cierta ocasión que vagaba por los inmensos campos de la región de Frigia, se topó con la hermosa figura del pastor Atis. Cibeles se enamoró de tan hermoso joven, casi al instante de conocerlo. Frazer, en su cualificada obra "La Rama Dorada", nos habla del tema en los siguientes términos: "Se contaba que Atis había sido un pastor o vaquero joven y hermoso, amado por Cibeles, madre de los dioses, gran diosa asiática de la fertilidad que tenía su morada principal en Frigia".
Respecto al nacimiento del joven Atis existe, también, cierto misterio, pues los narradores míticos explican que su madre fue la virgen Nana. Esta lo engendraría de forma inexplicable: "le concibió al poner una almendra o una granada en su regazo".
Cuando Atis muere, se cree que por automutilación, fue transformado en una conífera.


EL ARBOL SAGRADO

Es muy común encontrar en todas las explicaciones del mito de Cibeles/Rea ciertas alusiones al árbol que, según los distintos autores, es la personificación del propio Atis y su funesta decisión.
Sin embargo, no está muy claro el motivo por el que el hermoso ¡oven decidió castrarse y dejarse morir por efecto de la hemorragia que le sobrevino. Su cuerpo inerte fue hallado junto a un pino piñonero que, ya desde entonces, se convirtió en símbolo de adoración y formó parte esencial en todo el posterior ritual de Cibeles y Atis.
A partir de ahora, el culto a Cibeles se confundirá y mezclará con todos los avatares relacionados con la absurda muerte de su querido Atis. Habrá una secta de sacer dotes consagrados a la diosa y a su efebo -los Galli- que, siguiendo las enseñanzas (?) del maestro, infligirán a su cuerpo el mismo castigo físico que aquél. Y es que, en ocasiones, los discípulos aventajan a su maestro; todo lo cual prueba, de manera objetiva y fehaciente, que convertirse en discípulo de cualesquiera maestros sigue siendo el peor de los errores: antes de entrar al servicio de la diosa Cibeles/Rea, los sacerdotes a ella consagrados procedían a su propia emasculación.
Existe, sin embargo, otra versión de los hechos relatados, según la cual, al joven Atis lo mató un jabalí. Y, por lo mismo, a partir de ese momento, el animal de marras seria tachado de impuro.
Lo cierto es que las distintas fiestas en honor de Cibeles se hallaban repletas de ritos cruentos. Incluso se había instituido el "día de la sangre"; una aciaga fecha en la que los sacerdotes hacían ofrendas con su propia sangre. Sólo el culto del árbol sagrado se efectuaba sin dolor alguno para sus participantes: "El deber de acarrear el árbol sagrado estaba adscrito a una congregación de porteadores de árboles. El tronco del árbol se amortajaba y se vestía con bandas de lana. Se adornaba con guirnaldas de violetas, pues existía la creencia de que el lugar donde había caído la sangre de Atis brotaron violetas".


CIBELES/REA EN EL ARTE

Muchas de las manifestaciones iconográficas de la diosa que estamos considerando exhiben sus atributos más conocidos. Por ejemplo, es frecuente ver representaciones de Cibeles en las que aparece como la "Gran Matrona", subida sobre su carro tirado por leones. Su cabeza se cubre con una especie de casco en forma de torre con almenas. Lleva en su mano izquierda el cetro que la acredita como la única madre de dioses y mortales. En su mano derecha porta una lla ve que, según ciertos mitógrafos, simboliza la relación de la diosa con aquella Edad de Oro conocida como "siglo de Cibeles/Rea", y en la que no existían cerraduras ni candados que no pudieran abrirse.
En otras ocasiones, la diosa aparece rodeada de sus atributos vegetales. A veces, se la representa llevando espigas o ramas de pino y es muy común que en algunas composiciones no falte la presencia de esos simbólicos árboles.
En honor a Cibeles se han compuesto hermosos himnos, todos ellos haciendo alusión a su maternidad, y a todo lo que ello implica, y a la diversidad de sus símbolos: "Musa armoniosa, Madre de todos los dioses y de todos los hombres, que gusta del son de los crótalos y de los tamboriles, así como del temblor de las flautas; también del aullar de los lobos y del rugir de los leones de ojo encendidos, de las montañas sonoras y de los valles arbolados".


HESTIA/VESTA

Por lo general, se reconoce a Hestia como una de las más antiguas personificaciones del hogar. Los narradores de mitos la hacen descendiente de Cibeles/Rea y Cronos/Saturno, es su hija mayor.
Ella protegía el fuego sagrado del hogar; por ello, algunas tradiciones, la consideran también como diosa del fuego. El mismo nombre "hestia", en griego, significa el lugar recóndito e íntimo del hogar en donde se enciente el fuego en honor de los dioses que los antiguos denominaban domésticos.
Los más afamados mitógrafos explican que la diosa Hestia/Vesta alcanza su plena significación cuando su simbolismo se hace extenso al propio centro de la tierra. En este sentido, ciertos narradores clásicos afirman de la citada hija de Cibeles y Cronos que es la más fiel personificación del fuego que arde en las entrañas más profundas de la tierra, las cuales coinciden con su centro mismo. De aquí que, en ocasiones, se la compare con el "omfalos" u "ombligo del mundo". Una leyenda que pasaba de generación en generación, mostraba a Delfos como único centro del mundo. Y éste era el lugar ocupado por Hestia/Vesta; había sido el poderoso Zeus quien así lo determinara, pues las dos águilas que lanzara desde el oriente y el occidente de la tierra se habían encontrado precisamente en Delfos; por lo que, de este modo, quedaba determinado el verdadero centro del mundo.


EL FUEGO SAGRADO

La misión más importante de una diosa como Hestia/Vesta consta en mantener siempre avivado el fuego sagrado, ya que ello era símbolo de la vitalidad y la fuerza que latía en los individuos y en las socie dades antiguas. Si el fuego llegara a apagarse, algún mal irreparable les sobrevendría.
Por todo ello, la custodia del fuego sagrado era una de las más arduas cuestiones que podían plantearse los antiguos mortales. La diosa Hestia/Vesta tenia una gran responsabilidad y, para llevar a cabo, de manera plenamente satisfactoria, su cometido, debería prescindir de ataduras y pasiones. De aquí que, al decir de todos los narradores de mitos, se valorara tanto la exigencia de pureza en la diosa. Esta debía mantenerse virgen por encima de todo. Por ello, una y otra vez rechazaba con energía a todos sus pretendientes, y eso que entre ellos se encontraban deidades tan apuestas como Apolo y Poseidón. Lo curioso es que en todos los escritos clásicos se dice que fue Zeus, precisamente, quien ayudó a Hestia/Vesta a mantenerse siempre virgen y pura. ¿Cómo sería eso posible?, cuando se sabe que el rey del Olimpo era el más mujeriego y enamoradizo de entre los dioses y los mortales. Sea como fuere, lo cierto es que la citada diosa permaneció siempre "ávida de pureza" y mantuvo en todo tiempo y lugar "la vida nutritiva sin ser fecundante" y nunca cometió falta alguna de castidad.


VESTALES

Para tan delicado y conflictivo menester como era el mantenimiento del fuego sagrado, la diosa Hestia/Vesta se ayudaba de una corte de damas jóvenes, cuyo protagonismo en la historia de las leyendas ha que dado suficientemente probado a través de los tiempos.
Y es que la necesidad de que el fuego ardiera insistentemente se hacía extensiva a toda la sociedad. Pues, en caso de que se apagara, las dificultades para reavivarlo de nuevo eran de tal magnitud que sólo los sacerdotes estaban preparados para conseguir, acudiendo a la acción de los rayos del sol, que ardiera de nuevo. También lo consiguan frotando con un taladro un trozo de madera seca.
Todo lo anterior nos inclina a sospechar, o intuir, que acaso hubo un tiempo en que el fuego sagrado dejó de arder, lo cual causaría grave trastorno entre los mortales. Toda actividad se paralizaría, las urbes se transformarían en lugares de llanto y, en definitiva, las mayores desgracias recaerían sobre los humanos. De aquí que, también, se concediera una gran importancia a la selección de las sacerdotisas que entrarían a formar parte del séquito de la diosa Hestia/Vesta.
Entre los antiguos clásicos. estas jóvenes recibían el nombre de vestales. De su enseñanza y de la valoración de sus aptitudes se encargaba el gran pontífice y los "flámines". Estos últimos eran sacerdotes que actuaban por libre, sin pertenecer a secta, colegio o agrupación de ningún tipo. Otro de sus cometidos consistía en soplar la llama del fuego del altar para que nunca se apagara. 


MUJERES CASTAS

Una de las misiones de las vestales, si no la más principal, consistía en vigilar ininterrumpidamente el fuego sagrado y conservar reavivada su llama. Por ello, al igual que la diosa a quien se habían consagrado, deberían permanecer puras y, por lo mismo, se les exigía cumplir las más estrictas normas al respecto. Desde que resultaban elegidas como vestales -hecho que tenía lugar ya desde la más temprana edad, a partir de seis o diez años, según los casos-, y para lo que deberían de reunir unas cualidades personales dignas de encomio -ausencia total de taras físicas y cuerpo perfectamente sano, tanto en ellas como en sus ascendientes más directos- las muchachas ya se imponían, como norma de vida, el más estricto celibato.
Una vez que habían sido elegidas, las vestales recibían una enseñanza especial, una educación basada en el propio, y permanente, sacrificio. Por lo demás, no debían olvidar que todos sus actos deberían aparecer recubiertos de la más absoluta pureza que imaginarse pueda.
En caso de que las normas que estaban obligadas a seguir las aprendices de vestales fueran infringidas, les sobrevendrían, de modo indefectible, crueles castigos. Cuentan los autores clásicos que, en ocasiones, a las vestales que faltaron gravemente a sus compromisos y deberes, se las aplicó una severa e irrefragable medida. Fueron enterradas vivas entre las paredes de una fosa subterránea cavada para tal fin. Sin embargo, apenas se dieron casos de violación de tan inflexibles normas.


CIERTAS PRERROGATIVAS

Mas las obligaciones llevaban aparejados ciertos derechos y, quizá para neutralizar tales excesos, las vestales tenían determinados privilegios que, de otro modo, no podrían ni siquiera imaginar.
Por ejemplo, una vestal podía condonar la pena capital a un reo cualquiera, con sólo haberlo encontrado en su camino.
Podían acudir como testigos a cuantos juicios se celebraren sin que, por ello, tuvieran obligatoriamente que prestar juramento para declarar.
Su prestigio social era muy superior al de cualquier otro ciudadano y, sobre las vestales, no era posible ejercer la autoridad paterna
Tenían la potestad de poder prescindir de todo intermediario, o tutor, para disponer de sus bienes; por lo que, si así lo deseaban, podían erigirse en únicas administradoras de su patrimonio y su fortuna.
Después de haber permanecido por espacio de unos treinta años al servicio de la diosa, y de velar por el fuego sagrado, las vestales se retiraban y ya no pesaba sobre ellas la obligación del celibato. Sí así lo deseaban podían, entonces, contraer matrimonio.
Había otros cometidos, además, que las vestales podían realizar, tales como dirigir el culto de la diosa Hestia/Vesta y amasar y cocer el churrusco de pan salado, que simbolizaba el alimento integral y puro.


HESTIA/VESTA EN EL ARTE

Algunas representaciones de la diosa que estamos considerando la asocian con la primera de los hijos de Cronos y Rea y, por lo mismo, van a ser los artistas líricos quienes en sus cantos y poesías nos hablan de Hestia/Vesta.
La primera estrofa de los más renombrados rapsodas era compuesta en honor de la diosa Hestia.
El primer sacrificio, y la primera libación, se hacían siempre en memoria de la diosa reseñada. Y, puesto que era la primogénita, y así se la consideraba, en cuanto era evocado su nombre en cualquier lugar, o por cualesquiera circunstancias, cesaba toda discusión o inconveniente.
Todos los hogares y casas de la época clásica tenían un lugar reservado para el altar que erigían en honor de la diosa Hestia/Vesta; siempre se procuraba que ocupara el centro de la casa.
Escultores de la fama y el prestigio de Scopas se cree que realizaron estatuas que representaban a Hestia/Vesta.
También existe una escultura de esta diosa en el palacio de Justiniano, en Roma. Hestia/Vesta está de pie y se cubre el cuerpo con una túnica larga, mientras que un liviano velo tapa su cabeza y sus espaldas.
Testimonios escritos nos hablan de la escultura de Hestia/Vesta en la región de Paros. Era de tal belleza que el emperador Tiberio mandó trasladarla a Roma.